La vida vista por Margarita: una vaca que se despide de su dueña

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Nací en una fría mañana de octubre en la que las nubes adornaban el cielo y el olor a tierra húmeda era el complemento perfecto para aquel encuentro con la vida. Mi primer respiro estuvo acompañado por una vista grandiosa: un campo repleto de pasto y árboles que dejaban entrever lo que sería mi hogar. Soy el parto número cuatro, pues cada año mi madre debe parir para así cumplir con su trabajo, compartir de su leche o más bien, de la mía.

“La industria cárnica y láctea produce alrededor de 18% más de gases de efecto invernadero (GEI) que el sector del transporte”

Mi nombre es Margarita. Me llamaron igual que mi dueña, una niña rubia de diez años, ojos claros y mirada penetrante que se veía ansiosa y feliz por mi llegada. Di mis primeros pasos a los 30 segundos de nacer y comencé a caminar a las dos horas. Soy una vaca de raza cebú, tengo orejas caídas, papada y una joroba pronunciada en la que Margarita, mi mejor amiga, suele recostarse. Vivo en una finca ganadera de más de 100 hectáreas al oeste de Colombia, en el municipio de Ulloa. Hoy en día peso 250 kg y somos una familia de 100 bovinas. Marguie, como yo le digo, siempre nos da las gracias, pues somos nosotras quienes le brindamos sus productos favoritos: carne y leche.

Mi función es simple, como aún no estoy lista para tener mis propios hijos, lo único que hago en el día es comer, caminar y beber agua. Necesito hidratarme. Soy responsable del 30% del consumo de agua mundial, o eso es lo que dice el informe de Greenpeace Menos es más, y esto no es nada comparado con los 15.000 litros de agua que necesitan los humanos para la producción de un kg de mi carne, este será mi destino cuando ya no me necesiten más para dar leche y mi ciclo acá en la tierra haya terminado, el cual, siendo realistas, dura unos cinco años. Sin embargo, Marguie dice que siempre me necesitará y yo le creo.

El número de parientes lejanos cada vez es mayor, los huma nos quieren más y más de nuestros productos, puedo decir que se han convertido casi que en “vacadictos”, un término que yo inventé. No todos los padres adoptivos son como el mío, pues muchos utilizan tierras que no son aptas para nuestro cuidado y afectan miles de regiones de importancia ecológica como los humedales, bosques tropicales de tierras bajas, páramos y bosques andinos. Solo en Colombia, el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) menciona que 14 millones de hectáreas son destinadas a nosotras, cuando solo 2,7 millones son aptas.

Fernando Trujillo, mi otro dueño, siempre habla del cuidado ambiental, él es una persona que se preocupa por el futuro del planeta. Quizás yo no entienda mucho de ello, pero le he oído decir que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que, nosotras y las otras 54.5 millones de vacas del mundo somos las causantes del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), pues mientras comemos, sin darnos cuenta, liberamos por nuestra boca metano, un gas 23 veces más nocivo que el dióxido de carbono.

Dos terneros después…

Aunque nuestras vidas son las típicas de un animal de producción, ahora que estoy en mi edad reproductiva mi rutina ha cambiado un poco y se basa en madrugar, ese es uno de los mandamientos del campo o por lo menos de mi hogar. Nos levantamos a las 4:50 a.m. Nos dirigimos al establo, una cabaña hecha con cemento a 20 metros del potrero en el que estoy ahora. Allí tienen una máquina que nos ayuda a sacar la leche. Primero nos limpian las ubres, las masajean e insertan unas copas que imitan la succión de un ternero, de esta forma el líquido sale por unos tubos que lo conducen a unas pipas, donde lo almacenan para su venta. Este proceso lo hacen con todas nosotras y una vez termine nos podemos ir a realizar nuestra actividad preferida, comer.

Por lo general Marguie se despierta más tarde, pero lo primero que hace es saludarme y hacerme cosquillas detrás de las orejas. Se sienta a mi lado y saca su celular, nos tomamos un par de fotos y escuchamos música. Siempre suena primero Best song ever, su canción preferida. Después de unos minutos me canso de estar en la misma posición y decido pararme e ir a buscar más hierba fresca. Mi papá se encarga de que siempre tengamos buena comida, por eso no nos deja en un mismo lugar por mucho tiempo.

“A ellas hay que tenerlas en las mejores condiciones. Para que mi finca no contribuya tanto al cambio climático debemos adoptar medidas que impliquen cambiarlas de potrero regularmente para evitar el daño de los suelos. También, se hace siembra regular de árboles para contrastar un poco los GEI que sueltan al rumiar, como por ejemplo el Botón de Oro que también lo utilizan para su consumo”, dice Fernando Trujillo, ganadero y, por supuesto, mi padre adoptivo. Y sí, él es un hombre muy sabio, aunque siempre le enseñe a Marguie que no se puede encariñar conmigo porque algún día tendrá que despedirse.

Nosotras somos conscientes de que no tenemos la culpa de estar en el foco de una discusión medioambiental tan importante, pues lo único que hacemos es obedecer a las demandas que hoy en día presenta el ser humano. Son ellos quienes deben ser responsables con el manejo que nos dan como especie, la forma en la que distribuyen el espacio, el racionamiento del agua y hasta la comida que nos brindan porque de ella también depende cuánto metano liberamos.

Soy afortunada de vivir en una finca en la que se preocupan por el futuro del planeta. En unos años ya no estaré en él pero tengo la seguridad de que mis terneros y las demás especies podrán convivir en un ambiente sano. Mi papá y algunos artículos como el Manual de Buenas Prácticas Ambientales recomiendan una serie de métodos para tener una ganadería sostenible:

Cuatro terneros después…

Han pasado seis años desde que pisé estas tierras por primera vez, mi vida en este potrero es completamente un sueño, tengo todo lo que necesito para vivir bien, un espacio por donde caminar, buena comida, agua y el amor que me brinda Marguie. Sé que ella no quiere verme envejecer y que prometió que siempre me necesitaría. Sin embargo, ya no tengo la misma vitalidad que antes, pronto dejaré de lado mi vida reproductiva y con ello se me acabará la leche.

A lo mejor es hora de morir. Me tendré que despedir de mi mejor amiga y de todas las demás vacas, así como vi despedir a mi madre. Soy consciente que no soy la única que pasa por esto, pues en este instante pueden haber miles en esta misma situación o quizás pariendo o también cientos de terneros que están siendo marcados, vendidos, castrados o destetados. Algunas de nosotras ya muertas transportándose en camiones con destino a grandes mercados, otras colgadas de ganchos en las carnicerías o como dice Juan Pablo Meneses en su libro La vida de una vaca: “En algún lugar hay un niño que está comiendo el primer pedazo de carne de su vida, y en otro un viejo que la mastica por última vez”, y ¿por qué no? posiblemente alguno de ustedes está a punto de comprar a una de mis hermanas.

Mientras me montan al furgón en el que me transportarán al matadero me pregunto qué familia me comprará una vez mi cuerpo sea tan solo un trozo de carne, me volteo para ver por última vez ese paisaje que me cautivó desde el primer instante, le lanzo una mirada tranquilizante a Marguie, quien está llorando abrazada a nuestro padre, quisiera hacerle saber que no es su culpa, que fue la mejor dueña, amiga y compañía que pude tener. Sin más que decir solo me queda darle las gracias a mis dueños, que siempre cuidaron de mí.

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