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Habitantes con piel de asfalto y espíritu errante

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José Gilberto López Amaya vive en el velódromo de Manizales en donde ha hecho su fogón improvisado para cocinar todos los días sus alimentos.

José Gilberto López Amaya creció viendo cómo sus padres se golpeaban entre ellos y cómo sus hermanos robaban para poder drogarse, oprimido e infeliz, dejó de creer en el modelo de familia tradicional y redefinió el concepto de casa. Optó por hacer de la calle su lugar de residencia, allí fue libre e hizo de sus dos perros, su carreta y sus objetos su “futuro, hogar y porvenir”.

Para la Constitución Política de Colombia, un habitante de la calle es una persona sin distinción de sexo, raza o edad, que hace de la calle su lugar de habitación, ya sea por incapacidad absoluta de valerse por sus propios medios, la existencia de una necesidad vital cuya no satisfacción lesiona la dignidad humana o la ausencia de apoyo familiar. En el 2013 la Corte Constitucional colombiana aprobó La Ley 1641 que garantiza, promueve, protege y restablece los derechos de las personas habitantes de calle, con el propósito de lograr su rehabilitación e inclusión social. Según la Alcaldía de Manizales hay aproximadamente 500 habitantes de calle en la capital caldense.

Seguridad
El exsecretario de Gobierno de Manizales, Fernando Peláez Alarcón, aseguró que el 10 de diciembre de este año se conocerá el censo de habitantes de calle de la ciudad, el cual tendrá como fin implementar la política pública de esta población. Peláez Alarcón sostuvo que se trata de un tema de convivencia ciudadana que necesita acciones y soluciones coherentes de acuerdo a las condiciones en las que viven porque “son seres humanos y como Estado tenemos la obligación de darles una atención básica”. Sin embargo, mientras se esperan los resultados del DANE, la Secretaría de Gobierno por medio de la Unidad de Protección a la Vida realiza todos los viernes jornadas de autocuidado y vinculación al sistema de salud en la estación de policía del barrio San José para las personas que viven en la calle. Sostuvo que como habitantes de calle tienen el mismo derecho a denunciar cualquier tipo de injusticia, ya sea por robo, violación o maltrato por medio de la Fiscalía o Policía. Porque “ellos son ciudadanos con los mismos derechos que cualquier otro manizaleño”.

Carolina Rivera Garzón, trabajadora social de la unidad de Protección a la Vida de la Alcaldía de Manizales, aseguró que las mujeres que viven en la calle tienden a ser más agredidas que los hombres, pero no existen denuncias de violación porque en la mayoría de los casos ellas mismas desconocen dicho derecho o porque normalizan la situación. “Su sexualidad no es segura. Hay parejas sentimentales y sexuales dentro de los habitantes pero se comparten sexualmente cuando están consumiendo, de igual manera la mujer tiende a ser más vulnerable a ser violada o a prostituirse a cambio de drogas”.

Karen Michael Torres Velásquez tiene cuatro tatuajes, dos de ellos hechos por sus amigas cuando estuvo “recluida” por el ICBF.

Karen Michael Torres Velásquez, 20 años, habitante de calle desde los 15 años. Como menor de edad estuvo “encerrada” en distintas ocasiones a cargo del Instituto Colombiano de Bienestar familiar, ICBF, pero cuando cumplió 18 años regresó a su vida callejera.  “Me gustó mucho la solución y el bazuco”. Karen consigue el dinero para sus drogas vendiendo dulces, trabajando en bares de la Galería o prostituyéndose. La seguridad es un asunto impredecible, cuando se traba en compañía de otros habitantes no tiene certeza de nada. “Cuando se está muy llevado y uno no quiere estar con ellos se le tiran entre varios, entonces o uno sale corriendo o pailas toca dejarse”. Duerme en la galería, afirma que no es seguro, pero como la reconocen en el sector es más tranquilo que otras partes. Para comer tiene un orden, los lunes, martes y jueves el padre Juan le da comida en la galería, lleva coca y le guarda algo a su mamá cuando la visita, los miércoles va a la iglesia del parque Liborio donde doña Luz reparte almuerzos y los viernes se baña y se alimenta en San José con la Unidad de Protección a la Vida.

La habitante de calle Karen Michael Torres Velásquez asegura que prefiere estar sola. Dice que tiene novio pero es común que terminen golpeándose.

Salud

Carolina Rivera Garzón es trabajadora social de la campaña Unidad de Protección a la Vida de la Alcaldía de Manizales, impulsa la política pública de los habitantes de calle para generar la validación que es el paso de acceso al sistema de salud, la identificación ciudadana, la intervención con las familias y el acompañamiento en todos los procesos de salud psicológicos y psiquiátricos.  Con dicha iniciativa se busca caracterizar cuántos son, quiénes, dónde están, cómo se encuentran y cuáles son las entidades que trabajan con ellos.

En temas de embarazo para una habitante de calle, lo primero que se hace es conducirla al sistema de salud e iniciar todos los exámenes y controles con las infecciones de transmisión sexual. Además, inicia el trabajo de atención psicológica y psiquiátrica para internarla en un lugar cerrado. “El aislamiento es el proceso más importante”, señaló Rivera Garzón porque empieza la deshabituación de consumo, se niega la visita del compañero si lo tiene y se busca una red de apoyo familiar si se encuentra. Cuando tiene el bebé ICBF entra a hacer el proceso de desarraigo. El único centro de atención que presta este servicio para ellos es Fundapaz. 

Si la mujer quiere iniciar el proceso de tener el bebé, debe demostrar que ha vuelto a su casa y que lleva más de 4 meses sin consumir, además, certificar que puede brindarle las condiciones adecuadas al infante. Carolina Rivera asegura que en la mayoría de los casos las mujeres no saben que están en embarazo y pueden tener hasta cinco meses con un consumo de sustancias diario. “Lo que se intenta desde la Unidad de Protección a la Vida es iniciar el proceso de planificación e incluso algunas se han logrado operar después de dar a la luz”. 

“Todos los procesos que realizamos se hacen con aceptación inicial por parte de ellos”, en cualquier caso de vulnerabilidad reciben ayuda, sea un embarazo o enfermedad. “En este momento tenemos un habitante de calle que tiene cáncer, nos firmó y nos dijo que no quería que lo ayudaramos en nada, se quiere morir en la calle, tenemos que dejarlo”, comentó Rivera Garzón. 

Para Gilberto Álvarez González y su mascota llamada Sebastián ha sido su antes y después pues lo ha acompañado en su proceso de indigencia y desintoxicación.

Gilberto Álvarez González, 53 años, estuvo 25 años viviendo en la calle y 37 consumiendo droga. Hace 28 meses se rehabilitó, hizo las paces con su familia y volvió a su casa. Sigue trabajando como reciclador tres veces a la semana y los viernes sirve desayunos y almuerzos en la Unidad de Protección a la Vida, los mismos que él un día recibió. Comenzó a consumir marihuana y bazuco a los 8 años. Aseguró que en un día se hacía 10 mil y en otro 100 mil pesos, pero todo se iba en drogas, la comida la conseguía regalada de la gente y sacada de la basura. Se retiró porque estuvo enfermo tres días seguidos. “Me dolía el cerebro y los pulmones porque no me funcionaban bien, fui al médico y me dijo que no podía ni fumarme un cigarrillo, paré”. Gilberto logró afiliarse al Sisbén siendo habitante de calle, lo que le permitió asistir a los controles y recibir medicamentos.

Actualmente Gilberto Álvarez González reparte alimentos a los habitantes de calle de Manizales, siempre está sonriente y asegura que “la vida es hermosa”.

Relaciones con los demás

Darío Arenas Villegas, sociólogo de Universidad de Caldas, asegura que la forma en que los habitantes de calle se relacionan o comunican tiene que ver con las condiciones en las que se encuentran y enfrentan. En la mayoría se han roto vínculos importantes con las familias, los bajos ingresos económicos y el abuso de sustancias los lleva a la calle. La ciudadanía los rechaza, los asume como inferiores, lo que lleva a que su comportamiento sea preventivo, temeroso o agresivo algunas veces. 

“Los casos más complejos y comunes son el consumo de drogas o problemas en el hogar, pero la pregunta es por qué empiezan a consumir o a vivir en la calle y siempre se encuentra como común denominador que es abusado en la infancia, no tuvo figuras materna o paterna que lo acompañaran, ni redes de apoyo”, comentó la trabajadora social, Carolina Rivera Garzón.  

 

Hernán Serna Pineda llama a Maria Neira Ordoñez “su mujer” pues asegura que la considera como su mejor compañía, cada viernes la invita a comer a San José para pasar el rato juntos.

Hernán Serna Pineda, 64 años, comenzó a ser habitante de calle hace 7 meses. Era celador en la galería, tenía casa propia, prestó dinero y perdió su vivienda. “Me descontrolé, me desesperé con tantos problemas y eso me tiró a la calle”. No consume drogas y carga en su maletín su cepillo de dientes, crema dental, toalla, cobija y el cartón para dormir. Se baña cada dos días en la estación de policía de San José porque asegura que “la pobreza no es pecado, pero el desaseo sí.” Duerme en las gradas del Parque Caldas y su pareja le regala semanalmente ropa. Llevan cinco años de novios, ella es mesera en la Galería, lo acompaña a las citas médicas y le ayuda con una habitación de vez en cuando. 

 

Maria Neira Ordoñez declaró que cuando uno quiere a alguien tiene que aceptarlo como es. “Yo lo acompaño todos los días, veo cómo amaneció, pero en las noches me hace mucha falta porque me he acostumbrado a él, la gente hablará mal de uno por tener a alguien que vive en la calle como pareja, pero a mí no me importan esas cosas, yo lo quiero”. 

 

Necesidades básicas biológicas

La Unidad de Protección a la Vida está ubicada en el comando de policía de San José en la ciudad de Manizales, allí se reciben donaciones y voluntario para las actividades con los habitantes de calle.

Carlos Alfonso Méndez González, coordinador de la Unidad de Protección a la vida hace ocho  años, explicó que esta unidad es dirigida por la Secretaría de Gobierno. “Nosotros aquí nos encargamos de restituir a los habitantes de calle, todos sus derechos hasta donde más podamos, les brindamos un servicio de autocuidado: afeitada, motilada, cambio de ropa, baño, afiliación a la salud, documento de identificación y apoyo psicosocial”. Allí trabajan dos psicólogos, tres funcionarios operativos, dos trabajadoras sociales y un coordinador. La Alcaldía hace aportes para el sostenimiento, el resto es con ayuda de voluntarios que aportan económicamente.

Claudia Patricia Marín Soto, de 43 años de edad, habitante de calle hace 4 años. Sus inicios se dieron por el desarraigo de su hijo. “Mi marido se me llevó al niño y eso me tiró a la calle”. Claudia siempre anda acompañada de sus dos mascotas, Tony y Pinina. Aseguró que para sostenerse a diario le toca reciclar. Duerme en muchas esquinas del centro de Manizales, le gusta rotar. En temas de sexualidad sostuvo que no le gusta tener pareja porque no “sirve” para las relaciones y no le gusta prostituirse, lo que sí hace frecuentemente es asistir a actividades de donación que hacen los ciudadanos para ayudarle porque “me motilan, me bañan y me cambian de ropita”. 

Sin embargo no todos los habitantes de calle de Manizales asisten a las jornadas que realiza la Unidad de Protección a la Vida, algunos como, José Gilberto tienen otros lugares y hábitos para sus necesidades básicas biológicas.

José Gilberto López Amaya, 47 años, habitante de calle hace 30. Hoy sobrevive con una “zorra” o carretilla y la compañía de sus perros Adán y Juanita que son su “futuro, hogar y porvenir”. Hace 7 años se estableció en la cancha del velódromo de la U. Caldas. En las noches amarra un plástico en los árboles que rodean la pista y duerme allí con sus mascotas. Para cocinar tiene un fogón improvisado en el pasto, allí calienta sus alimentos, que por lo general son arroz, huesos de pollo que le dan en un restaurante chino y aguapanela, tiene ollas, cubiertos, platos y vasos.

No come de la basura y prepara a fuego todos sus alimentos. Se baña cada semana en una de las llaves de agua que tiene el velódromo. “La ropa de nosotros es como un pañal desechable” no se conserva, ni se lava, se bota después de usada, por eso cada viernes compra en la Galería su nueva muda. Aseguró que no se siente en la calle sino en su hogar. Trabaja cuidando carros y los vigilantes lo dejan dormir ahí. Para conseguir afecto se dirige a la zona de tolerancia de la ciudad y paga por la compañía de una mujer un rato. Sostuvo que el Estado no lo ha ayudado en nada, pero la gente y el pueblo es a quien debe el agradecimiento, pues son quienes, según José Gilberto, lo han ayudado con comida, atención y buen trato. Consume marihuana y bazuco diariamente.

Autores: Sofía Gómez Piedrahita y Sofía Morales

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