lunes, noviembre 29, 2021

Sobre (viviendo) la vida

Eran las 2:00 de la tarde cuando llegué a casa de la Flaca, en el barrio La Flora de Santa Rosa de Cabal (Risaralda). Esperaba en la sala de su casa a que ella llegara del trabajo, cuando de repente se empiezan a escuchar disparos: varios policías persiguen a un hombre de no más de 18 años al que quieren capturar. En medio del ruido me asomo para ver qué era lo que sucedía y las personas que salieron a presenciar el momento me comentaban que eso era pan de cada día. Sandra Milena ‘la Flaca’ Ortiz ha vivido 29 de sus 33 años en este sector de la comuna IV. Allí conoció al papá de su primer hijo y, en este mismo espacio, lo vio morir cuando su hijo mayor – ‘Oso’, como ella lo llama cariñosamente – tenía tres meses. 

Al novio de la adolescencia de Sandra lo asesinaron en la puerta de su casa, apuñalado en la vena aorta. Fue en ese momento que la vida le demostró que la muerte de las personas que amaba hacía parte de su historia. Viste un short, una blusa de tiras, unos tenis, un bolso colgado en su espalda y su risa inconfundible avisa que por esa cuadra viene la Flaca, después de un día largo de trabajo en una fábrica de ponchos. Llegar a su casa y ver a sus dos hijos, es, quizás, su mayor satisfacción. El apodo de ‘Flaca’ se quedó de sus años de juventud, cuando era de contextura delgada; hoy tiene más carne en los huesos y más alegrías que desencantos.

Sandra tiene dos hijos: Edwin y Alejandro, el menor. Estos dos hombrecitos son su alegría: “Para mí, sinceramente, la felicidad y lograr todo en la vida es ver a mis dos niños felices.

Yo puedo tener todo lo demás destruido, pero si ellos están felices y bien de salud, todo ha valido la pena”. La mayoría del tiempo se le ve sonriendo o cantando a esta mujer de un metro 60 de estatura, gafas permanentes y cabello oscuro que va más abajo de su cintura. Vive en su propio carnaval, a pesar de que su vida ha estado marcada por tragedias. “Ha sido más un sobrevivir que un vivir”, asegura. Aprendió a normalizar la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades en uno de los barrios más peligrosos de su municipio y, a pesar de ello, se califica como una persona feliz. “Cuando tenía cinco años mataron a mi papá en la puerta de la casa. A mi mamá le tocó ponerse a trabajar para sacarme adelante y a mis cinco hermanos. Como soy la mayor me tocó estar a cargo de todo en la casa: desde darles lo poco que había de comer, hasta hacerlos dormir, asegurándoles que si se dormían no iban a sentir hambre. Así yo fuera muy pequeña, y no entendiera mucho de la vida, sabía que para mí todo estaba bien y no necesitaba más si mi familia tenía lo necesario”, cuenta Sandra mientras recuerda lo que fue parte de su niñez y toda su juventud.

Su trabajo

Después de casi 20 minutos de charla, la Flaca me ofrece un café. Mientras va a la cocina y lo prepara, me cuenta que ahora trabaja menos horas para llegar temprano a su casa a hacer tareas con su hijo menor. Le preocupa que la plata de la quincena no le vaya a alcanzar para pagar las deudas y toma un sorbo de un pocillo blanco con flores rosadas. Sandra labora desde los 18 años en fábricas de ponchos; es operaria de fileteadora y máquina plana. Gracias a esta labor pudo darle estudio a Edwin y va en el camino con Alejo, pero no es suficiente para vivir medianamente bien.

Héctor Cano Gómez es compañero de trabajo de la Flaca desde hace unos 15 años. Dice que es una mujer que le ilumina la vida a todos los que la conocen. “Canta a grito herido todo el día, se ríe duro y siempre tiene un buen consejo para dar”, afirma. Agrega que la vida de ella ha sido bien complicada, pero que puede contar con una sola mano las que la ha visto llorar. Héctor recuerda que muchas veces le pregunta a la Flaca si no tiene sentimientos, a lo que ella le responde: “Si me tiro a la perdición de la tristeza o a lamentarse por los problemas, igual no se van a solucionar”. Paulo Andrés Gartner, sociólogo de la Universidad de Antioquia, expone que la manera de vivir de Sandra Milena ha sido un naturalizar la violencia y la falta de oportunidades. “Aprendió que la felicidad se la daba la familia que le tocó y que, entre lo poco o mucho que posee, desde que ese núcleo familiar se encuentre bien y todos los factores que le dan bienestar sigan ahí, ella está bien”.

Mile, desde otros ojos

Cuando se googlea el barrio santarrosano de La Flora salen noticias como “¡Qué ‘joyita’! Le disparó a policías cuando lo iban a requisar”, o que desarticularon una temida banda delincuencial que comercializaba estupefacientes. “Me tocó vivir todas las etapas del barrio, desde la que mataban a diario por ser una frontera de drogas, la que no entraban los domicilios porque los robaban, ver morir a los amigos de toda la vida porque debían cualquier cosa, hasta cuando ya no pasaba nada.

Pero no faltan los personajes que quedan debiendo y vuelve la violencia”, narra Sandra, mientras se toma su café. Para ella estas historias de tragedia se volvieron paisaje.

En medio de la charla llega Martiza, su hermana menor, que vive a la vuelta de su casa. Se integra a nuestra conversación y cuenta que la persona que iba a capturar la Policía es el sobrino del actual esposo de la Flaca, a quien buscaban por el asesinato de una mujer. Entre cuentos y datos sobre lo sucedido, habla sobre los actos delictivos que han ocurrido en el barrio, llegan a la conclusión de que el pasado los está alcanzando. “Se volvió a calentar este parche”, dice Maritza que, más que una hermana, es como una hija.

La Flaca es la mayor de seis hermanos, los cuales se convirtieron en sus hijos, ya que su mamá vivía todo el tiempo trabajando para mantener la casa; si ella le compraba una camiseta a Edwin, debía comprar seis más. “Nunca me falta el aguinaldo para todos y para mí no queda ni para unos calzones”, cuenta orgullosa.

Al preguntarle a Maritza sobre su hermana, le brillan los ojos. “La vida de Mile (como la llama) no ha sido fácil y nosotros le agradecemos mucho lo que ha hecho para que no nos falte nada. Ella es mi ejemplo más grande. Acá somos conscientes de que estudiar no está en los planes porque no hay con qué, pero que sí hay que trabajar para ayudar en la casa y eso me lo enseñó ella. Aunque todo esté mal, si estamos juntos y bien, las cosas tienen solución”, narra con una sonrisa. Isabella Márquez Montoya, psicóloga de la Fundación Universitaria del Área Andina de Pereira, indica que desde la crianza de Sandra lo más importante para ella ha sido la familia. Como nunca han tenido cosas materiales o acompañamiento de otras instituciones, de alguna manera su forma de seguir de pie es arraigarse a la idea de una familia funcional que siempre está y llenar vacíos.

Después de 40 minutos de anécdotas y experiencias que cuenta Martiza que ha vivido con su hermana, se disculpa por tener que retirarse. De nuevo estamos solo la Flaca y yo, sentadas en el andén afuera de su casa, viendo pasar niños en bicicletas que disfrutan de la tarde.

Son las 6 de la tarde y la Flaca reflexiona y dice: “Papi (apodo con el que ella denomina a todas las personas, sin distinción de género), luego de hablar tanto sobre lo que me hace feliz y lo que no, usted me dejó como pensando; a mí ya ni pagar deudas me hace feliz y eso debería hacerme feliz ¿no?” – risas – Pero, ¿sabe qué? Yo llego a esta casa, veo a mis hijos con un plato de comida y siento que estoy completa. La vida no me enseñó a tener mucho, así que con poco es suficiente”.

“Acá somos conscientes de que estudiar no está en los planes porque no hay con qué” comenta Maritza.

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