martes, mayo 18, 2021

Un pez llamado Jonathan

El recorrer las playas de San Andrés es una actividad que muchos turistas hacen regularmente. Pasan sus días deambulando entre las arenas, parasol en mano, degustando cocoloco, con alcohol para los adultos y sin él para los niños. Las bellezas de la superficie, si bien atractivas, no son lo único llamativo de la isla. Al descender en el agua se forma un nuevo mundo de colores y formas.

Jonathan disfruta de sumergirse. Se pone un traje de neopreno, es apretado, como una segunda piel para protegerse del frío de la profundidad y del sol ardiente que siempre alumbra en San Andrés y que lo alcanza aún debajo del agua. Le encanta decir “yo era blanco, pero el sol de San Andrés no colabora”. La sal del mar le llena el cabello, ondulado y largo. Es bajito, pero ágil bajo el agua, bien pudo haber sido un Pablo Andrés Restrepo Moreno, pero ahora solo quedan vestigios de su época dorada. Los peces de colores lo rodean, él parece uno más del cardumen, moviéndose con sus piernas fuertes, con aletas de plástico en los pies.

De niño jugaba con dinosaurios, ahora parece un mosasaurio, algo acuerpado pero veloz como bala bajo las aguas. Aún así, pocos podrían pensar que aquel hombre que se mueve con gracia entre los corales empezó como un pececillo tímido que no hablaba con nadie más que con su familia, y tuvo, un día, que dejar su hogar caribeño para mudarse al Valle del Cauca.

De la playa a la ciudad

Las habilidades sociales son algo relativamente nuevo para Jonatan Julián Ramirez López, de 20 años. Era solitario, sobre todo cuando comenzó su niñez, el divorcio de sus padres no le ayudó a acercarse a otros. Vivía en San Andrés Islas con su madre y ocasionalmente hablaba con su padre que estaba en Cali. Los problemas de socialización vinieron sobre todo cuando inició el matoneo, fue cuando empezó a notar lo que otros llamaban “defectos” y ya la idea de tener amigos no le parecía tan atractiva. Había opciones menos complicadas y más sanas, como el deporte, donde, paradójicamente, también encontró su primer grupo de amigos.

Se divertía brincando por aquí y corriendo por acá con sus amigos que le seguían el paso, hasta que un día llegó una oferta que no podía rechazar. Después de varios años sin verlo, su papá apareció, como si fuera un mesías, quería darle una mejor vida, brindarle las posibilidades que una ciudad grande brinda.Para un niño de la costa la oportunidad de un futuro brillante era muy tentadora. El plan original del padre de Jonathan era que él y su hermano, su más grande apoyo, pasaran un año con él, y otro con su madre, como si de Perséfone se tratara, pero las cosas no son siempre como se quieren. Fueron a vivir al  barrio Manuela Beltrán, uno de los más peligrosos de la ciudad. Estuvieron casi dos años en condiciones desfavorables y el señor Ramirez le era prácticamente imposible alimentar a dos hijos y pagar el arriendo con su sueldo.

“Todos vivíamos en un cuartico, dormíamos a veces en el suelo, empezamos con él de cero porque quería estar con sus hijos a su lado. Puede que en ese momento pudo más su ego de tener a sus hijos que la razón de tenerlos bien. Son lagunas los recuerdos que tengo de Manuela Beltrán, pero en general mi infancia fue eso”,  confiesa Jonathan.  

Entre el mar y el valle

La vida en la isla y en el valle son radicalmente distintas, pero cuando se mira detenidamente, hay paralelismos notorios. Los peces de colores, 166 especies distintas según indica OceanDocs, que giran sobre los arrecifes son una imagen lejana para los caleños. Ellos prefieren los vestidos para danzar con los tonos del arcoíris, se mueven como un cardumen coordinado al ritmo del Grupo Niche y la Orquesta Guayacán, una de sus favoritas.

Volvió a San Andrés de una manera que no esperaba. Una tarde, unos amigos y él, cansados y con ganas de relajarse, se escabulleron a nadar en el río Cauca. La corriente era fuerte y estaba lloviendo a cántaros, por lo que ninguno se metió al río. Pero Jonathan nunca avisó para dónde iba. Cuando regresó a casa, su papá, extremadamente preocupado, desató su cólera, cambiando para siempre la forma en que lo veía. El señor Ramirez nunca fue bueno conteniendo su ira. Tomó su correa y comenzó a golpear a su hijo, que sintió en esos pocos minutos más de 100 correazos. Puede que exagere en el número pero no en la sensación, fue un largo suplicio. Esa fue la primera vez que su papá lo maltrató y la última que permitió su mamá, pues luego de un mes ya estaba de vuelta en San Andrés.

Jonathan considera que estas acciones forjaron su carácter, pues cuando vivía en Cali, uno de sus compañeros dejó de asistir a clase de un momento a otro. Poco después se dio cuenta que el padre de aquel niño, en una borrachera, le había propinado tal golpiza que le había perforado un órgano y lo había matado. Él, pensado que eso le pudo pasar también, no dejó que nadie lo maltratara. 

Ajá, ¿qué? Todos nos caemos

Después de dejar de preocuparse del qué dirá la gente se terminó centrando en lo que realmente le había interesado: el baile y el parkour. Los profesores se asustaban cuando lo veían hacer trucos por las cornisas o paredes. Y si bien era el más joven de su grupo de amigos, lo que lo llevaba a soportar burlas que en ocasiones lo llenaban de lágrimas, eso también le enseñó a volverse fuerte. Tanto que una vez, parándose en una baldosa con barro resbaló y cayó. Se empezaron a reír. Él, lastimado en el cuerpo y en el orgullo les dijo: “Ajá, ¿qué? Todos nos caemos” con un seseo tan pronunciado que pareció dicho por un español. 
Como había visto en Cali, siguió bailando salsa. El movimiento le encantaba. No podía quedarse quieto. Pese a que era un estudiante destacado, otras emociones lo enamoraron. Mientras desarrollaba su técnica de ser un saltimbanqui terminó el colegio, pero ya no podía dedicarse al parkour y el negocio del baile ya no era rentable. Una caída se convirtió en su última caída. Falló en el bloqueo, la parte fundamental de cada salto. Cayó de manera incorrecta y lo único que pudo pensar cuando vio ambos pies doblados de manera

antinatural fue que eso no estaba bien. Tardó tres meses en siquiera volver a caminar con normalidad, pero a partir de ese momento el parkour pasaría a estar fuera de su alcance. Dice el dicho que cuando una puerta se cierra, una ventana se abre, pues con el apoyo de su familia decidió empezar una carrera profesional.

Su hermano, Adrian Ramírez López, rememora cómo, por pasar tanto tiempo separados, no se conocían como personas. Pero el reencuentro, lentamente, los unió. “Cuando finalmente volvimos a convivir más seguido nos dimos cuenta de que teníamos aficiones muy similares. Éramos muy parecidos y nos entendimos bastante”.

Con la necesidad de buscar su propio dinero y con el apoyo de su hermano decidió hacer algo que siempre había soñado. Si ya no podía moverse por la tierra con destreza, lo haría en el mar. No le gustaban las matemáticas ni las artes plásticas, pero en lo que sí destacaba era tomando fotos. A través de casi un año de trabajo en diferentes puntos de la isla se pudo costear su cámara y comenzó su experiencia fotográfica. Capturaba dos mundos a través del cristal: la profundidad del mar, su verdadero amor, cardúmenes nadando a través de corales y en Cali fotografiaba al cardumen de luminosas bailarinas de salsa que giraban por escenarios como movidas por mecanismo de cuerda.

Aunque hace poco su computador y cámara dejaron de funcionar,  Jonathan no pierde la fuerza. En San Andrés un buen buceador es apetecido por los turistas. Luz Marina Bernard Polo, de tez caoba y cabello rizado, estuvo por primera vez en su clase. “Jonathan me pareció una buena persona. Como instructor es excelente. Siempre estuvo acompañándome y siempre me preguntaba, a través de señas. si estaba bien”, declaró gustosa.  Este tipo de afirmaciones le ha granjeado la fama de ser uno de los instructores de buceo más solicitados de la isla San Andrés. 

Hace poco decidió salir de sus estándares. El límite de buceo son 40 metros. Él y sus amigos decidieron bajar a 54 metros. “La sensación, el compañerismo, todos bajo un mismo objetivo… Lo malo es que da narcosis. Es como estar borracho bajo el agua, entonces todos cuidaban de todos. El problema es que sabíamos que estábamos narcotizados así que no servía de nada. Jamás me había sumergido tanto y hubo un animal que jamás pensé ver. El king crab, el grandote que se comen acá. Fue como hacer paracaidismo en el agua, una sensación muy chévere”. Aunque respira por fuera del agua, vive mejor dentro de ella, así es y seguirá siendo la vida de uno de los mejores buzos de San Andrés.

Periodistas: Ashly Nadine Fontalvo Manuel y Andrés Felipe Carmona Pinzón

 

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