La vida de Camilo Botero a través de unos ojos que no ven

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Son las 5:00 a.m. Se despierta. Se arregla para salir a su empleo. Recibe los rayos del sol y escucha a los pájaros cantar. Llega al trabajo y comienza su rutina. Lo reciben sus estudiantes, no conoce sus caras. No los ve… No ve nada, pero lo siente todo…

Los días en la vida de Juan Camilo Botero Palacio transcurren con la normalidad que conlleva ser un docente. Su día comienza temprano, se ducha, se viste, desayuna y se lleva consigo a uno de sus compañeros fieles, un maletín negro, en el que lleva sus materiales para las clases y objetos personales. Pide un taxi o toma un bus desde su casa, en el barrio El Carmen, y emprende su ruta hacia el Terminal de Transportes de Manizales. Dicta sus clases en siete municipios del departamento de Caldas. Todo esto suena como un día común y corriente de cualquier persona, la única diferencia es que en los ojos de Camilo predomina el blanco y se asoma apenas una pupila con visos verdes y azules que son casi imperceptibles, solo ve oscuridad.

A las 11 de la mañana, en la cafetería del Terminal, tercera mesa y con cuatro acompañantes se encuentra sentado Juan Camilo. Un hombre de cabello negro, robusto y con un tapabocas oscuro que complementa la vestimenta casual que lleva. Un jean claro, un saco azul de lana con una camisa blanca debajo y tenis negros. Hay un elemento que resalta entre todos los demás, su guía, su apoyo, el que le indica cuando hay un obstáculo que debe evitar para continuar el camino: un bastón.

Unión de sentidos para transmitir conocimiento

Camilo hace una pausa de unos segundos en medio de su conversación y evoca un recuerdo que le cambió la vida…

Era de noche. Un 31 de diciembre del año 2011 sonó el teléfono de su casa. Dormía y no quería contestar, pero insistieron tanto que lo hizo. ”Es que hubo alguien que no se vino a matricular, entonces el sistema te cargó a ti directamente”. Camilo, medio dormido y confundido, no entendía de qué le hablaba la voz de esa mujer al otro lado del teléfono. Era la noticia que tanto había esperado. Tenía un cupo reservado para él en Administración de Empresas Agropecuarias del Sena.

Mientras sigue la charla en la mesa del Terminal se escucha la voz de un hombre a lo lejos que grita: “Camilo, ¿no me vió o qué?”. Juan Camilo gira su cabeza siguiendo la voz y se encuentra con Germán Alonso Antia Londoño, su profesor cuando era estudiante del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA).

Foto por: Stefany Ramírez Cardona
Camilo se puede ver serio a primera vista, pero no le falta una que otra sonrisa de vez en cuando.

“De todo el grupo era el que tenía mejores habilidades mentales. Hay cosas que él hacía muy bien, por ejemplo, cuando tenía que hacer recolección de mora recogía mejor que los que tenían los ojos”. En medio de risas, Germán recuerda al que fue su primer y destacado estudiante con discapacidad visual.

“Terminé mi proceso formativo el 5 de marzo del 2014 y el 12 de septiembre de ese mismo año ya tenía trabajo”, comenta Camilo. Su sorpresa al recibir un empleo a sus 20 años aún sigue latente en el presente.

“Todo lo que he logrado hasta el momento ha sido por un fracaso”

En el 2018 terminó su último año laboral en el Centro para la Formación Cafetera en el Sena Regional Caldas. En el 2019 no le renovaron el contrato y por esto fue un año difícil y oscuro. En este tiempo, Camilo pasó por una situación mental complicada, se cerró a las posibilidades y pensó incluso en acabar con su vida. “Si yo no me suicidé es porque pensaba en mi mamá y me daba embarrada que ella llegara y me encontrara”, puntualiza Camilo.

Así como hay momentos en los que a uno lo vienen a buscar y es mejor no estar. Hay momentos en los que uno tiene que estar donde tiene que estar. En agosto del 2020 la profesional que estaba encargada de estudiar las condiciones y problemas de la población con discapacidad visual, lo que se conoce como tiflología, que trabajaba en el proyecto Caldas camina hacia la inclusión renunció. Juan Camilo ya había mandado su hoja de vida solo para ver si funcionaba o pasaba algo. Efectivamente, algo pasó.

Camilo camina a Caldas. Dicta clases en Salamina, Chinchiná, Riosucio, Neira, Anserma y La Dorada. Con el convenio entre la Universidad de Manizales y la Secretaría de Educación Departamental, Caldas camina hacia la inclusión, es posible que los niños no videntes o con poca visión reciban estas sesiones para mejorar sus habilidades.

Este profesor viajero saca de su maletín unos libros de enseñanza y los pone sobre la mesa, uno se destaca entre los demás. Es el que tiene formas en alto relieve y es la herramienta esencial para reconocer las figuras y texturas. “¿Está frío?, ¿está caliente?, ¿Está duro?, ¿Está blandito? todo es una evaluación perceptiva con el estudiante”, relata Camilo mientras recorre poco a poco con las yemas de sus dedos una de las páginas de sus libros. Uno, dos y tres a la derecha. Cuatro, cinco y seis a la izquierda. El braille y el ábaco son fundamentales en las clases que dicta Juan Camilo. El primero es el sistema de lectoescritura para personas ciegas y el segundo es el sistema matemático.

Foto por: Stefany Ramírez Cardona
Los libros de braille tienen letras en español y en este alfabeto también.

La frustración hace parte del día a día de Camilo y se nota en su mirada seria y sus manos inquietas. No poder hacer algunas cosas por sí mismo, no lograr identificar las reacciones en los rostros de sus estudiantes cuando dicta las clases, es un reto. Pero el tiempo y personas como Jessica Marlid López Muñoz, que lo escoltan a sus clases, han hecho que esa sensación se vaya difuminando lentamente. Ese apoyo es esencial para hacer su trabajo.

Una clase con él está enfocada a la individualidad del estudiante. Es un reconocimiento de lo que el niño necesita y a partir de esa necesidad se puede acompañar. “Es un trabajo muy particular entre él y el estudiante, donde ellos se comunican de acuerdo a su condición. No es lo mismo la atención que yo le doy a los míos que tienen su capacidad visual, que a la clase que les da Camilo a los que no ven”, comenta Jessica.

Un corazón con espacio para familia, amigos y pasiones

Con voz dulce y delicada una mujer de tez morena, cabello rizado y ojos cafés recuerda a su hijo: “Cuando Camilo era niño, era feliz. La persona más feliz del mundo. Todavía no había asimilado su discapacidad, entonces creía que todo el mundo era invidente como él y que todos vivíamos como él lo hacía”. Mercedes Palacio Gómez, la mamá de Camilo, agrega que a él le gustaba participar en todo y siempre llevaba un balón porque soñaba con ser futbolista.

El fútbol es una pasión que sigue latiendo duro en el corazón de Camilo. Es hincha del F.C. Barcelona y del América de Cali expresa que este deporte es lo que más le gusta en la vida. “El fútbol es una cosa que me gusta y que disfruto porque lo sufro. Soy supremamente pasional hasta el punto del ridículo”.

Esa es su primera pasión, la segunda es su familia. Cuando se le pregunta por ella, le da un sorbo a su jugo Hit de mango, que compró en uno de los locales de la cafetería, y se desprende una leve sonrisa que termina con un suspiro. Familia, para él es igual a refugio. Ese lugar donde se puede ser él mismo. Es indispensable estar en los momentos felices y tristes con sus parientes. Es compartir tranquilidad y amor.

A sus 29 años, uno de los recuerdos que le trae felicidad es la casa de su abuela donde pasó sus momentos de infancia. La reconoce a la perfección y desde la silla de la cafetería en el Terminal rehace en su memoria sus pasos de niño cuando la recorría de arriba hacía abajo: “Desde la puerta de entrada hay 15 escalones y un corredor con un comedor. Hay una cocina y si se gira hacia la izquierda se encuentra un baño y una pieza de fondo. Si voltea hacia la derecha, tiene otra habitación y las escaleras para bajar y salir hacia la calle”.

“Mi relación con él es demasiado buena, yo creo que no podría ser mejor, somos muy unidos. Lo que más admiro de él es la valentía, y la dedicación con la que hace todo lo que la vida le cruza en el camino”, estas son las palabras de su hermana Maria José, quién complementa con que él es un maravilloso ser humano.

Este docente disfruta de muchas cosas en la vida, además de sus clases. Las fiestas, el aguardiente, aunque es más de ron, el fútbol y, uno de los más importantes, llega su tercera pasión: los toros.

“La Semana Santa y la muerte es lo único que nos vincula al perdón y los toros es lo único que nos vincula y nos muestra a la muerte”. Con una gran sonrisa y las mejillas sonrojadas, Camilo habla de otra de sus grandes pasiones.

“Cuando conoces a un torero te das cuenta de que es algo que va mucho más allá de una persona que es capaz de torear un animal que pesa 10 veces más que él o que es alguien que va mucho más allá del maltratador o el asesino que ven los otros. Es un ser humano que tiene una forma de ser específica, con una tendencia a la soledad tremenda. Una genialidad para entender el arte como una buena canción”. Juan Camilo enfatiza en que aprendió a tener esa experiencia tan cercana con la muerte gracias a esta práctica.

Camilo es la prueba irrefutable de que no se necesita ver para poder sentir. En el caso de las corridas, la voz de los narradores de radio lo llevan a recrear cada quiebre y salida en la plaza. Disfruta el espectáculo como ningún otro.

Se aproxima la una de la tarde y es hora de salir del Terminal. Después de traer de vuelta las memorias de lo que ha sido su vida hasta ahora, Camilo se levanta de la mesa y desenvuelve su bastón para continuar caminando, descubriendo y recopilando su historia que, a pesar de ver oscuridad, irradia luz para sus estudiantes y allegados sin ningún impedimento porque él ve a través del tacto, aroma y del sonido.

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