sábado, diciembre 5, 2020

Luz en medio de la oscuridad, así es la vida de Luisa Fernanda Díaz

Autores: Santiago Aranzazu, Valeria Hernández

A eso de la una de la tarde, cuando Luisa Fernanda Díaz se dispone a almorzar en su oficina dentro de la fundación Semillas de Amor en La Linda, la interrumpe alguien abriendo la puerta para pedirle ayuda con desespero: “Te necesito”, dice de forma brusca y sin saludar una niña de 15 años. Luisa la ignora y sigue hablando con quienes están en su oficina. “Luuu”, insiste la chica, la respuesta es una mirada neutra, sin expresión, una mirada que habla por sí sola, una orden para que salga, toque la puerta y espere a que la atiendan. Así, seria y demandante, pero a la vez preocupada por los demás es como describen a la educadora y pedagoga de esta comunidad.

Créditos: Santiago Aranzazu, Valeria Hernández

No pasa mucho tiempo para que la joven con siete meses de embarazo obtenga la atención que necesita, intercambien palabras unos segundos y se retire con la solución a su problema. “Ella es muy complicada, por eso me toca hablarle duro”, le explica a quienes están en la habitación. 

Ella, más que nadie, sabe cómo se debe tratar a las niñas “difíciles”, así las define, pues durante su estadía en la fundación su comportamiento fue muy similar. Mucho antes de trabajar por el futuro de las adolescentes, ella misma encontró ayuda y rehabilitación allí, en Semillas de Amor.

“Chocaba con toda autoridad, era rebelde y solo cumplía lo que quería hacer”, así es como narra sus primeros meses en la institución, la educadora a cargo del proceso de Luisa, Ángela Montoya Martínez. 

La fundación Semillas de Amor atiende a jóvenes que están atravesando situaciones difíciles de distintas índoles, como adicciones a todo tipo de sustancias, prostitución, problemas familiares o que estén incurriendo en actividades violentas; Fernanda hacía parte de todo ese mundo desde los 13 años.

Créditos: Santiago Aranzazu, Valeria Hernández

“Yo no le veía nada de malo a esas conductas y creí que era la vida que viviría siempre hasta que a mi mamá le empezaron a llegar a la casa noticas diciendo que me iban a matar y me llevó a la comunidad”, así lo recuerda hoy a sus 28 años.

Estar en un hogar de rehabilitación no es cosa fácil, tanto así que el proceso de trabajo es de un año y tres meses. Pero Luisa era un caso particular, luego de cumplir con ese lapso determinaron duplicar el tiempo ya que sus avances eran mínimos. Ahí, de verdad, empezó su cambio. 

Al terminar su proceso de rehabilitación, volvió al Carmen, barrio donde ha vivido toda su vida, para retomarla mejor que donde la dejó. Ese fue un plan que se le aplazó durante 11 años, ya que ese fue el tiempo que duró con su pareja tras volver.

Fueron novios antes de que ambos estuvieran aislados, ella en su proceso de recuperación y él en la cárcel de Manizales, luego, cuando ambos volvieron a sus casas volvieron. Ella describe ese momento como lo más difícil por lo que ha pasado, incluso más que su estadía en Semillas de Amor.

Se fueron a vivir juntos, pero él continuó consumiendo bazuco, poniendo a prueba la voluntad de Luisa para dejar las drogas. Sin embargo, su carácter fuerte y su autodeterminación nunca permitieron que tuviera una recaída. “Además del vicio, era maltratador, posesivo y celoso, nadie me podía mirar”, relata mientras recuerda que no la dejaba salir ni para trabajar, “la única vez que pude hacerlo fue cuando su madre abrió un restaurante y yo era la mesera y eso pues porque era en su casa”.

Créditos: Santiago Aranzazu, Valeria Hernández

Un día, con la misma decisión con la que quiso dejar las drogas y superar sus traumas por abuso sexual, puso fin a esa relación destructiva y, gracias a que mantenía contacto con la fundación pudo asistir a terapias para hoy poder decir que se siente gloriosa con su vida.

En la actualidad, además de su familia, también tiene una estrecha relación con su única y mejor amiga, Estefanía Martínez Giraldo, quien la describe como una persona capaz de dar y recibir mucho amor, la ve como una persona soñadora y luchadora que puede lograr lo que se proponga. 

Estefanía es amiga de Luisa desde hace más de 10 años y se han acompañado en muchos momentos difíciles. Se conocieron dentro de la fundación donde ya se veía en Lu una gran vocación de servicio.

Allí, Luisa, al terminar su tratamiento llegó a ser coterapeuta, “si uno llega a ese punto es porque uno se gana la confianza mostrando liderazgo y autoridad”, reconoce mientras explica que esas cualidades le ayudaron a conseguir su trabajo dentro de la fundación. Le ofrecieron su puesto después de que realizara un curso de liderazgo para afirmar su capacidad de dirigir a los demás de forma positiva y eficaz.

La educadora Montoya Martínez también la recuerda como una líder influyente entre las otras niñas, aunque al principio era una influencia negativa que fomentaba el desorden dentro de la fundación; pero que cuando se enganchó y se comprometió con el proceso empezó a jugar a favor de la recuperación, no solo propia, sino de todas sus compañeras.

Esas ganas de ayudar a las otras personas nacen de su capacidad de dar amor, pero nunca nadie ha recibido tanto de su parte como su familia, conformada por sus padres y su hijo Samuel de un año.

‘Samu’ no fue planeado, por el contrario, estaba segura de no querer tener hijos, tenía planes de realizarse una cirugía estética e irse a Brasil para lucir su nueva figura mientras caminaba por la arena y el mar. Su embarazo la tomó por sorpresa, ella planificaba y tomaba las pastillas del día después para estar más segura, pero el uso desconsiderado de este, que se recomienda solo dos veces al año, le provocó una hemorragia. Además planificaba con dos métodos, eso hizo que se perdiera la efectividad y apareciera su hijo. 

Créditos: Santiago Aranzazu, Valeria Hernández

Esperar un hijo en las condiciones que estaba era difícil, el padre de Samuel tiene esposa y a la vez mantenía su relación con Luisa; relación que ella misma decidió terminar y hacerse cargo del bebé que ya venía en camino.

“Me despertó ese instinto materno, esa comprensión”, en sus palabras, ser madre no solo la hizo más feliz sino que la hizo mejor en su trabajo para acompañar a las gestantes que se encuentran en este mismo proceso. 
Luisa termina su relato con sentimientos encontrados, porque a pesar de que hace varios años superó estos traumas, aún piensa en qué hubiera pasado si se hubiera quedado en la calle. “Probablemente estaría muerta o en la cárcel, así están todas las personas que entraron conmigo a este mundo”. Demostró, con entereza y constancia, que cuando se toca fondo, la única salida es subir, crecer, cambiar e, incluso, transformar otras vidas.

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