jueves, octubre 21, 2021

Una tarde con un proxeneta: segunda entrega

Gente de negocios

Ya la noche se apoderó de Manizales y la clientela del Cosmos pasó de tener ancianos de bastón que beben tinto clarito a unos con menos candor. En la entrada del bar se escucha un alegato; una señora discute con alguien: “¡Ah, deje de ser metido, malparido! ¡Ábrase, gonorrea!”, y saca un cuchillo.

En el Informe bimensual del Observatorio de Género, Diversidad y Convivencia, de la Secretaría de la Mujer y Equidad de Género en la Alcaldía de Manizales (en colaboración con la Fiscalía General de la Nación, Secretaría de Salud y Comisaría de Familia), se indica que el 59,88% de las manizaleñas entre los 16 y los 33 años han sufrido violencia psicológica y un 59,59%, física.

Jhon Jairo se mete en la boca el limón de la bebida aromática, con cáscara y todo, se le nota ansioso. Lo mastica rápido, como cuando las personas tienen la mandíbula en automático después de haber consumido perico. “Estuve en la cárcel un año por una menor de edad”, me cuenta mientras hace sonar la cuchara dentro del pocillo para escurrir las compresas de su tila. “Se la presenté al cliente y la hijueputa dijo que la estaba extorsionando. Le dije, ‘mi amor, nunca. Usted me dijo que quería trabajar y la puse a trabajar’. Al final se tranquilizó, arreglamos con ella, pero al llegar a la Fiscalía me dijeron que era menor de edad y que me iba pa’ abajo. Eso fue en el 2016”. En la cárcel La Blanca compartió celda con Ferney Tapasco González, autor intelectual del homicidio del periodista Orlando Sierra Hernández.

 “Hay quienes lo tienen todo y yo no lo tengo. Yo era analfabeta. Mi madre murió muy joven, cuando yo tenía 5 años y solito me crié. Sí, aprendí otra cosa diferente a leer: me sé desenvolver con la gente. Mi deseo es ser concejal de Manizales”, comenta con seriedad, mientras acomoda los brazos sobre la mesa y entrelaza los dedos mientras sueña con un salario de $9 millones al mes.

Me mira, y casi que ofendido con la vida misma, arranca con un discurso sobre la universidad de la calle. “A esa nunca le van a ganar. Uno se vuelve sagaz, se vuelve un pillo. Cuando uno hace las cosas hay que bregar a hacerlas solo, porque amigos no hay. Amiga es esta – y saca la pierna derecha de debajo de la mesa y se golpea el bolsillo con fuerza para hacer sonar unas monedas – el de arriba -y con la misma mano apunta al techo-”.

“Yo no soy nadie para señalar a la gente”

Pero acto seguido Jhon Jairo señala. “¿Se acuerda del tipo calvito del puesto de dulces a la entrada del bingo? Ese man es un sicario. Lo mata a usted no más por reírse. En la calle todo se trata de claves, hay que aprender a desenvolverse. En esta esquina hay dos sicarios que están en la jugada con nosotros y tiene que ver con (…)”. *Aquí Jhon Jairo nombra un reconocido sitio de billares en la ciudad, el cual preferimos no nombrar al no poder comprobar si lo que dice sobre este es real.

Esta última, dice, es una taberna señalada por ser punto de encuentro de sicarios en la ciudad. “Si usted se sienta allá es porque va a hacer un negocio para matar a otro o para extorsionar”, asegura.

Concluye su justificación con que es en ese mundo que se entiende el por qué de la prostitución y de los matones, de dónde y por qué salen. “No me saco en limpio. Estoy haciendo algo malo, pero a la vez estoy haciendo algo bueno. Hay niñas que tienen hambre, tienen hijos, tienen a la mamá; no sabemos en qué viven. La mayoría son necesitadas, no son niñas estudiadas ni preparadas, entonces se casan con uno. Hay otras que sí son muy putas”.

Hombre de familia

Jhon Jairo saca su billetera y la deja sobre el celular. Juega a poner una cosa sobre la otra. Sus piernas se mueven mucho. Empieza a hablar de su familia. “Tengo un hijo que trabaja como supervisor para una empresa de la ciudad, una hija que es educadora en Pereira y un niñito de 14 años que está en el colegio. No vivo con ellos, viven con la mamá en la casa que les dejé”. De la billetera saca una foto familiar: “Ahí están mi hija, mi señora, mi hijo y yo. Faltó el niño, que estaba por allá jugando la hueva esa”. Le da vueltas a la fotografía. Piensa, toma impulso y dice: “Salí de pagar el servicio militar a los 21 años y me fijé en esta mujer porque no tenía estudio, estaba solo y en la calle. En un momento vi la cosa muy maluca y pensé: ‘no, me voy a embalar con esta boba hijueputa’, pero nació el niño”. La suegra los echó de la casa y se fueron a vivir en una piecita. Calentaban la comida en un fogón de petróleo y él trabajaba en construcción. “La expresión ‘te amo’ pesa mucho. Cuando una mujer le diga eso, no le crea ni por el hijueputa. Mi señora me decía: ‘yo lo amo’, y me dejó por otro malparido después de 27 años juntos”. 

En la galería de fotos de su celular hay un sin número de imágenes de prostitutas, que ocasionalmente se intercalan con las de algún dibujo de su hijo menor y fotografías del esposo de su hija y la nieta. “Una bonita familia. Gloria a Dios”, dice. 

Mira al infinito mientras que la foto familiar sigue dando vueltas entre sus dedos. “Yo compenso las relaciones familiares con las sociales. No sé por qué la gente se quiebra el culo y piensa que se le cerró el mundo cuando pasa por situaciones como la mía”.

Sobre el perfil de un proxeneta como Jhon Jairo, el docente universitario y psicólogo de la Universidad de Manizales, Juan Carlos Rodríguez Rengifo, hace una reflexión desde la historicidad o el proceso de desarrollo que pudo tener esta persona en su infancia. “En lo que se puede analizar, se habla de que esta persona hace parte de un núcleo familiar disfuncional, lo cual genera alteraciones en su curso de vida”. Por otro lado analiza su tendencia al maltrato físico y psicológico, ya con base en su infancia pues fue el trato que recibió. “Asume posturas machistas, por lo tanto suele tener una imagen bastante negativa de la mujer”, señala y agrega que muchas veces estas personas tienden a la violencia y a la escasa formación moral.

“El proxeneta, si se quiere comer la niña, se la come antes de enviársela al cliente”

Servicio al cliente

Jhon Jairo se acomoda; saca un poco la silla, cruza la pierna izquierda sobre la derecha y apoya el codo izquierdo sobre la mesa del bar. Muy cómodo, dice: “Debido a esto -a ser proxeneta- perdí mi hogar”.

“Uno es carne, uno siente, pero si las cosas no son, no son”, reflexiona, y me cuenta que dejó el trabajo en construcción para dedicarse a prostituir mujeres. “Un día dije, ‘la chimba yo quiero ser como esa gente’. Yo voy a ser un grande, voy a demostrarle a mi familia que valgo mucho. Uno vale de acuerdo a las acciones que ha hecho, y esas acciones dan para lograr un reconocimiento”. Un reconocimiento que se ha ganado entre su comunidad, sus clientes y sus mujeres. “El proxeneta, si se quiere comer la niña, se la come antes de enviársela al cliente. Le digo, ‘mamita, ‘mine pues a ver qué tiene; ‘mine a ver cómo culea’. Entonces, como yo conozco al cliente sé qué le gusta y qué debe hacerle”. Un “excelente servicio al cliente”, dirían por ahí.

Afirma que no abusa de ellas y que cuando no quieren acostarse con él, no las obliga. “Cuando una mujer dice no, es no. Las huevas las tienen aquí – y se pone las manos en el pecho, fingiendo unos senos -; nosotros las tenemos abajo”, y se agarra la entrepierna.

Antes de despedirnos y después de una larga conversación sobre su vida y su oficio, Jhon Jairo asume una postura pedagógica, casi que filosófica, de cómo es el trato entre el proxeneta y sus mujeres. “Ellas no son iguales. Tienen su vagina, tienen sus senos, pero no son las mismas. Hay unas malgeniadas, otras serenas, otras agresivas… Las experiencias con ellas son muy chimbas porque hay unas que llegan inexpertas y, al cogerlas de una vez, ya quedan hechas unas seditas; se dejan manejar, sin necesidad de droga ni nada. Al final todas las niñas dejan una huellita”.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

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