jueves, septiembre 16, 2021

Con el alma encarcelada

Es un domingo de noviembre y curiosamente el sol está con todo su esplendor. El día es hermoso, radiante y lleno de vida; pero yo estoy aquí, perdida como una niña en su primer día de jardín, sólo que ahora, con 21 años, me encuentro como una mujer asustada por su primera vez en la cárcel. Pienso en esto y el día se vuelve gris. 

Rodeada de ancianas, jovencitas, madres, novias, mozas, prostitutas, amigas e hijas, me doy cuenta de que aquí no somos nada de eso, somos simples mujeres llamadas ‘número tal’. Cada una con una gran alegría y afán por poder entrar a visitar a ese papá, amigo, hijo y esposo que está preso en la cárcel La Blanca de Manizales.

Afuera de este lugar hay mujeres que están desde las 4 de la mañana esperando a que sean las 8 para que las puertas se abran. Las filas son largas y amontonadas; tanto, que no solo se ocupa el espacio del andén, sino el de la carretera. Se juntan olores, sonidos y una cantidad de empujones para poder ser atendidas por el INPEC. Cada una tiene un número con su turno, pero eso no importa, igual se hacinan y gritan “¡ehh, señor! Vea, yo soy la número 109, ¡déjeme pasar!”, “señora, no se pase que yo soy primero, ¡quítese!”. 

Asustada y sin saber si pedir permiso o gritar, decido saltar para que me vean los del INPEC y corroboren que soy la siguiente en la lista para pasar. Y ni así ellas dan permiso; así que me escabullo y empujo mientras pido perdón. Me ponen el primer sello: unas gafas. Ya dentro de la cárcel el ambiente es distinto, todas se calman y tratan de estar lo más ‘bien puestas’ posibles. Todas estamos en sandalias, con ropa clara y sin anillos ni aretes; las observo y me doy cuenta que sus rostros son tristes. Este es un lugar de duelo y miedo. 

Caja con una moneda y anillo
“Hija, no te vengas muy arreglada, por favor, que no sé cómo son las cosas aquí y no quiero ganarme un problema si de pronto los otros internos te dicen algo”, estas fueron las palabras de mi padre antes de venir a visitarlo. Sin maquillaje, porque él lo pidió, ni aretes, collares, anillos, taches en los jeans y en sandalias, porque así lo requirió el INPEC. Es abrumador verme al espejo y estar como si fuese otra persona, pero es esperanzador ver lo que se hace por amor. Foto tomada por: Laura Díaz

Según La Patria, en esta cárcel hay 1.393 reclusos, pero su capacidad es de 670; es decir que tiene un 107% de hacinamiento. Cada 8 días vienen tres o cuatro mujeres a visitar a un interno, así que las filas pueden durar horas. No hay noción del tiempo, pero los pies duelen y el radiante sol ya no se siente tan bien. Siento que alguien toca mi hombro y de inmediato, asustada, miro hacia atrás: es una cara arrugada y sonriente  diciéndome “mija, es que usted es nueva por aquí, ¿cierto?”. Con asombro le digo “sí, sí señora, es mi primera vez acá, -risa nerviosa- la verdad es que ando un poco perdida con todo” -se ríe conmigo-. Con un golpecito en la espalda me dice “tranquila, mami, que esto nos ha pasado a todas”.

Doña María cuenta que viene aquí desde hace dos años. Vive en La Dorada (Caldas), pero cada ocho días está a las 7 de la mañana lista para entrar a ver a su hermano. “Mi hermanito fue muy bobito, se metió en unos problemas ahí por ponerse a pelear borracho y vea, ahí está, o bueno: estamos”, cuenta mientra una lágrima se escapa. El encarcelamiento no sólo lo viven los presos, también día a día en el mundo exterior se deben afrontar críticas, preguntas, angustias y demás. Doña Mari, como me pide que le diga, tiene 58 años y cuenta que ha perdido amistades y hasta familiares; no es fácil para ella responder a la recurrente pregunta: ‘doña María, ¿usted qué tanto hace los fines de semana en Manizales?’ y tener que presenciar el señalamiento y desprecio. “Yo no debería estar viviendo estas cosas, mamita, yo no hice nada, pero amo mucho a ese atembao. Acá siempre estaré hasta que la Virgen lo permita”, afirma con fervor.  

Después de tanto hablar, el tiempo voló y la fila avanzó; y entre charla y charla nos dimos cuenta que su hermano y mi papá están en el mismo patio. Su hermano le ha hablado de mi padre, ‘el músico’, y mi papá me ha hablado de él, ‘el médico’. Nos reímos y empiezo a sentir que en ella puedo confiar. Abruptamente escucho a alguien gritar “¡estas gonorreas!… vea, mejor ni lleve ese desodorante porque no están dejando entrar y la hacen devolver. -llora desconsolada- ¡Como si uno tuviera plata pa’ estarla botando!”, dice una joven mientras trota para poder regresar pronto a la fila. Me angustio y siento ira, sólo pienso en que mi papá pidió urgido que le llevara desodorante, pues ya no tiene.

Siento cómo los del INPEC nos observan con esa autoridad que enoja, alzan la voz, nos miran por encima y nos quitan la esperanza. “Señora, cálmese por favor o le tendremos que pedir que abandone el establecimiento de reclusión”, le dicen a la joven, mientras llora y tira el desodorante. 

“Los visitantes que tengan conductas indebidas en el interior del establecimiento o que contravengan las normas del régimen interno, serán expulsados y se les prohibirán nuevas visitas, de acuerdo con la gravedad de la falta”. Esto es lo que dice el Artículo 112  de la ley 65 de 1993. También explican que se le cancelará definitivamente el permiso a las visitas a aquellas personas que sean sorprendidos con posesión, circulación o tráfico de sustancias psicotrópicas, estupefacientes, armas o dinero.

Escucho una voz angustiada y unos sorbos de mocos; “es que no tengo cómo darle dinero a mi esposo. En la casa estamos gastando mucho y no me alcanza pa’ traerle… y pues él me dijo que esta era una opción, que allá a él tampoco le está alcanzando para nada lo que se está ganando por limpiarle los baños y esas cosas a sus compañeros”. Volteo un poco y veo que es una mujer de no más de 35 años. Está lista para hoy acostarse con más hombres además de su esposo… todo por él. 

Es común que hayan encontrones entre las mujeres aquí dentro: que porque se coló, que porque está guardando puesto, que porque “usted no es mayor de edad, no pida que la dejen adelantarse”, y por otra infinidad de cosas; pero esta vez es porque, peculiarmente, se  encontraron la esposa y la moza, o bueno, ‘novia’, como ella dice, de uno de los internos. Entre gritos y manotazos, se empiezan a maldecir, y a decirse hasta de qué se van a morir. Foto tomada por: Laura Díaz

Estar aquí no es solamente sentir alegría por ver al ser querido; para muchas es un trabajo y para otras una obligación. Aquí cada una vive una lucha interna, con su alma presa y el corazón amarrado. Abrumada por lo que acabo de oír, miro al cielo y anhelo poder llegar pronto a estar dentro de esas rejas. Ya estamos en la última fase, el último sello: ‘patio 5’, y como si ya nada más pudiera pasar en esta travesía, veo a dos mujeres gritar y pelear por un hombre. Para la más joven y hermosa: el esposo, y para la mayor: ‘el novio’, según ella. No se tocan, ni se acercan, pero se dicen hasta de qué se van a morir. Me pregunto qué va a hacer este hombre cuando las vea dentro de unos minutos. 

Pasamos por la revisión de metal y sudo como si hubiese corrido 30 minutos. Tengo nervios y mucha emoción, siento ganas de vomitar y llorar. Entramos al pasillo, está sucio, lúgubre y tenebroso; parece un laberinto sin salida. Sigo la corriente de mujeres que camina por aquí y me emociona ver cómo abrazan a su hombre, cómo lloran y cómo se siente la victoria al entrar por las rejas de cada patio. Es incoherente: mi primera vez entrando a la cárcel y estoy feliz; pero para mi papá y cada uno de estos internos, los primeros pasos por estos pasillos fueron los más tristes de sus vidas. 

Sigo caminando y no encuentro el ‘Patio 5’, así que le pregunto a uno de los internos que veo por ahí.“Ese es el que queda más escondido. Siga derecho y voltee a la izquierda, ahí lo encuentra de una”. Así que como niña pequeña, sin pena ni temor, corro y encuentro una cara trigueña asomada en la reja con una sonrisa de oreja a oreja,  “¡papá! -lloro-”. 

Las voces de las mujeres se empiezan a escuchar más fuerte que la de los hombres. Será la emoción de tenerlos cerca por unas dos o tres horas, de disfrutar de su presencia y desatrasarse de la semana. Sólo hasta volver a la realidad: vivir en libertad con su alma encarcelada.

Periodista: Laura Díaz Carvajal.

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