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Los protocolos de la muerte, crónica finalista en el PNPEU Orlando Sierra

La crónica Los protocolos de la muerte escrita por Helena Botero y publicada en el periódico Contexto de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín es finalista del VII Premio Nacional de Periodismo Escrito Universitario (PNPEU) Orlando Sierra Hernández, que es convocado por la Universidad de Manizales a través de su escuela de Comunicación Social y Periodismo y el diario La Patria, en alianza con Efigás y el Banco de la República. La premiación será este 11 de noviembre.

Esta crónica sobre un padre, su hija y el virus compite con otras dos crónicas: Pancho: pueblo pequeño, penuria grande, escrita por Ashley Valentina Duarte Monroy de la Universidad de La Sabana y con El mal huésped, escrita por Kelly Yohana Osorio Villa de la Universidad de Manizales.

Esta es la crónica nominada

Los protocolos de la muerte

Antes de atender esa llamada, sabía que la muerte de mi papá me esperaba al otro lado de la línea. Habían pasado 29 días desde el accidente en carretera y 26 desde que se le indujo al coma del que creíamos que iba a salir, que eran los mismos que yo llevaba viviendo en Montería bajo la incertidumbre de si sobreviviese o no.

Helena Botero / periodico.contexto@upb.edu.co

La tarde anterior el doctor nos comunicó el desesperanzador resultado de los exámenes que anunciaban a una peligrosa infección adquirida en esa camilla de cuidados intensivos debido a la debilidad de su sistema; que sobreviviera habría sido un milagro en muchos sentidos. Después de varias batallas conectado a varios aparatos e intervenciones en distintas zonas de su cuerpo, mi papá “abrazó la muerte”, en palabras que él hubiese usado.

No podía desmoronarme, tenía que darle la noticia a mi hermana menor, quien vive en Boston (Estados Unidos) hace más de un año. Se lo dije yo, por teléfono, mientras ella tomaba un tren a Nueva York. La esperarían aproximadamente 5 horas de asimilar la noticia sola, pero hubiera sido peor que la sorprendiera un pésame de otra persona. Mi mamá, quien llevaba una buena relación con mi papá a pesar de haberse divorciado hacía 20 años, estaba deshecha y me pasó el teléfono cuando la llamó con esa intención.

Cuando digo que mi papá era mi mejor amigo no lo digo porque sea bonito hablar bien de los muertos, sino porque cuando estábamos juntos podíamos ser nosotros mismos, había una complicidad especial que quien nos haya visto juntos, notaría. Siempre se mostró genuino conmigo: me habló de su debilidad por el alcohol, a veces por las mujeres y en el pasado por el juego. Hablábamos del peso de la culpa y del miedo. Me enseñó a respetar el mar y el fuego. Fue honesto conmigo sobre su pavor a los payasos, y no dudó en derramarme sus recuerdos tristes bajo los efectos del aguardiente en más de una ocasión.

Era comerciante y comediante por naturaleza, lo reflejaba cuando en el pago de las matrículas pedía “rebaja” y cuando negociábamos mesadas o citas con mi psicólogo. También era soñador y arriesgado; la mejor prueba de ello son los asuntos pendientes que sus decisiones nos dejaron a mi hermana y a mí.

Vivía su vida al límite. De hecho, tiene sentido que me hubiera recomendado con insistencia el documental Mi maestro el pulpo, de Netflix, curiosamente ganador al Oscar tres días antes de su deceso y al que solo le di una oportunidad cuando su muerte me hizo buscar respuestas.

En este filme, Craig Foster, realizador audiovisual y conservacionista sudafricano, establece una relación muy peculiar con un pulpo al que visita a diario y que le devela sus misterios a través de su comportamiento. Camuflaje, adaptabilidad, peligro y estrategia hubiesen descrito a ese animal y a Alejandro Botero, mi papá, en la misma medida.

El pulpo es un animal solitario, vive en la mira de varios depredadores peligrosos. Es instintivo y sobrevive porque se ve obligado a desarrollar una inteligencia superior a la de sus depredadores y sus víctimas. Su capacidad de camuflaje también lo hace una especie inquietante, y todo lo anterior me lo transmitía, en su medida, la vida llena de experiencias de mi papá. Y su partida repentina.

Sobre todo, la frase: “vive rápido, muere joven”, que aparece casi al final del filme.

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Cuando llegué a la sala, para despedirme de su cuerpo, recordé que poco más de un mes antes del accidente hablábamos del suicidio de su hermano mayor, del cual escribí una crónica que nos permitió una última conversación acerca de la muerte, de tantas que tuvimos. Le pregunté cómo sintió la pierna de mi tío cuando la agarró, y la describió “sin vida, como una masa inerte sin vibración, como un pedazo de carne del mercado”, y así sentí yo su brazo cuando lo toqué por encima de la sábana, y su pecho cuando descansé mi cabeza en él por última vez.

Mirando su expresión recordé la serenidad con la que describió la muerte de mi tío, y la comprendí. Le pasé la mano por la cabeza con ternura para aminorar el dolor y supe que así fuera la última vez que tocara su cuerpo, lo iba percibir a él en cada árbol del que me enseñó el nombre y no aprendí, y en cada chiste interno que la cotidianidad me recordaría y que tendría que guardarme.

En la puerta de la habitación nos vigilaba a mi mamá y a mí la psicóloga de la clínica, encargada de darle ánimo a los pacientes de la UCI y, en los casos desafortunados, a los parientes de los fallecidos. Nos repetía que él era un luchador, que había aguantado mucho hasta el final, que ella venía todos los días a darle ánimo.

Después de pedirle a ambas que me dejaran a solas un momento, le recordé a mi papá que estaría bien, porque creo que a las almas hay que soltarlas y porque así se lo prometí en un viaje que hicimos con mi hermanita, curiosamente a la costa y en carretera, dos años antes.

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“…siempre encontrábamos de qué reírnos, de qué conversar, con qué entretenernos. Tomábamos tinto recalentado y fumábamos juntos mientras conversábamos con algún extraño…”. Foto: Cortesía

Aunque él quería que sus cenizas fueran “echadas al aire”, si una muerte lleva algún tipo de responsabilidad penal, el cuerpo no puede incinerarse sin autorización del fiscal. Esto se debe a la posibilidad de que dentro del proceso de investigación sea requerido para aclarar dudas. Y es, por lo general, una autorización muy compleja cuando hay una investigación de por medio. “Debe ser muy clara la causa de la muerte”, indica Gloria Ledy Arboleda, fiscal 108 de Medellín.

Cuando un accidente de tránsito deja heridos, el proceso fiscal que se abre es el de lesiones personales culposas. Luego, deben ser evaluadas las circunstancias, pues si bien se responsabiliza al conductor, es importante tener en cuenta que hay agravantes cuando, por ejemplo, este conduce bajo los efectos de bebidas alcohólicas, cuando no respeta los límites de velocidad. O si, por el contrario, existiese un agente externo (como un animal que se atravesó en el camino, aceite regado en el suelo, entre otras) el nivel de responsabilidad podría reducirse, como lo explica la fiscal.

El accidente ocurrió en carretera, llegando al municipio de Necoclí, un poco antes de las 5 de la mañana. De allí fueron trasladados a la Clínica de Traumas y Fracturas en Montería, mi papá en un carro particular y el conductor, quien era incapaz de moverse, en ambulancia.

Al principio no parecía ser más que un brazo roto y un dolor en el pecho, luego encontraron las cuatro costillas fracturadas y el pulmón colapsado; a los tres días descubrieron que las anteriores eran todas nimiedades en comparación con el verdadero impacto, que fue el que recibieron sus vísceras que por el trauma mostrarían indicios de necrosis y que demandaría una serie de cirugías delicadas.

El conductor, amigo de mi papá hace muchos años y con quien prestó servicio militar en el pasado, sobrevivió al siniestro y a la cirugía de más de 12 horas que tuvo que soportar debido a múltiples fracturas y una reconstrucción de párpado. Su recuperación viene cargada de duras terapias y mucha paciencia.

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Un día antes del deceso, el socio más cercano de mi papá viajó a Montería. Fue entonces de gran ayuda a la hora de firmar papeles, pedir permisos y llamar a distintas funerarias para averiguar cuáles serían los trámites, pues de repente un cadáver se convierte en una responsabilidad que no da espera. Recordé la muerte de mi tío nuevamente, y como mi papá me decía “Ese era mi muerto. No de la esposa, los hijos o la mamá”, porque así se sentía haciendo lo que a mí me tocaba esta vez.

En Colombia, el SOAT asegura la muerte y gastos funerarios por 750 salarios mínimos diarios legales vigentes (S.M.D.L.V), que hoy serían 22.713.150 pesos. Puede haber variaciones en los documentos para hacer esta reclamación, pero, por lo general, los requeridos son: Formulario específico de reclamación (FURPEN); epicrisis o historia clínica; Registro Civil de Defunción; certificación de inspección de cadáver de parte de la Fiscalía; Registro Civil de Matrimonio (si estaba casado); registros de nacimiento que demuestren el parentesco de quien reclama y una manifestación de que estas personas son las únicas beneficiarias.

Es un proceso largo y tedioso, sobre todo por los documentos que deben ser solicitados a entidades oficiales y que en ocasiones pueden tomar mucho tiempo. En especial cuando es un proceso que está en la fiscalía de otro municipio y requiere de solicitudes y documentos, me explicó Luis Eduardo Barón, de Medicina Legal de Montería, quien hizo la necropsia y se puso a mi disposición para los trámites con los que pudiera ayudarme.

Decidimos no hacer el pago de los gastos funerarios mediante el SOAT porque este requería documentos que solo podían ser solicitados en Necoclí y que toman varios días. Visitamos dos funerarias antes de tomar como opción a otra distinta que tenía convenio con una en Medellín y en la que haríamos uso de una póliza de mi tía que cubría todos los servicios menos el traslado terrestre. El alma descansa en paz, pero al cuerpo, después de la muerte, le esperan una serie de procesos que para los vivos es exhaustiva.

Luego seguiría “reclamar” el cuerpo en Medicina Legal de Montería con una orden de la Fiscalía para que pudiera llevárselo la funeraria que lo prepararía para el viaje a Medellín. Todo lo anterior con el afán de que volaríamos en la noche y que debíamos salir antes de las cinco para el aeropuerto.

También había que registrar la defunción en notaría, que se hace en la ciudad del deceso; de repente, de alguna manera, le pertenecía esa muerte a una ciudad ajena, para nosotros conocida como un lugar de paso para ir al mar. Parecía irreal estar firmando y solicitando papeles que llevaban el nombre y cédula de mi papá en todas partes, reafirmándome una muerte que yo no había tenido tiempo de sentir y de llorar.

Morir lejos de casa significó acelerar una serie de trámites y diligencias para los que las personas suelen esperar varios días, por el dolor y por el luto. Nosotros, que no queríamos permanecer más tiempo en esa ciudad extraña en la que no teníamos recuerdos felices, corríamos de un lado a otro con una firmeza inexplicable que nos daba el afán, y que nos ayudaba a omitir el verdadero peso de las circunstancias.

Solo en el avión, en el que iba sola, pude llorar con tranquilidad mientras veía por la ventana las luces de una ciudad que había esperado abandonar junto a mi papá, en otras condiciones.

El cadáver llegó a Medellín en coche fúnebre en la madrugada del día siguiente, vestido con una bata blanca que “escogí”, aunque realmente no había opción, pues la ropa con la que viajaba ya había sido enviada a Medellín. Luego supimos que sus fluidos estropearían la prenda en el camino y sería reemplazada por ropa informal puesto que no era un hombre de trajes elegantes y costosos.

Cuando se murió mi tío me habló de los guantes que le pusieron y que nunca hubiera usado en vida, pensé en que quizá él no hubiese querido ser enterrado con ese “vestido”, casi oí su risa cuando me enteré de que le llevarían su ropa informal.

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Los rituales de las funerarias, a raíz del COVID-19 han cambiado notoriamente, también para aquellos que no mueren por esta causa, pues es un peligro real que se manifiesta en el tiempo y la asistencia de estos eventos. Así lo sostiene Isabel Cristina Arango, directora general de la Unidad de Duelo de la Funeraria San Vicente en un video en la página web de la institución.

La situación es aún más compleja para los familiares de quienes mueren debido al coronavirus o de quienes se tenga sospecha que lo padecieron en vida, pues por asuntos de salubridad no es permitido ningún tipo de ritual, que es tan necesario para cerrar ese ciclo adecuadamente.

El toque de queda, como consecuencia del pico del virus, aplazaría la velación de mi papá al lunes y ese día en la mañana se cancelaría porque el cuerpo “no aguantó a tanto” a pesar de hacer todo lo posible, como informó la funeraria Plenitud, que fue la contratada.

En una misa con aforo limitado, en Campos de Paz, poco menos de las 50 personas permitidas honraron su vida y presenciaron el entierro bajo las medidas de bioseguridad entorpecidas por los abrazos y las lágrimas. Otros tantos, desde sus casas, pudieron asistir al evento de forma virtual, en la emisión continua de la página web de Campos de Paz.

Se acompaña con mensajes y llamadas, se abraza con emoticones y se asiste únicamente con invitación y dependiendo de la cercanía con el fallecido.

En medio del duelo hay quien se resiste al consuelo físico por precaución, además, los espacios deben abandonarse con el tiempo medido porque el templo atiende muchas misas seguidas. En la página web hay una trasmisión fija de la iglesia, con un horario y un nombre distinto cada media hora. En especial en ese mes, abril del 2021, que fue el más letal en Antioquia por COVID-19 (2.697 muertes).

También se recortan las conversaciones del final, las que prometen encuentros que no llegan y un apoyo cortés al que nunca se acude. Luego vienen las llamadas de “Disculpa que te moleste”, pero lo hacen; “Sé por lo que estás pasando”, pero lo ignoran y “Es que tu papá me debía…” o “Es que se había comprometido conmigo…”. Y a las responsabilidades de uno se le suman las del difunto y de nuevo hay que dejar lo de estar triste para después.

También aparecen en buena cantidad un montón de promesas, y responsabilidades que quedaron a medio hacer y el “Es que él me prometió”, “Es que él decía que si un día se iba…”. Y de repente la palabra del muerto va por encima de la paz de los vivos. Y aparecen firmas, cartas, mensajes de WhatsApp y deudas con intereses que no dan espera.

***

A los bancos a los que se les debe hay que avisarles rápido, algunos solo piden el registro de defunción y la fotocopia de la cédula; otros requieren también el historial clínico y el registro de nacimiento de quien notifica (o un documento que demuestre algún parentesco). La mayoría de las deudas obligan al deudor a adquirir un seguro de vida que cubra el monto en caso de muerte, algunas cuentan con un saldo un poco mayor a favor y unas pocas se valen de los seguros adquiridos.

La sucesión es el proceso por el cual los herederos pueden adquirir lo que por ley les corresponde. Si se hace pronto y sin inconvenientes podría estar lista antes de los seis meses. Pero entre los factores comunes que podrían complicarla está, por ejemplo, el desacuerdo entre las partes herederas. Otro es que los documentos legalmente idóneos (como el registro civil de nacimiento o partidas de bautismo) presenten inconsistencias en los nombres, documentos de identidad, fechas, entre otros. Y, en algunos casos, la aparición de herederos que no se hubieran reconocido. Explica Adriana Jiménez abogada que nos solucionó algunas dudas del proceso de sucesión.

Si el fallecido tenía deudas con el Estado, como por ejemplo multas o impuestos, estas deben estar al día para iniciar los trámites.

Las demás deudas se enlistan y se incluyen en el proceso de la sucesión, así como los muebles e inmuebles. “Es importante que estén debidamente acreditados y las obligaciones deben estar claras, expresas y exigibles”, sostiene la abogada.

Mi papá, en el 2019, decidió tomar un seguro que cubriera todas sus deudas; sin embargo, con la pandemia, dejó de pagar la póliza y este fue cancelado por la compañía. Pienso en él diciéndome “Los hubiera no existen en la historia de la humanidad”, frase que repetía frecuentemente y que aún sirve para darme aliento, en especial en estos momentos.

Hacer vueltas con él nunca era aburrido o tedioso, siempre encontrábamos de qué reírnos, de qué conversar, con qué entretenernos. Tomábamos tinto recalentado y fumábamos juntos mientras conversábamos con algún extraño, almorzábamos frijoles con chicharrón en un taller mecánico al que le gustaba ir. No había monotonía en su cotidianidad, tenía una buena actitud casi todo el tiempo y era una tarea difícil la de hacerlo enojar.

Me recordaba que nunca tendremos la certeza de lo que pasa por la cabeza de los otros cuando en un mal día, quizá, desquiten su rabia con nosotros, por eso escasamente se dejaba provocar. Quizá también porque en su infancia y adolescencia se metió en muchos problemas por hacerlo.

Recuerdo sus enseñanzas cuando debo tratar con todas las personas con las que nos dejó asuntos por resolver, con todos los funcionarios que me han atendido y con mi familia, pues todos tienen opiniones y una forma distinta de sugerir cómo hacerlo todo.

Mar atardecer
“De alguna manera, le pertenecía esa muerte a una ciudad ajena, para nosotros conocida como un lugar de paso para ir al mar”. Foto: Cortesía.

***

Hoy, todavía tenemos asuntos pendientes. Mi hermana hizo un poder en el Consulado de Colombia en Nueva York y mi mamá me ayuda a seguir dándole la noticia a los bancos, a los acreedores, a buscar seguros para pagar la universidad. El socio de mi papá que hizo vueltas con nosotras, mi tía y mi primo también están ahí con nosotras, ayudándonos a llegar a acuerdos, a cumplir lo que mi papá prometió, a cerrar las historias que dejó inconclusas, a buscar la mejor manera de cerrar sus negocios y que podamos volver a dormir con tranquilidad.

“Fui al otro lado y volví”, me dijo la última vez que hablamos por teléfono, un día después del accidente y un día antes de la primera operación que lo induciría al coma del que no saldría, que lo llevaría, efectivamente, al otro lado, y para no volver. Recuerdo que me angustiaba el saber que algo le dolía, no dimensionaba la magnitud real de la situación y aún así me preocupaba. Esa fue la última vez que hablé con él, la última vez que le dije que lo amaba y la última que escuché su voz.

Después de su muerte encontré una carta que me hizo desde Necoclí meses antes, con la atemporalidad de su voz me dio la despedida que necesitaba, y me recordó que iba a estar siempre en mí, y conmigo:

“He” picaresca

Desde el litoral atlántico te pienso, te escribo, te siento,

Vuelo contigo con cada pelícano que cruza el cielo,

Lleno el espacio de la remembranza

Con tu risa, tu humor, tu amor.

El mar me trae tu presencia irrevocablemente y es como si nunca nos separamos y como una danza de dos almas que danzan fantasmagóricamente, como si fuésemos padre e hija

Me alegra evocarte, pensarte como te pienso y saberte tan cerca de mi corazón, es mañé, pero lindo, alguna vez lo vi o escuché en una película: El lado oscuro del corazón › que la muerte decía que el amor es cursi…

Desde aquí y desde siempre tuyo.

***

Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.

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