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La pista de motocross y el azar de la vida de Daniel Jaramillo

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“Mi día a día consiste en levantarme a las 5:30 am para ir al gimnasio, luego voy al almacén a trabajar, algunas tardes entre semana voy a la pista a entrenar después del trabajo. Los fines de semana estoy siempre en la pista entrenando”. comenta el piloto que compitió en la categoría 450cc con el número 627 a la Revista de Moto

La mirada fija en la pista, entre montañas, resaltos, planos y arena. Solo piensa.“Bueno ¿usted qué?, ¿si va a ganar o no?”. Sus manos están en los manillares. La derecha para acelerar la moto y la otra preparada para hacer los cambios. La mirada fija hacia el frente, el cuerpo inclinado hacia adelante. 3,2,1 inició la carrera… con la velocidad a tope y el público rezando para que nadie salga volando de la moto.

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Así inician las aventuras de Daniel Jaramillo Gallo. Viajes, fracturas que lo dejaron meses sin montar. Despedir las fiestas, saludar la disciplina y soltar el miedo a la muerte. Jaramillo desde los ocho años vive montado en una moto, participó en campeonatos nacionales e internacionales. Fue el primer colombiano en hacer parte del campeonato de AMA Motocross Championship hace tres años, el más importante en Estados Unidos desde 1972.

Con la piel quemada por el sol, cabello rubio bronce y arrugas al lado de cada ojo color miel, su aspecto es de un auténtico gringo, pero su alma pertenece a tierras cafeteras. Tiene un brazo tatuado y en el pecho, un retrato de su madre. Detrás del uniforme está una persona de 29 años que le gusta el ganado, el campo y las fiestas decembrinas. Sus allegados dicen que emborracha a todo el mundo, hace chistes cuando tiene nervios y que en su trayectoria ha superado retos grandes, tanto que lo alejaron de las pistas. 

El carburador que faltaba 

Daniel le hace honor a su nombre ya que de pequeño era travieso y activo, como el personaje de la película clásica de 1993. No le gustaban los videojuegos, prefería practicar tenis o fútbol para estar con sus amiguitos. Le fascinaban los carros y las motos que estaban en la finca de su padre, Hernán Jaramillo; él, al ver a  su hijo llorar porque no le permitía  subirse a una… accedía. Vivió en el conjunto Rincón del Trébol con sus padres y dos hermanos, es el del medio. Un día salió a jugar y se encontró con un vecino que le enseñó un nuevo juguete. 

“Me hice muy amiguito de Eduardo Salazar, él tenía moto y ya corría. Desde ese momento nunca me interesé más por otro deporte… le dije a mi papá que quería una”, don Hernán lo retó a ganársela. Daniel sabía que no iba a pasar, se la pidió al niño Dios pero tampoco. Pasaron dos años de ruegos hasta que, seguramente por cansancio, aceptó. Ya tenía uniforme, moto y las ganas de montar hasta que lo entraran a punta de regaños a la casa. 

Su vida ya se dividía en colegio, finca y entrenamientos. Para un niño de apenas ocho años, la agenda se mantenía llena. Las prácticas eran los miércoles después de las clases y todo el fin de semana. Su primera carrera fue hace diez años en el velódromo de la U. de Caldas, fue horrible, dice él. Llovió, se inundó la pista y se dañó la moto. Aquella experiencia no fue un impedimento para dejar de practicar, años después tuvo competencias en México y Ecuador. Recuerda que luego de la carrera se iba con los demás compañeritos a jugar al hotel. Su madre, Luz Estela Gallo, lo acompañaba siempre. 

“Cuando Dani iba a entrenar yo dormía en el carro. Mi mamá estaba sola y con tres hijos… mi padre trabajaba mucho, era comisionista y vendía fincas, se mantenía fuera del país”, comenta Leyla,  su hermana menor. 

Desde muy pequeño Daniel ha sido el orgullo de su familia. Leyla Jaramillo comenta que aunque no son una familia de demostraciones amorosas, su afecto lo demuestran siento un apoyo en cada decisión que toman, todos los hermanos se apoyan entre sí.

En el auge de su pasión enfrentó a los 11 años la pérdida de su mamá por el conflicto armado que había en Medellín. Ella en medio de la angustia y el desespero fue a buscar a su hermano, quien tuvo una disputa con alguien de mucho poder. Su esposo desde México le suplicaba que no fuera pero no hubo argumento válido y se dirigió a una búsqueda que al final resultaría en su desaparición. El contexto de la época no era muy alentador puesto que ese año la violencia aumentó un 5,79%  según la Revista Urvio. La  Fiscalía y el Gaula buscaron por todo lado, pero su única evidencia fue un video de seguridad  que la mostraba  montándose en un carro. 

Tres años después le dieron el acta de defunción. Daniel, atónito, lleva en su memoria a una mamá parcera, que siempre estuvo ahí para ayudarlo a cumplir sus sueños. “Ella me dio el impulso, las pelotas para correr. Si ella no me hubiera inculcado el competitivismo, me habría retirado de una”.

Los tres hermanos vivieron su duelo de diferentes formas, pero juntos todo el tiempo. Daniel después del golpe dejó por cuatro años el motocross y se dedicó al colegio San Luis Gonzaga, sin embargo, amigos de su padre persistían en que volviera a correr. “No te lo cagues”, le decían a Hernán, y al tiempo volvió a las pistas, empezó con entrenamientos los viernes por la noche e iba al gimnasio los fines de semana y seguían las advertencias de su padre. “Si pierde una materia le quito la moto”.

Las fracturas del camino

Las fracturas son el costo que desde los 15 años Daniel paga. En su lado derecho tiene cirugías de muñeca, escafoides y clavícula; además, una reconstrucción de hombro e  intervención de tibia y peroné. Su padre descontento viendo el dolor de su hijo le pedía que estudiara mejor una carrera, cuenta Daniel bajando la mirada mientras sonríe.

Sus papás oriundos de Ibagué y Pensilvania fueron ganaderos y comerciantes durante toda su vida. Apesar de esto Jaramillo lo tomó como un pasatiempo y tema de conversación con su familia y amigos. Acostumbra montar a caballo con sus amigos y realizar una fiesta el 28 de diciembre llamada el “ventiochazo” donde todos los allegados visten de cantantes de despecho y hacen un “A yo me llamo”. Así le hace tributo a sus raíces campesinas.

La fractura que lo hizo llorar más, y no por dolor, fue a los 16 años; sentía una simple molestia en la muñeca. “Iba a competir en Neiva. Le dije a mi entrenador que me estaba doliendo la mano y fui al médico para ver qué pasaba”, cuando entró al consultorio no pensó que el mundo se le podía ir para atrás con solo tres palabras: “Olvídese del motocross”.  Leyla, entre lágrimas, sentada con sus dedos entrelazados, con angustia, apuntó que fue una situación horrible. “Llegó a la casa a llorar, se tumbó en la moto, papá también, todos. Era desesperante”.

En medio de la crisis, Hernán decía que lo iba a llevar hasta China para que le dieran otras alternativas, pero Jhon, su hermano mayor, le consiguió una cita en Medellín, Daniel y su padre se fueron en busca de una segunda opinión. “El doctor me dijo ¿usted sabe que le voy a decir? y yo sí, estaba más resignado…  y me dice  ´mijo es ponerle un tornillo y en tres meses queda listo´”.

Los amores

Daniel decidió ser motocrosista, pero antes había estudiado Administración de Empresas Ganaderas en Medellín y le dijo a su padre “¡Yo quiero estar con las motos déjeme, déjeme!”. Para un padre no es fácil aceptar una actividad tan peligrosa y, aunque hizo lo que pudo, las ganas de Daniel pudieron más. Ni siquiera quitarle la moto fue suficiente, el hijo corría y con eso pagaba sus gastos. 

En medio de una competencia que se disputaba en Pereira conoció a Valentina Echeverri, su ahora “parcera de vida”. “Lo conocí por casualidad”, comenta Echeverri con mirada de enamorada. Una amiga le dio el Pin del Blackberry de Daniel y ahí empezaron a charlar. 

En el 2014 decidieron tomar rumbo a Estados Unidos. Los cambios nunca son fáciles y vivir solos fue una elección arriesgada, aún más luego de un nuevo accidente.  “Él nunca me llama cuando está en la pista y recibí esa llamada… era su  entrenador diciendo que estaban sacando a Dani en helicóptero…¡se había perforado un pulmón! y yo le dije ok ya voy”, cuenta Valentina al mismo tiempo en el que sus manos esconden su rostro, estaba a más de una hora de distancia. 

La familia Jaramillo Gallo es fiel seguidora de la virgen, incluso en su finca La Adrenalina, tienen una pared llena de imágenes de la virgen. “Cada que inicia una competencia Daniel se concentra y encomienda su trabajo a la virgen” , afirma Valentina  Echeverri.

Al tiempo Daniel se recuperó, lo que se creía una perforación eran una de las mil fracturas. Con el tiempo decidieron casarse, pero no contaron con que, en un mismo año, se casarían tres veces. En una vacaciones en Colombia empezaron a buscar dónde celebrar  las mieles del amor, pero el papeleo y los cursillos los cogieron fuera de base. Emprendieron viaje a Salamina donde la notaría “no pedía tanta cosa”, solo estuvo parte de su familia. La siguiente  celebración fue en Manizales donde  dijeron “acepto” frente al altar en el barrio La Francia. Por último, el fiestón lo tuvieron en La Adrenalina, su finca ubicada en el Kilómetro 41.

Actualmente Gallo compite en RedBull, da clases de motocross y tiene un emprendimiento de accesorios de motos en Miami. Vive ocupado entre cenas familiares y negocios. Pero en diciembre le saca el jugo a  Manizales y a su familia, solo existe el animador de parrandas y Daniel, el ganadero de corazón. 

“Siento que he avanzado mucho en todo aspecto de mi vida y voy por más. Antes me decían vámonos a Colombia y decía ¿y para qué?  Ahora es todo lo contrario, trato de pasar tiempo de calidad. Mi vida es algo agitada, incluso cuando me di cuenta que iba a ser papá tenía que irme para una carrera. Pero soy feliz”.

Periodistas: Dalila Orrego Zuluaga, Mariana Lorena López Holguín