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Amor de Amazonas

El cielo está vestido de azul capri y al calor incesante de las 4:00 de la tarde lo compensa la brisa fresca y el ambiente manso que parecen prometer un resto de día tranquilo. La carretera por la que Carolina llega para ver a su caballo revive los recuerdos del campo y las rocas del suelo son un masticar crujiente en
cada pisada. Hoy sale a cabalgar.

Examina el lomo del equino, recorriéndolo con caricias. Acomoda la alfombra que va debajo de la silla de montar y luego descarga de manera lenta esta última sobre el caballo. Asegura la cincha que pasa por debajo de la barriga y la pechera. Le
pone la cabezada para ajustar las riendas y le da unos minutos para sentirse cómodo. De izquierda a derecha sube sobre el animal, acomoda sus botas en los estribos y toma las riendas con carácter. Su trayecto inicia, todo va bien.

Lleva un tiempo de recorrido junto con dos amigos y deciden hacer una competencia. Su mente se pone en blanco. No piensa en nada; nada le preocupa cuando está cabalgando, pero la paz se interrumpe. Pierde el control y todo pasa tan rápido como un parpadeo. Carolina, con 17 años, se vio obligada a actuar con la determinación de la caballista más experimentada; el freno del lado izquierdo del caballo se rompió y salió descontrolado. Con el freno derecho giró y ambos cayeron al suelo. Ella se golpeó con una roca, terminó con la nariz rota y una fisura en el pecho.

Fue llevada a urgencias y la recuperación tardó cinco meses. Al finalizar fue de inmediato a montar un caballo.

Así son las amazonas. Mujeres combatientes, quienes – según la mitología griega – descienden de Ares, el dios de la guerra y son adoradoras de Artemisa, diosa de la caza. Orgullosas y llenas de coraje siguen representando lo que en su esencia son. “Una amazona es una mujer que monta a caballo, pero que lo hace de manera correcta. Tiene que caracterizarse por saber subirse, vestirse, coger una rienda y llevar al equino correctamente en su andar”, apunta Carolina Cardona.

Desde que tiene memoria se encuentra involucrada en el mundo de los caballos. Su papá es el responsable de ello. Siendo pequeña la llevaba a trabajar a la finca y poco a poco hizo que se enamorara de estos animales.

A los diez años empezó a tener conciencia de todo aquello que implica tener esta clase de afición. “Mantener bien un caballo está entre $700 u 800 mil mensuales”. Y, como se ve reflejado en el periódico La Republica, los costos pueden aumentar o
disminuir de acuerdo al tipo de caballo y la actividad que realice.

Como galán o como señora
“¡Lucerito! ¡Lucerito!”, llama Carolina a la burra de El Tronio mientras entra a la pesebrera. Un establo que le da la bienvenida a jinetes, trabajadores, dueños y
visitantes. Es una casa grande y alargada, de color amarillo pálido y olor a pasto
recién cortado.

El concepto de amazonas se deriva de la mi- tología griega. Son mujeres combatientes, guerreras, quienes saben montar y tener aun caballo. Carolina es una de ellas.

Repartidos en 120 pesebreras, los caballos se asoman curiosos. Carolina
sonríe. Se dirige a los suyos y entre mimos les da un bocadillo a Yira y Casanova.
“Casanova es muy extrovertido. Desde que llego a la pesebrera quiere darme
besos, me lame el cabello y me quita el sombrero. En cambio Yira es como una
señora, bien puestecita y con su ladito cariñoso”, expresa entre risas la amazona.
El comportamiento de los caballos se mide por su carácter. Son animales sociales y calmados. Según el temperamento, que tiene que ver con la raza, hay tres
tipos de caballos: los pura sangre (los más activos, nerviosos y alertas), los de sangre fría (más tranquilos y mansos) y los de sangre tibia (una combinación entre ambos).

De galope en galope
Cabeza con cabeza se pasean por El Tronio. Como dos buenas amigas, Carolina le habla, le pregunta por qué está inquieta y le roba uno que otro beso. En todos los paseos tiene puesto su amuleto, que en cada salida la cubren de los rayos
penetrantes del sol. Este complementa su blusa color rubí pintada de líneas de
mandalas y un pantalón botacampana. Bajo su sombrero y detrás de las orejas
reposa su cabello liso dejando ver unos aretes dorados brillantes en forma de
concha.

A los 15 años, Carolina decidió perfeccionar su montada, reconociendo así los
pasos que comprenden el mundo equino. “Los caballos trochadores se reconocen
por el movimiento rápido y en diagonal de sus patas produciendo su sonido característico: tras, tras, tras, tras. Los trotones galoperos, a diferencia de los anteriores, tienen una alzada alta, también en diagonal, y el sonido que producen es tas, tas, tas, tas, tas, tas, tas, tas. Al caballo trochador galopero, que se le reconoce porque al paso de la trocha le añade galope, y el sonido que produce es ca–tor–ce, ca–tor– ce, ca–tor–ce. Y por último, está el caballo paso fino, que ejecuta su paso levantando la pata delantera y trasera del mismo lado, al mismo tiempo, el sonido característico es ta ca, ta ca, ta ca, ta ca”, se detalla en la página web grabica.co.

Su primer potrico
Para Carolina Cardona hay dos momentos únicos en su vida. El primero cuando
rescató a Zeus, su primer caballo. “Fue como cuando ves a una persona y dices:
ahí hay química. Eso me pasó con él”. Tenía 10 años y el caballo estaba en tal
estado de descuido que ella quiso hacer algo por él. Luego de una cabalgata
Carolina logró, persistiendo, comprar el caballo, quien fue su fiel compañero durante once años.

Su segundo momento fue darse cuenta de que su Yira estaba preñada. Menciona tal hecho con espectacularidad, las comisuras de sus labios no logran evitar
sonreír y sus ojos brillan cristalinos. Es que definitivamente la pasión por este mundo
la vive una verdadera amazona.


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