Los artistas de las calles manizaleñas. Tres historias de esquina

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En donde el tiempo corre y las personas se aceleran para llegar a sus destinos siempre habrá un stop. Una pausa para respirar, para mirar si el día está soleado, para admirar los atardeceres o para presenciar un espectáculo artístico en un semáforo en plena avenida Santander o en medio de la ola de personas que caminan afanosas por las carreras 22 o 23.

El espectáculo callejero, de acuerdo con el trabajo de grado Escenarios Ambulantes, es una “función o diversión pública celebrada en la calle en la que se congrega la gente para presenciarla”.

En el artículo Monumentos y Arte Urbano, publicado en la revista de arquitectura de la Universidad Católica de Colombia, se explica que desde los años sesenta del siglo XX los artistas decidieron que el arte no se contenía únicamente en el ámbito de un museo o de una galería: debía ir más allá de esos espacios cerrados, exclusivos y para un público especializado. Debía tomarse las calles.

En Página les presentamos un radar de tres historias que desde la música, los malabares y las estatuas humanas crean su propia manifestación artística.

El cafecito de nuestra tierra 9:00 a.m.

Es hora de que el ícono del café más conocido del país emprenda un nuevo día en la ciudad de las puertas abiertas. Un sombrero, que lo protege del sol; un machete, que hace alusión al trabajo duro; un carriel, cruzado en su pecho, y una bandera de Colombia colgada en su hombro derecho, que representa el orgullo que siente por su tierra, son sus compañeros para esta travesía.

Cuando leyó esto pensó en Juan Valdéz, ¿cierto? pero es la historia de Alexander Peralta, un hombre que durante 25 de sus 45 años ha convertido a personajes como un leñador, pescador e incluso el cafetero, su preferido, en estatuas humanas.

Estatua humana
Foto por: Maria Alejandra Lozano Bobadilla

3:00 p.m.

Es un día gris, las nubes no permiten que el sol ilumine plenamente la carrera 23 del centro de Manizales. Entre todas las personas que transitan en el lugar, resalta un amarillo brillante y cálido, como la estrella que es casi imperceptible en el cielo. Un hombre que puede mantener su postura firme, sin mover ni un dedo, hasta

que escucha una alarma que se activa cuando cae una moneda y que indica que es su momento de actuar.

“Con esto sostengo a mi familia. Con las monedas que todas las personas dan para apoyar mi trabajo llevo sustento a la casa y pago el arriendo”. Esa es la motivación diaria de Alexander, la estatua humana.

Entre todas las miradas que se dirigen a este cafetero tipo Juan Valdez se destacan los ojos de los más pequeños que lo observan con ilusión y curiosidad. Esto quizás, porque a su lado permanece un maniquí de un niño vestido igual que él.

Una menor de edad, de dos años aproximadamente, con una chaqueta rosa se acerca a la estatua lentamente. Pone una moneda en una caja y extiende su mano, esperando algo a cambio. Alexander, por lo general, tiene pequeñas sonrisas preparadas para repartir a su público más fiel, los niños, que lo buscan para tomarse fotos con él y llevarse un recuerdo del caficultor más importante de Colombia.

Malabareando viajes

Cra. 22 con calle 17 en el centro de la ciudad.

Las luces se encienden: Verde, se prepara para su siguiente espectáculo. Amarilla, el público se acomoda. Roja, es el momento del show.

El roce de sus tres machetes anuncian la entrada. Tiene menos de un minuto para hacerlos volar y que no toquen el piso. El cronómetro es el sonido del semáforo que cuando aumenta su velocidad le indica que es momento de correr, recibir el dinero que pueda antes de que los espectadores arranquen y sigan con su camino, no sin antes hacer una reverencia en son de agradecimiento.

Hombre con nariz de payaso sonriente
Foto por: Maria Alejandra Lozano Bobadilla

Esta historia trata de Alberto Laureano, aunque prefiere que lo llamen Beto. Un hombre de tez blanca, con sonrisa prominente y barba. Vestido con unas bermudas café, un sombrero azul y una nariz de clown que enfatiza en su objetivo: brindar alegría a la gente que a veces ve medio triste. Tiene 31 años y se considera un aventurero: “Me gusta el arte de los malabares, en general el arte, pero también viajar y fusioné las dos cosas justamente. Ando recorriendo varios lugares. Yo creo que viajar es hermoso”.

Su primer encuentro con este arte fue en su tierra Argentina en Purmamarca, una localidad de la provincia de Jujuy en el noroeste del país. “Llegué a un camping en donde había mucha gente viajera, artistas y artesanos. Empecé a incursionar con los malabares un poquito, a practicar y me gustó. Hablé con los muchachos que estaban allí sobre viajar y ¡pff! me enamoré”, recuerda Beto.

Mientras recorría diferentes lugares de Latinoamérica se cruza con Colombia. Este país le obsequia a Naia, que encontró en Cali y a Luna, en Cartago. Sus dos perritas criollas que lo acompañan en todos los viajes. “Ahorita vamos a emprender viaje rumbo a la Costa y a recorrer un poquito estas tierras que son muy bonitas”, indica mientras se destacan las líneas de expresión de sus ojos al sonreír.

Hace un mes está en Manizales y tiene pensado quedarse uno más. La ciudad se le hace un lugar muy cultural, por lo que nota en su gente amor y apoyo por el arte. Uno de sus mayores sueños es progresar con los malabares. “Mi idea es seguir conociendo toda Centroamérica y cruzar, si se puede, el charco”, comenta el malabarista antes de dirigirse a la esquina del semáforo, abrir un maletín azul claro y sacar un parlante que al encenderlo alumbra rojo, azul y verde. Pone una canción y se dispone para su siguiente acto.

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Nunca es demasiado tarde

“Primero que nada buenas noches. Ante todo la educación. Otro día aquí parada llevando a cabo esta misión. Que más que una moneda usted me brinda aceptación, ya que todos somos iguales sin importar la profesión o ¿cómo piensa usted? no creo que diferente, que la del aseo valga menos que un gerente, que un cirujano valga más que una enfermera o no merezca respeto yo por ser una extranjera”, Esas son las líricas que se escuchan de una mujer en plena avenida Santander mientras las gotas de lluvía la acompañan en la tarima, su tarima.

Angeli Andreina Rojas Navas, una joven venezolana de 26 años, es ama de casa y trabaja en la calles cantando en los semáforos. Tiene una sonrisa que transmite tranquilidad, el cabello recogido, un maletín con colores lila, menta y rosado, una chaqueta camuflada para cubrirse del frío, un micrófono en su mano y un bafle que está cubierto con una bolsa blanca para evitar que el agua interfiera con el sonido.

Mujer cantando en la calle
Foto por: Maria Alejandra Lozano Bobadilla

“Yo por lo menos soy una que me meto en la película. Yo estoy allí y me siento en un escenario. Es como cuando cantas y de repente hay gente que te aplaude y otra que te aborrece. Es tal cual”, explica la mujer de voz dulce y risa contagiosa.

Aprovecha que los carros paran y se dispone a cantar algunas rimas

El género que interpreta es su manera de expresarse y desahogarse con las personas que la escuchan. “Me gusta cantar rap de conciencia para llegarle a la gente y dejarles algún mensaje bonito”, narra Angeli mientras recuerda que cuando era pequeña estuvo en clases de corales y retomó la música en diciembre pasado cuando llegó a Manizales.

La pasión por la música es familiar y sus dos hermanos, así como ella lo dice, “tienen más tiempo en la movida”. Además, comenta: “Ahorita, mi hermano está haciendo un estudio a ver si comenzamos a grabar y poco a poco vamos sacando unas canciones a ver qué tal. Quién quita que peguemos y lleguemos a estar en una tarima”.

Su más grande motivación son sus tres hijos: una de ocho, otro de tres y una bebé de un año. La cantante urbana puede ganar desde $4.000 hasta $60.000, dependiendo del día. “No nos sobra la plata, pero gracias a Dios no nos falta un plato de comida en la mesa”, afirma.

En la ciudad se siente como en casa por la amabilidad de las personas: “Un día estaba parada en el semáforo y me estaba yendo muy suave. Llegó un señor de la nada y me regaló $50.000 y yo me sentí muy feliz”.

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¡Hey! pero no deje la página sin leer el mensaje que les deja esta artista: “Le doy muchísimas gracias a las personas de Manizales por ser tan receptivas. La mayoría de verdad son muy colaboradoras y comprensivas. Gracias, porque sé que tampoco es fácil venir del trabajo con un problema y uno de repente estar pensando que llegue alguien a pararse en frente a cantar e incomodar. Muchas gracias por su colaboración en el día a día”.

Y así culmina un show más de estos tres apasionados que, mientras haya un público que transite por la ciudad dispuesto a parar y verlos, buscarán un escenario disponible en las calles que los motive a cumplir sus sueños.

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