jueves, octubre 21, 2021

Si del cielo caen albóndigas…

Son las 3 de la tarde y el sol se oculta entre las nubes que amenazan lluvia. Claudia Patricia Orozco, una mujer acuerpada de 46 años de edad y un metro 61 de estatura, empuja un puesto de comidas rodante, desde el parqueadero de San Andresito, hasta el frente del consultorio Centrodent, situado en la acera del centro comercial Los Agustinos, calle 19 con carrera 18. Instalado el puesto y prendida la estufa, el olor a guiso y albóndiga comienza a esparcirse por el lugar. Se siente a varios metros a la redonda. Lo inunda todo, alborotando no solo las papilas gustativas sino las olfativas de los transeúntes que a esa hora no son pocos.

Son ya las seis de la tarde, los trabajadores y empleados van camino a casa, aumenta la afluencia de clientes y es cuando Claudia debe acelerar su ritmo de trabajo. También los habitantes de calle comienzan a rondar pues saben que obtendrán algún mendrugo de los comensales.

La meta diaria es vender las 120 albóndigas.

La juventud de Claudia no fue para nada fácil. Hija de una campesina madre  soltera con otras dos hermanas menores a las que tuvo que ayudar a criar para que su madre pudiera trabajar. No salía a fiestas, no tenía amigas, no podía estudiar; la adolescencia fue únicamente trabajo. Por eso decidió irse a vivir con el primer hombre que le prometió amor.

De su relación conyugal le quedaron tres hijas, quienes hacen sus propias vidas y no dependen para nada de ella. Mariana, la mayor, afirma que su progenitora fue muy responsable, nunca las desamparó y estuvo pendiente para que no les faltara nada, así la economía no ayudara. El padre, un hombre mayor, dedicado a la venta de lotería, también aportó pero, dicen ellas, no lo suficiente. Él fumó toda la vida, sus bronquios eran débiles y perdió la vida luego de enfermar con covid-19.

Una albóndiga a la vez

El menú no es muy variado. En un plato de icopor, Claudia sirve una olorosa albóndiga con guiso que prepara la dueña del puesto, Maria Yolanda Salazar Rivera. Usa cebolla de huevo, cebolla junca, tomates, ajo y comino; salsas, caldo en un vaso mediano de plástico, en otro gaseosa y un bombón de ñapa. Todo por tan solo 6.000 pesos. Los gustos son variados: algunos piden solo el caldo, otros la mera albóndiga y los más hambrientos el plato completo. Las albóndigas son de carne de res molida, adobada con una receta exclusiva de la dueña cuyos ingredientes no revela a nadie pues considera que ese es el secreto del éxito en sus ventas.

Actualmente, “Deliciosas albóndigas guiso y…”, nombre pintoresco que luce el puesto, se ha convertido en un referente del hambre callejera de Manizales. Al llegar a su sitio de trabajo, lo esencial es lavar el andén donde se ubica, “lo fundamental en un lugar de comidas es el aseo”, afirma. Después de limpiar el lugar, comienza a sacar las ollas con total curia para que no se riegue el caldo.

El guiso de las albóndigas está hecho con cebolla, tomate, cilantro, ajo y un poco de aceite, este es renovado todos los días, pues es el preferido por la clientela.

Lleva 120 albóndigas, saca de a 25 y las pone en la estufa móvil para que conserven el calor. El guiso, esa ventana de entrada a la salivación y el deseo de comer, lo exhibe como trofeo al frente del puesto. “No es por nada, pero a las personas les gusta más el guiso que las salsas”, comenta. Luego de revisar que todo está en orden, se pone su traje de combate: delantal blanco, gorro y tapabocas.

Maria Yolanda, la propietaria, cuenta que Claudia lleva cuatro años a su servicio y se siente satisfecha con su trabajo. Responsable y dedicada, de una honradez a toda prueba, de ahí que su confianza sea plena. Aunque trabaja todos los días desde las cuatro de la tarde y finaliza a las 12 de la noche o una de la madrugada, dependiendo de la clientela, muchas veces no hace uso del día de descanso que le corresponde. El contrato de trabajo es verbal y le paga diariamente 35.000 pesos sin prestaciones sociales.

 Las arepas son compradas por encargo en un puesto cerca a San Andresito y estas las llevan todos los días sin falta a las 4:00 de la tarde. En promedio se consumen 120 arepas diarias, cuyo  valor es cancelado todos los lunes.

Dos albóndigas menos

El reloj ya marca las 11 de la noche, Claudia está agotada por el trajín, su mirada refleja el cansancio y sus mejillas coloradas traducen el calor que siente su cuerpo, y eso que aún la noche no ha terminado. La meta diaria es vender las 120 albóndigas que lleva. Las calles se van quedando solas, pero la esperanza aún no está perdida, queda poco surtido, pero “se vende”, dice esperanzada. Transcurridos unos minutos llegan unos hombres en una camioneta blindada de alta gama, estaban dispuestos a comer lo que hubiera. “Señora deme un plato de caldo con dos albóndigas”, dijo uno de ellos. Rauda empieza a preparar el pedido y entrega el producto a los nuevos clientes. Se ven sonrientes, contentos, disfrutan de la comida pero, cuando menos se esperaba, arrancaron la camioneta sin pagar. 

El rostro de Claudia refleja cansancio, algo de desazón por la extenuante jornada, se dibujó una mueca de tristeza, de frustración y solo me atinó a decir: “Ya no se me hace extraño, eso es muy común que me pase, yo le comento a la dueña y ella entiende la situación y en otras ocasiones cuando no es mucho el robo yo misma pongo el dinero”. Su mirada, una mezcla de costumbre y frustración, se unió con una sonrisa, parecía resiliencia. Ahí comprendí entonces porqué Maria Yolanda Salazar Rivera, dueña del puesto y su hija Mariana dicen que Claudia es una trabajadora incansable. No importa lo que ocurra, no se deja amedrentar.

Una albóndiga para cerrar

Claudia piensa que San Andresito no es un sitio peligroso para su trabajo, ya que ha hecho muchos amigos en el sector que la cuidan y protegen. Cuando un habitante de calle pasa, ella no duda en regalarles un vaso con caldo cuando se lo piden. Todos los días son excelentes para el trabajo, incluso si llueve y hace frío. Disfruta la panorámica que tiene de la avenida, de la plaza Alfonso López, de la gente y del televisor que no puede faltarle para enterarse de las noticias y seguir las telenovelas. La verdad, dice, no le queda tiempo para el tedio o el aburrimiento. De repente llega una señora de aretes largos, cara ancha, bien perfumada de aproximadamente 50 años, se detiene en el puesto y le dice: “Claudia definitivamente no puedo pasar y dejar de comprarle la albondiguita”, ella con un gesto sonriente agradece su comentario y entrega el producto, se vendió todo.

Claudia culmina su trabajo y al ver las ollas vacías lanza una plegaria de agradecimiento y dice en voz alta: “Padrecito, si hoy fue un día bueno, mañana será mucho mejor”. Satisfecha con la labor empieza a empacar cada uno de los utensilios, las ollas, servilletas y cubiertos, recoge la basura, limpia el fogón portátil y desconecta los cables de la energía (los cuales conecta a una extensión que viene desde el parqueadero del conjunto Los Agustinos) y luego llama a Juan, un señor que le ayuda a llevar el carro de nuevo al parqueadero de San Andresito. El espacio queda vacío pero con la marca de que Claudia y sus albóndigas estuvieron allí.

La clientela de Claudia es muy variada. Al principio de la jornada llegan empleados de oficinas, trabajadores de almacenes y obreros de la construcción. En la noche varían los consumidores, personas alicoradas, mendigos y recicladores.

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