InicioOpiniónEl problema no es lo problemático, es hacer del tema un problema

El problema no es lo problemático, es hacer del tema un problema

El sentimiento de abatimiento al ver las grabaciones de Salman Rushdie desangrándose en el suelo de un escenario de Nueva York, apuñalado por un joven, nacido en Estados Unidos, que creía que el escritor estaba mejor muerto que vivo por un libro que escribió antes de que él hubiera nacido, es asfixiante, deshumanizante, indignante, pero por, sobre todo, predecible. No hay sorpresa alguna en aquel hecho, pues lastimosamente, cuando se trata de extremismos, la pregunta nunca ha sido si nos pueden hacer daño o no, sino cuándo, pero de un tiempo atrás se ha forjado la pregunta: ¿quiénes?

El ataque al autor de Los versos satánicos fue porque consideraban que el mero hecho de crear su obra era censurable, una afectación grave a la integridad de una creencia. Para ellos, Rushdie era un problema y su obra era problemática. Es fácil identificar cuando el extremismo viene de fuentes tan claras y violentas, pero en la actualidad no son los únicos. En estos últimos 10 años el aumento del uso del término “problemático” se emplea independientemente de raza, sexo, género, creencia o interés. Esto se extrapola a todas las artes, pero prefiero usar la escritura narrativa para tratarlo de forma más directa.

En el caso específico de los libros podemos encontrar una frase muy popular en aquellos críticos literarios, comúnmente jóvenes, en ambientes económicamente estables que la comunican a través de sus redes sociales la cual es: “Este libro tiene temas (o situaciones) problemáticas”.

A lo que se refieren específicamente es que dicha obra contiene escenas o situaciones tabú, consideradas así por ellos mismos, de características normalmente negativas en un sentido moral y, en sus propias palabras, “con representaciones erróneas”. Esto, muy normalmente, es tomado como algo nocivo en la valoración general de la obra. Asesinatos, violaciones, incesto, pedofilia, entre otras situaciones se presentan, en las cuales hay consenso tácito que son actos reprochables. Pero el punto de la cuestión es que al ser “cuestiones problemáticas”, se iguala negativamente el cometer el acto (cosa reprochable) con hablar y representar dichos actos en la ficción de la obra (cosa que no tiene una calificación moral).

Cuando comenzamos a etiquetar el hablar de los temas como un problema, o generadores de problemas, comenzamos a justificar ese silenciamiento de dichas representaciones con el objetivo de, a futuro, defender una mirada social. Pero esta lógica tiene un fallo garrafal y es que asume que el espectador es incapaz de darse cuenta que el acto representado se considera malo. Y como creen esto, se justifica el censurar la obra todavía más.

Sin importar creencia, convicciones, ideal político o religioso, puede que cada persona tenga sus “contenidos problemáticos”, pero el único problema real reside en la capacidad… o incapacidad para hablar de ello. Y hablar de lo que disgusta no es una obligación, pero tampoco es obligación de otro callarse. El poder abordar de manera abierta las maldades dentro del mundo, poder analizarlas dentro de las obras y discutirlas para llegar a un mejor análisis es lo que, a la larga, nos permite avanzar y mejorar, no poner en una lista negra lo que nos daña para no verlo jamás.

En nuestra sociedad occidental del siglo XXI, no podemos permitir que se nos borren dichos temas so pena de exilio social, o peor, que vivamos con miedo de que creemos algo y eso ofenda a una persona por considerar nuestra obra “problemática”, y que, más tarde que temprano, alguien se nos acerca con un cuchillo, sin importar lo que piense, para clamar su retribución. Y es injustificable que para evitar esto, borremos lo que escribimos para que no piensen que nuestras palabras son el problema, y no la reacción desmedida frente a ellas.

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