martes, julio 7, 2020

Salir del closet no es para maricas

Mariana Arango, Alejandro Arango y Juan Enrique Fernández comparten el gusto por las personas de su mismo género. Sí, son homosexuales. Pero, mucho más allá de eso, a pesar de que sus historias no son similares. Conocen lo que, según el informe Kinsey, solo comparte alrededor del 10% de la población mundial: la sensación de salir del clóset.

Para un homosexual, dejar la comodidad de su clóset, moverse de su zona de confort, de ese lugar donde nadie puede juzgarlo, es un reto inigualable. A Alejandro le daba pánico hablar con cualquier persona, temía que por medio de su voz, sus expresiones o su mirada, alguien pudiera sospechar que él era lo que en realidad sí era: un gay temeroso del mundo exterior. Uno a quien su propia mamá tuvo que darle una mano y arrastrarlo fuera del armario.

No fue diferente con Juan Enrique. A pesar de tener una familia de mentalidad abierta, se propuso el salir del clóset a los 18 años. Así, en caso de que sus papás lo echaran de casa, podría intentar sobrevivir por sí mismo. Al llegar a la mayoría de edad fue donde una bruja a pedir consejos, sin saber que esa mujer le contara el gran secreto a su mamá. La reacción de esta última, sin embargo, produce ternura: “tan bobo, yo ya sabía”.

Ahí, en ese límite entre la tolerancia y la aceptación, uno entiende lo que dice Daniel Hincapié, psicólogo de la Universidad de Manizales: “Si recibo aceptación de las personas más importantes, va a ser una experiencia maravillosa”. Para Juan Enrique lo fue. De ahí en adelante llegaron abrazos, mensajes de amor y hasta felicitaciones, porque su familia comprendía la hazaña que había sido para él expresar abiertamente su sexualidad.

Para Mariana no fue menos difícil. Declararse homosexual en una familia religiosa puede conllevar más problemas de los que cualquiera podría tolerar. Una de sus tías se dio cuenta y toda su familia terminó confrontándola y, a pesar de amarse y aceptarse tal cual era, fue frustrante ver a su mamá llorar desconsoladamente. 

El proceso de Mariana fue tan lento y complejo que hace apenas unos meses pudo presentar oficialmente a su pareja frente a su familia, después de nueve años buscando la aceptación de todos. Ese fue el final del proceso de Mariana. Con ese paso cerró su ciclo y es la prueba de que salir del clóset no tarda ni un mes ni un año.

Apariencias

Si algo más tienen en común los protagonistas de esta historia, es que en sus relatos todos son claros en que no son normales. “Yo decía que me gustaban las niñas para aparentar ser normal”, dice Juan Enrique. 

¿Normal?¿Qué hay de anormal en ser homosexual? No tienen un tercer ojo en la frente o una cola de gato colgando del cóccix. Como sociedad estamos acostumbrados a ver mal a lo que no estamos acostumbrados, lo que no es común ante nuestros ojos, pero en realidad la diversidad es una cualidad humana.

Así lo explica el sociólogo y magíster en estudios de familia, Fabián Herrera, quien está seguro de que la homosexualidad no es una enfermedad, ni nada parecido. Para él, salir del clóset puede ser fácil o difícil dependiendo de quién nos rodee. Sabe que, a pesar de que vivimos en una sociedad retrógrada, existen cientos de personas que le han dado una oportunidad a la modernidad y dejaron atrás el “pensamiento patriarcal”, como él lo llama.

La homosexualidad no cumple con ninguno de los criterios de enfermedad, por lo que simplemente se define como un estilo de vida, el hallazgo de la identidad. Por el contrario, Fabián relaciona más el término “enfermedad” con la homofobia, pues son este grupo de personas quienes usualmente se obsesionan tanto con el tema de la sexualidad, que terminan atacando verbal y/o físicamente a la población LGBTI, hasta tocar límites a los que ninguna persona “normal” llegaría.

Pero, ¿cómo reaccionar cuando es alguien cercano a mí quien se declara homosexual? En pleno siglo XXI, Daniel Hincapié y Fabián Herrera, los dos expertos en el tema sacan la misma conclusión: esta situación debe asumirse con naturalidad, tranquilidad y comprensión, entendiendo que la persona que está enfrente nuestro está realizando un acto de confianza pura, pues durante cierto lapso fingió de manera forzada ser algo que no era por temor a ser juzgado o rechazado. Actuar positivamente podría evitarle un trauma gigantesco.

¿Y si sucede una situación similar a la de Juan Enrique, quien sabe desde niño cuáles eran sus preferencias sexuales? Daniel asocia la situación a otra que ocurre diariamente en la vida de un pequeño: su padre le da una pelota de fútbol para que juegue, pero él insiste en que no quiere una de fútbol, sino una de baloncesto. Su padre, sin verle ninguna malicia, le da la de baloncesto para que él mismo explore sus gustos. Exactamente lo mismo pasa cuando un niño dice sentirse atraído de cierto modo hacia alguien de su mismo sexo y no hacia alguien del sexo opuesto; se le debe dar la libertad de explorar, mostrarle que tiene derecho a elegir y no ser juzgado. Ser diferentes enriquece nuestra sociedad.

Estas historias tienen la misma moraleja: salir del clóset libera el alma. Aceptarse y ser aceptado por los seres más queridos hincha el corazón de felicidad porque uno vuelve a sentirse uno. Estos tres personajes lo explican mejor en sus propias palabras: “no me avergüenzo porque soy feliz así, sin hacerle daño a nadie”; “me siento orgulloso de mí mismo porque he roto los parámetros de la sociedad”; “la sensación de por fin decirlo es como quitarse un peso de encima, uno siente que se libera”.

A diario escuchamos decir “hoy en día se ve de todo” y, cuando se habla sobre sexualidad, esa frase suena aún más veraz. Hay que tener en cuenta que definir la sexualidad toma tiempo; como seres humanos somos curiosos y, cuando el entorno tiene una formación democrática, salir del clóset es una experiencia menos difícil tanto para el que da la noticia, como para quien la recibe. Daniel y Fabián lo explican desde sus áreas profesionales; y Juan Enrique, Mariana y Alejandro dan testimonio de ello desde su realidad. 

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