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Recuerdos de Tiempo de Tango y de Jorge, el bailarín

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Jorge Alexánder asegura que el respeto hacia las mujeres es el secreto del éxito en su trabajo. Foto Sofía Gómez Piedrahíta

En el día era una academia de danza, pero en la noche se transformaba en el bailadero de los aprendices y en el lugar de trabajo de Jorge Alexánder Sánchez Herrera. Eso era antes de estos tiempos de pandemia y cuarentenas. Hasta febrero de este año, el bar Tiempo de Tango era el hogar de Jorge Alexánder, allí a él le pagaban por sacar a bailar a las mujeres que los fines de semana asistían al establecimiento ubicado en La Calle del Tango, en el centro de Manizales. 


El bailarín siempre usa traje para bailar en su trabajo, tiene ocho atuendos que luce cada fin de semana. Foto Sofía Gómez Piedrahíta  

El Covid-19 ha obligado al cierre de los establecimientos como este bar, en donde se iba a escuchar tangos, milongas, valses, foxs, a bailarlos, a conversar y a tomarse unos tragos. El recuerdo que se tiene de Tiempo de Tango es que parecía un set de una película de Pedro Almodóvar, allí todo estaba puesto con una precisión casi ficticia, detrás de la barra había una pared llena de retratos de cantantes de tango y objetos simbólicos del pasado, teléfonos antiguos, tocadiscos mecánicos, una escultura de bronce de dos bailarines y un tacón carmesí de mujer. Las paredes eran rojas y colgaban de ellas gigantes espejos rectangulares que generaban la sensación de amplitud. Había un cuadro, solitario en una pared, de un músico tocando el acordeón frente a una pareja que baila, el fondo rojo del cuadro se camuflaba con la pared del bar y pareciera que los bailarines estuvieran presentes en el establecimiento. 

El bailarín

A Sánchez Herrera no se le ve bailando con la mirada en el suelo, su postura siempre es recta y su mentón siempre arriba. Foto Sofía Gómez Piedrahíta 

En este set se destacaba la presencia de Jorge Alexánder, quien a sus 44 años conservaba un impecable aspecto, postura recta, blanca dentadura y peinado encerado. Él es bailarín de esta música argentina desde hace 25 años, así se ganaba la vida, bailando… Y para su baile, tenía su ritual, presente en los trajes usados para cada ocasión, en la ceremonia de danza con cada mujer y en las actitudes de caballero para tratarlas como damiselas correspondidas. 

La pulcritud del lugar se asemejaba a la elegancia de sus invitados, quienes asistían con vestidos de gala al encuentro nocturno que honraba a la música argentina. Jorge Alexánder no se quedaba atrás, tenía ocho trajes de luces que exhibía cada semana. El chaleco siempre hacía juego con su pantalón y corbata; la camisa con sus zapatos, dos anillos siempre acompañaban su mano izquierda. En su mesa… media botella de aguardiente. 

Él realizaba una operación de sondeo antes de sacar a bailar a la primera mujer, se tomaba a pecho su papel de anfitrión y analizaba como un halcón a las asistentes. Si llegaban dos señoras desconocidas al bar, se disponía inmediatamente a saludarlas y presentarse. Si, al contrario, llegaban dos damas conocidas las saluda con beso en la mejilla, les recibía sus bolsos como signo de confianza y los guardaba detrás de la barra. Procuraba siempre preguntarles lo que deseaban tomar para agilizar el servicio del mesero y hacerlas sentir “como en casa”. Una vez establecidas las visitantes, él se dirigía a una de ellas, inclinaba su cuerpo en forma de reverencia, estiraba la mano hacia la elegida y le pedía formalmente que bailaran. 

“El respeto es fundamental a la hora de generarle confianza a las mujeres”, declaraba el bailarín al confesar el secreto del éxito de su trabajo. Independiente del género musical, siempre ubicaba su mano dominante en el torso de la mujer, nunca más arriba o más abajo, y la dirigía con un delicado movimiento de la muñeca, como un director de orquesta conduce a sus músicos. 

Cuando él bailaba parecía empeñarse en que se viera bien, la postura era recta, con el mentón siempre arriba, el movimiento de sus manos sobre la mujer lo hacía únicamente con la yema de sus dedos, haciendo un acercamiento sutil al cuerpo femenino, veloz y coordinado. No se miraban a los ojos porque cada uno estaba pendiente de su desempeño, no bailaban para coquetear sino para disfrutar.

Discreción y caballerosidad

Jorge posa frente a un cuadro que decora el bar Tiempo de Tango. Foto Sofía Gómez Piedrahíta

El baile siempre formó parte de la vida de Sánchez Herrera, su madre le enseñó a bailar a los 13 años y le inculcó los valores necesarios para realizar su trabajo, respeto, discreción y caballerosidad, cualidades “indispensables” para su labor. Su padre le mostró los cantantes que se convertirían en sus ídolos como Carlos Gardel. Y su genética le enseñó que el baile le podría salvar la vida. 

Fue diagnosticado en su infancia de artrosis, lo cual lo incentivó a introducirse en el baile, descubrió que bailar era su “cura”. De no ser por el tango, aseguraba, habría quedado reducido a una cama toda su vida. “Por eso bailaré hasta que terminen mis días”, justificaba el bailarín mientras se miraba las manos torcidas. 

Pese a tener habilidades con las parejas de baile, su vida amorosa ha sido tan dramática como las canciones de tango que suenan en el bar, estuvo casado y a punto de ser padre en dos ocasiones, pero la enemistad con su suegro le generó dos abortos a su amada. Tras el último suceso su suegro se la llevó de la ciudad y nunca más volvió a saber de ella. Pausó su vida tras lo sucedido, el silencio reinó su existencia por un tiempo, pero la música distrajo su dolor y nuevamente el baile lo salvó.

Siempre supo que la música era su pasión, desde infante decidió relacionarse con la cultura del tango en Manizales. Tomó clases de baile para volverse  experto, adoptó el método de bailar con dos escobas y se hizo amigo del dueño del bar, José Fernando Villada, a quien después le pidió trabajo como bailarín profesional en Tiempo de Tango. 

Jorge Alexánder ganaba 35 mil pesos por cada turno que realizaba el fin de semana en el bar, pero complementaba su trabajo dando clases de tango, milonga, pasodoble o salsa y en semana, era mesero en el restaurante Negro Parrilla en el centro de Manizales. Su vida giraba entorno al baile, porque su espíritu es inquebrantable como dice la canción Tango de la Muerte, escrita por Alberto Novión y cantada por su ídolo Carlos Gardel. 

Este tango lo pueden escucharse aquí en el siguiente video  y esta es su letra:

Esta es la letra

No tengo amigos,

no tengo amores,

no tengo patria,

ni religión.

Solo amarguras tengo en el alma

juna malaya mi corazón.

Mas no por eso yo me lamento

pues siempre tengo en la ocasión,

para mis quejas una milonga;

para mis penas una canción.

Que me importa de la vida,

si naide me va a llorar.

Quien me lloraba se ha muerto

y esa muerte me ha matao

Desde entonces desafío

al jilguero y al zorzal,

quien mejor cantando ahoga

las tristezas de su mal.

Milonga mía no me abandones,

Tenerte siempre quiero, a mi lao.

Que no me falte cuando yo muera

una milonga para cantar.

No tengo amigos,

no tengo amores,

no tengo patria,

ni religión.

Solo amarguras tengo en el alma

juna malaya mi corazón.

Hoy, después de meses de confinamiento, muchos amantes del tango y de su baile, desean volver a Tiempo de Tango, el hogar de Jorge Alexánder, para verlo bailar con las damas, en este mismo set que parece de una película de Pedro Almodóvar.

Jorge Alexánder Sánchez Herrera es bailarín de tango, milonga, vals y salsa. Foto Sofía Gómez Piedrahíta