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José Rubén: un gato enjaulado, remendado y a la deriva por la guerra

Según el Centro Nacional de Memoria Histórica cerca de seis millones de personas se han visto obligadas a desplazarse dentro y fuera del territorio nacional. De acuerdo con los estudios del investigador social Víctor Negrete Barrera, hasta 2016 había 138.148 víctimas del conflicto armado en el sur del departamento de Córdoba, lugar de donde José Rubén Bustos Escobar tuvo huir con su mujer

Cada palabra que José Rubén Bustos expresa sobre los acontecimientos de su existencia están cargadas de una mezcla de emociones. El dolor, la rabia y la melancolía se notan en su semblante de 63 años. Su mirada, cargada de tristeza, demuestra la vida que ha tenido.

“Fui crecido como el barco en el mar, hoy aquí, mañana allá. A donde me lleven las olas y ya. Mi vida fue peor que la de un perro. ¿Usted sabe lo que es vivir sin padre y madre, a la deriva?”, dice José Rubén.

Se fue de su casa paterna siendo tan solo un niño de 9 años, allá, en La Guajira. Al cumplir los 18 años salió de Riohacha hacia Manizales, para prestar el servicio militar en el Batallón Ayacucho. Al terminar este servicio, se fue a vivir a Puerto Boyacá (Boyacá) y de ahí la vida lo llevó a la vereda Versalles, en San José de Uré, municipio del sur de Córdoba, en donde vivió con su gran amor. Como él lo expresa, estuvo constantemente yendo de un lugar a otro, hasta encontrar a su esposa Diana Luz Guerra González, quien le brindó un hogar.

Afirma que Diana ha sido el amor de su vida, han estado juntos por muchos años y se han acompañado a pesar de las circunstancias. A pesar de la guerra.

José Rubén Bustos y Diana Luz Guerra
Diana ha sido el amor de la vida de Rubén. La situación económica no es fácil para ellos. Foto: Jelen Cardona Idárraga

José y Diana vivían en la vereda Versalles, con la familia de su amada. Fue allí, hace 23 años, cuando llegó la tragedia que cambiaría su manera de vivir para siempre. La desagracia llegó en forma de masacre, provocada por los subversivos. José Rubén afirma que esa matanza “le costó la vida a toda la familia de mi mujer en una sola toma guerrillera, porque yo le unté la boca a un moribundo policía que pedía agua”. Ese gesto humanitario provocó que “por la noche sacrificaran a toda la familia de mi esposa y fue ahí donde tuvimos que huir por nuestras vidas, yo me encontraba mal herido, pues por defender a mi mujer recibí dos impactos de bala, en un pulmón y en la vejiga”, menciona mientras se le quiebra la voz.

Esos disparos aún repercuten en su salud, tiene múltiples cicatrices que le recuerdan el dolor de la pérdida. “Yo siento mucha rabia, porque me siento como un gato enjaulado, sin poder atacar y con las uñas cortas”. Su enojo se extiende aún más, porque su discapacidad no ha sido bien atendida por el sistema de salud.

Altar con medicinas
Mesa de noche donde se observa la cantidad de medicamentos que toma José Rubén, y cómo se aferra a Dios. Foto: Jelen Cardona Idárraga

La guerrilla los obligó a salir de Versalles. Su huida los trajo de nuevo a Manizales. Diana agradece a Dios y al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) por facilitarle en algo su existencia: “Gracias al Bienestar Familiar es que hoy día tengo nombre, pues cuando llegamos acá aún era menor de edad y no tenía ningún documento que me identificara. Ellos (Icbf) nos ayudaron para que estuviéramos juntos, tuvimos dos hijos cuando llegamos a Manizales después de ser desplazados por la guerrilla”, recuerda ella.

José Rubén Bustos
José Rubén cree más en san José Gregorio Hernández, que en el sistema de salud. Foto: Jelen Cardona Idárraga

Hoy viven en el barrio Bengala, con sus hijos. José Rubén dice que todas las noches le ora a José Gregorio Hernández, médico y beato venezolano, para que lo ayude con sus problemas de salud. Apenas, hasta el año pasado, le retiraron una bala que tenía en la espalda. Además, espera una indemnización, la cual no le han pagado y le dicen que si acaso en diciembre le entregan el dinero. Lleva aproximadamente 11 años esperándola.

Pero la violencia no solo le dejó problemas físicos, también problemas para adaptarse a su entorno. Marta Rocío García Giraldo, administradora del lugar en donde vive esta familia, expresa que José Rubén es a veces agresivo, pues le da miedo socializar con la gente. Sus cicatrices son físicas y mentales. Él asegura que nadie lo quiere dar trabajo por su condición física.

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máquina para respirar
Juan Manuel Vargas le ayuda a José Rubén con el uso de sus aparatos para respirar. A pesar de depender del oxígeno, a Rubén le encanta salir a caminar con su familia. Foto: Jelen Cardona Idárraga

Hoy, después de tantos años de haber salido de su casa en La Guajira, y de no saber nada de sus padres, se enteró que aún tiene dos hermanos vivos y algunos primos. Pero comparte muy poco con ellos, pues viven en La Dorada. “A mi hermana le habían dicho que me habían pegado dos tiros y me habían tirado al río Magdalena, eso cuando vivía en Puerto Boyacá. A mis primas les dijeron que cuando estaba acá, en Manizales, me habían pegado cinco puñaladas y me habían enterrado en una fosa común. En Medellín, le habían dicho a otro primo, que me habían asesinado. Estoy remendado y todo, pero estoy vivo, gracias a Dios”, expresa José Rubén.

Esta víctima del conflicto armado considera que el país jamás conocerá la paz y que a él solo le queda morir. “Qué futuro me espera, ya con 63 años. Ya viví lo que tenía que vivir, ya comí lo que tenía que comer, ya vi lo que iba a ver. Entonces, ahora Dios verá qué hace conmigo ¿A qué más puedo aspirar?”, puntualiza.

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