lunes, julio 6, 2020

Analizan los retos de la vacuna para la COVID-19

Expertos en microbiología de Manizales coinciden en que la complejidad de crear una vacuna contra la COVID-19 no está en proteger al ser humano de las dos cepas halladas hasta el momento, sino en encontrar una preparación contra todas las que este virus ha dejado en el camino cada vez que muta. Esto, a propósito de que varios países como Estados Unidos, China y Australia buscan una vacuna contra el SARS-CoV-2 que hoy cobra la vida de al menos 135 mil personas alrededor del mundo.

Países que están adelantando investigaciones frente a la vacuna del COVID-19 según datos de la OMS. Infografía: Luisa María Llano.

Un virus es una partícula infecciosa que necesita de la célula como hospedero para sobrevivir, necesita de la célula como una garrapata requiere de sangre. En la superficie del virus reposan las proteínas virales que no son más que llaves microscópicas que lograr abrir las proteínas de la célula que actúan como cerradura. De esta forma, virus y célula encajan como dos piezas de un rompecabezas y una vez el virus logra entrar, se reproduce y expande la infección.

Según la segunda edición del libro Microbiología publicado en el 2005, una cepa es un conjunto de microorganismos bacterianos o virales que comparten al menos una característica genética. Hace menos de un mes, investigadores chinos hallaron dos cepas del nuevo coronavirus nombradas como L y S, una más peligrosa que la otra respectivamente. El resultado se dio por un análisis practicado a 103 genomas de SARS- CoV-2.

Para el microbiólogo y docente de la Universidad de Caldas, Jorge Enrique Pérez Cárdenas, la cepa de COVID-19 no es igual en todos los casos confirmados ya que al ser categorizado como un virus ARN, es decir, que ya está listo para reproducirse una vez penetra la célula,  mutará, lo significa que tendrá cambios en su código genético. “En la mutación pueden suceder tres cosas: la primera es que el virus no tenga mutaciones exitosas, es decir, que se pegue a la célula sin generar infección. La segunda es que se pegue pero sin causar tanto daño y la última, tal como sucedió con la cepa L, es que se vuelva más virulento”, explicó.

Pérez Cárdenas también comentó que lo difícil es encontrar una vacuna que actúe como punto común entre todas las variantes que han surgido del virus hasta el momento. Así mismo, señaló que, en ocasiones,  los anticuerpos pierden importancia en la generación de respuesta inmune por lo que la creación de la vacuna se hace aún más compleja.

ARN versus ADN

En el mismo sentido está la microbióloga María Elena Álvarez López, quien considera que la COVID-19 puede desarrollar una tasa de mutabilidad. Esto hace que las cepas aún no descubiertas pueden ser más agresivas y al mismo tiempo, complicar la labor de los científicos para el desarrollo de una sustancia que la destruya. 

“En la capacidad de mutación, los virus tienen dos clases de ácidos nucleicos: RNA y ADN. Los primeros tienen una alta tasa de mutabilidad porque cuentan con una enzima llamada transcriptasa que no corrige errores en la replicación por lo que no todas las cepas son iguales. Los otros son virus con una polimerasa más fiel que sí corrige errores”, añadió Álvarez López.

Ante lo anterior, la microbióloga también resaltó que ese término no se puede confundir con la tasa de contagiosidad. Los virus, en especial los respiratorios, son altamente transmisibles por la facilidad en la que pueden entrar por las fosas nasales. Entre más patógeno sea un virus, menos transmisible es.

En un artículo publicado por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), las vacunas ayudan a desarrollar inmunidad al imitar una infección, que aunque no provoca enfermedad, sí hace que el sistema inmunitario produzca linfocitos T, células generadoras de memoria inmunológica. Una vez la imitación desaparece, al cuerpo le queda un suministro de estos linfocitos que segregan sustancias llamadas anticuerpos y que recordarán cómo combatir esa enfermedad en un futuro. 

 

Hacer una vacuna

Otro de los puntos en común entre los microbiólogos tiene que ver con los ensayos preclínicos. Aseguran que el éxito de una vacuna depende de las pruebas dentro del laboratorio antes de ser evaluada con animales y, posteriormente, con seres humanos.

Identificar el agente que está produciendo la enfermedad es lo primero que debe tomarse en cuenta cuando se pretende crear una vacuna. Luego, el profesional en salud deberá elegir una de tres alternativas para iniciar la experimentación. La primera de ellas es con el uso de virus vivos atenuados en la que se busca mitigar la enfermedad que produce el virus. Según Álvarez López, esta no es una buena opción para la COVID-19 ya que puede existir la posibilidad de que al manipularlo, el virus deje de ser tan contagioso y por el contrario se torne más nocivo.

El siguiente camino es con los virus muertos, que aunque no puede revertir la capacidad de contagio, no suele ser tan efectivo. Es factible que en el intento de matar al virus se dañen moléculas que son importantes para la generación de respuesta inmune.  

Por último, con el uso de ADN. Funciona al insertar ADN (material genético) de bacterias o virus dentro de células humanas o animales. Algunas células del sistema inmunitario reconocen la proteína surgida del ADN extraño y atacan tanto a la propia proteína como a las células afectadas. 

Pérez Cárdenas considera que si bien  es cierto es la alternativa menos riesgosa, es la más difícil. “Es la más complicada porque implica que el ARN viral sea incorporado dentro de la misma célula para que produzca la molécula que va  a inducir la respuesta inmunológica. No es un método altamente utilizado en la producción de vacunas”, concluyó.

En un comunicado, la Coalición para las Innovaciones y la Preparación para Epidemias (CEPI) dio a conocer este 6 de abril que identificó a dos candidatas a vacunas para el nuevo coronavirus. La que desarrolló la Universidad de Oxford y la del laboratorio Inovio Pharmaceuticals Inc. Ambas serán sometidas a pruebas preclínicas en las instalaciones de la Organización para la Investigación Industrial y Científica de la Mancomunidad de Australia (CSIRO).

Una vez elegida la alternativa, se aplican ensayos dentro del laboratorio. La primera fase corresponde a los ratones como primer grupo de animales de experimentación y la segunda, a los monos o felinos como gatos domésticos. Esta fase, según el microbiólogo, se puede omitir dado que no todos los laboratorios del mundo cuentan con la misma inversión económica que permita intentos sin límites.

“Trabajar con monos es muy costoso. Los ratones se reproducen más rápido, pueden ser alterados genéticamente y se pueden inmunosuprimir – disminuir las defensas-. La respuesta inmune del ratón puede ser muy semejante a la del humano es por esto sin la segunda fase no se altera el proceso”, argumentó Pérez Cárdenas.

La última fase de experimentación tiene que ver con el ensayo en los humanos. Las pruebas se aplican en voluntarios, la mayoría de los casos son presos condenados a cadena perpetua, que bajo formatos legales, autorizan su cuerpo como modelo de experimentación. 

China, por ejemplo,  dio a conocer en los últimos días que inició las pruebas contra la COVID-19 en humanos y que para esto, fue necesaria la elección de 108 personas entre 5000 voluntarios. De comprobarse su efectividad, se aplicaría en otros países. Sin embargo, la aprobación total de la vacuna puede tardar al menos un año hasta reunir la cantidad suficiente de pruebas. Si tiene éxito, se inicia la distribución. 

 

Otros virus sin vacunas

La Organización Mundial de la Salud ha categorizado a ciertos virus como emergentes porque existen hace millones de años en los animales pero en las últimas décadas se han transmitido a los seres humanos. Aunque su capacidad de contagio es bajo, mutan y hasta el día de hoy no se conoce vacuna para estos virus.

El más antiguo es la fiebre de Marburgo. Se identificó por primera vez en 1967 tras dos brotes simultáneos: uno en Alemania y el otro en Serbia. El último caso se registró en el 2014 en Uganda y se cree que son los murciélagos de fruta quienes lo transmiten a los seres humanos. En el presente, su tratamiento es materia de investigación.  

Casi 10 años después, en 1976, se detectó por primera vez el Ébola, sin embargo, la OMS lo declaró como epidemia en el 2014. 28 mil afectados y 11 mil 300 personas muertas fue el resultado de la infección que empezó en Guinea y se extendió a Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Estados Unidos, España, Malí y Reino Unido. Aunque no hay tratamiento aprobado que neutralice el virus, hay dos vacunas en fase de desarrollo. Las posibilidades de supervivencia aumentan con asistencia rápida y con ayuda de algunos paliativos.

La gripe aviar es uno de esos virus que habita entre animales pero que no necesariamente puede ser transmisible a seres humanos. Sin embargo, algunos son zoonóticos, es decir, que pueden infectar al ser humano causando una enfermedad. Esta gripe se notificó tras un brote en aves de Hong Kong lo que hizo que se sacrifican todos los pollos de la isla al considerarlos como el origen del problema. No obstante, esta infección es esporádica y registró el mayor números de muertes en el 2013: 470 personas.

En 1998 se identificó un nuevo virus y desde entonces la OMS lo vigila con lupa ante una posible epidemia. El NIPAH es una infección que también transmiten los murciélagos de la fruta pero puede llegar al ser humano a través de otros animales como el cerdo. No existe tratamiento específico ni vacuna tanto para humanos como animales.

Según el Centro Nacional de Datos Genómicos de China, el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS), provocó  en el 2003 la muerte de 774 personas alrededor del mundo. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud reveló que fueron 812 las víctimas fatales del SARS-CoV. Al igual que el SARS-CoV-2, los primeros casos aparecieron en China y no existe vacuna aprobada.

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