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Relatos de tres historias, Los sacrificios del “sueño americano”

“Si la visa universal se extiende el día en que nacemos y caduca en la muerte ¿por qué te persiguen, migrante? Si el cónsul de los cielos ya te dio permiso”. Evocando esta canción del cantautor guatemalteco, Ricardo Arjona, lanzada en 2005, empieza
el relato de tres historias: todas tan diferentes, marcadas por las necesidades, las luchas y el bienestar, pero, que se dirigen a un mismo norte: el sueño americano.
En mayo se registraron un total de 135 vuelos de deportaciones; este número subió un 18 % respecto a abril, un aumento del 131 % respecto a mayo del año pasado, según Marta Lucía Ramírez, Colombia en una nota de la Cancillería.

Con la cara y los sueños empolvados
“Cuando llegamos al cruce de Ciudad Juárez, en Texas, había un retén. Ahí me toca meterme debajo del camión. Fue un transcurso de 15 minutos pegado debajo del carro”, narra Jhon Ánderson Gutiérrez, sobre la cruda realidad de compatriotas
que, como usted o como yo, miran pa’ arriba, soñando con lo que aquí en Colombia falta y allá en Estados Unidos parece estar. Jhon Ánderson es santarrosano tiene 24 años y decidió irse por “el hueco” cuando tenía 21 “Había acabado de salir de su preparación para ser sacerdote, aunque no fuera su vocación, como lo afirma. Al llegar a su casa, se encontró con que su familia no tenía ni para la comida y sintió que él era la única esperanza de salir adelante” al no encontrar soluciones, decidió pedirle a una tía que vive en Estados Unidos que le colaborara para recibirlo y tener mejores ingresos. Ella aceptó ayudarlo y prestarle $26 millones para pagarle a un transportista ilegal, un coyote, y que así pudiera ingresar, aunque fuera ilegal, al soñado país.

Muchos de los inmigrantes que emprenden un camino buscando una mejor vida y huyendo del hambre que hay en sus casas, les toca caminar días completos bajo el sol o la lluvia. Sin embargo, esa misma razón que los hizo salir casi que corriendo
del lado de su familia, reaparece cada hora recordándoles que ahí sigue y todavía falta tiempo para que deje de atormentar. Así lo cuenta Jhon Ánderson, quien caminó más de tres meses entre Colombia, Panamá, Nicaragua y otros países de América.

“En Nicaragua nos metían en unas casas muy pequeñas en medio del campo. Recuerdo una noche que salimos en una lluvia horrible y llegamos a una casa abandonada; entramos y éramos como 35 personas. Nos trajeron como una canasta
de pollo para que comiéramos y todo mundo se tiró así como perros a coger la comida porque el hambre era impresionante”, narra mientras recuerda cómo fue vivir esa experiencia que le entrecorta la voz al contarla.

Entre enero y mayo del 2021, se reportaron 330 deportaciones en total. Hasta mayo de 2022, la cifra registrada es de 8483, según indica el Consulado General de Colombia en Houston.

Mexi-calor
En el recorrido de las tantas historias de perseverancia, cansancio y lágrimas, Juan David Valencia narra su experiencia tras la dicha de vivir en EE.UU, quien empezó su travesía desde Medellín, Antioquia hasta Cancún, para buscar rutas que lo llevaran a la frontera.

Su ruta fue Cancún, Guadalajara y Mexicali, última ciudad en la que se entregó a la patrulla migratoria para esperar y que, de una forma u otra, entre súplicas, dinero e ilegalidad, pudiera dar el paso a Estados Unidos. “Cuando uno ya va para Mexicali
el coyote le dice a uno que meta un billete de 100 dólares en el pasaporte. Fui el primero en bajarme del avión, entré a la sala y me encontré con 15 personas de migración. Uno de ellos simplemente me dijo: “Ustedes no aprenden, saque el billete y entrégueme el celular”.

Juan David estuvo preso cinco días largos e inciertos en las celdas de migración de Tijuana. El alma de ese lugar era la incertidumbre, que albergaba 500 personas, cuando su capacidad máxima es para 200. “Hacinadas, expectantes, angustiadas y a
la espera de ser deportadas o de un milagro bajo cuerda que les permitiese perforar la frontera”, dice. Valencia solo pensaba en su familia y en la angustia que estarían sintiendo sin saber de su paradero. El tiempo avanzó hasta que un policía le propuso pagar 2500 USD para llevarlo hasta la frontera. “Tenía dos opciones: aceptar o firmar la deportación inmediata de México”.

Juan David no soportó más y firmó la remoción del país de los tacos. Lo llevaron escoltado de Tijuana a Tabasco, un transcurso de aproximadamente cuatro días, en un bus en el que no podía bajarse ni hacer sus necesidades fisiológicas. Parece que todo estaba perdido pero… al momento de llegar a Tabasco revisó su teléfono y encontró un mensaje de su hermana diciéndole que ya tenían un coyote hablado, que lo llamara y hablara con él. Siguió las instrucciones y organizó todo con esta persona para volver a emprender su viaje.

“Me fui a Monterrey en avión. En esa ciudad volví a caer. Me detuvieron 15 días en los que estuve expuesto todo el tiempo a tormentas y temperaturas de hasta 40 grados”, relata Juan y complementa que, al salir de esa prisión, logró llegar a la frontera en donde los viajeros se entregan a la patrulla migratoria y pasan 55 días detenidos en Texas hasta que migración les otorgará asilo político para pasar del país de los tacos al de las hamburguesas.

De frente al muro
Con su esposo en Estados Unidos, sin nada que la atara a
Colombia, Valentina Gil, de 22 años, empaca lo esencial y alista a sus dos hijos para emprender el viaje que la llevaría de manera ilegal a reencontrarse con el amor de su vida.

En marzo de 2022 Valentina salió desde Medellín hacia Cancún y de ahí a Mexicali con escala en Ciudad de México.
Al llegar a la ciudad fronteriza sigue los pasos que le había marcado su coyote y mete un billete de 100 dólares en cada pasaporte, de esta forma la policía de migración de este lugar la deja ingresar. En una ciudad completamente desconocida salieron del aeropuerto en búsqueda de un hotel para pasar la noche con sus dos hijos antes de empezar la verdadera travesía.

Después de unas horas llega alguien a su habitación y le toca tres veces la puerta, cuando ella respondió, le dijeron:“Toby me mandó, peluche”, era el santo y seña, había llegado su transporte. Solo podía llevar lo necesario: celular, cargador,
teteros y una cobija.

Del hotel al encuentro con su coyote pasan aproximadamente 20 minutos. “Nos subimos a otro carro que nos iba a llevar al muro. Cuando empezó a avanzar el carro,
paró en un puente y ahí nos mostró el muro que se veía a lo lejos. Nos
indicaba cómo cruzar hasta allá, se empezó a meter al desierto y cuando ya no había nadie, nos bajó del carro y nos dijo que camináramos tranquilos sin ponerle atención a nadie”. A unos 45 minutos de caminata pasaron y se encontraron con un muro inmenso. Ahí el pensamiento de si estaba haciendo lo correcto la empezó a embargar, pues al llegar a la estructura, como lo cuenta Gil, el panorama cambió y solo se ve
ropa tirada, comida y agua. En ese punto los migrantes deben desprenderse de todo y comenzar una nueva vida. El muro de Trump, como se conoce en la frontera, tiene varias puertas y ese día debían caminar hasta la primera para que migración los recogiera.

Valentina cuenta que fueron más o menos tres horas caminando hasta que en la madrugada los recogieron y los trasladaron a los refugios de migrantes donde solo les entregaron unas hojas de aluminio para dormir. Después de siete días en un refugio en Texas, la inmigración norteamericana le permite a Valentina y a sus dos hijos salir de ahí, pero no sin antes ponerle a ella un grillete, como los que usan los presos en el
tobillo, y que debe usar hasta que su situación migratoria se resuelva. En este proceso pueden pasar hasta 9 años para que esto suceda.

Según datos ofrecidos por las autoridades migratorias del país norteamericano, solo durante el mes de marzo se registraron 221.303 detenciones de personas que intentaron llegar a EE.UU. por las fronteras de México, de manera ilegal. Es la cifra más alta registrada desde hace dos décadas, que implicó un aumento del 24%
en comparación del mes de junio del 2021.



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