Jorge Alexánder Sánchez Herrera

Jorge, el bailarín de todas

En portada

Jorge Alexánder Sánchez Herrera tiene 44 años, impecable aspecto, postura recta, blanca dentadura y peinado encerado. A Sánchez le pagan por sacar a bailar a las mujeres que asisten al bar Tiempo de Tango.

Jorge Alexánder Sánchez Herrera,
Jorge Alexánder Sánchez Herrera, bailarín de ellas. 

En el día Tiempo de Tango, ubicado en la Calle del Tango, en el centro de Manizales, es una academia de danza, pero en la noche se transforma en el bailadero de los aprendices y en el lugar de trabajo de Sánchez. Él es bailarín de música argentina desde hace 25 años, se gana la vida bailando, sobre todo los fines de semana.

Él y el bar

Jorge Alexánder ha construido un ritual, desde los trajes usados para cada ocasión hasta la ceremonia de danza con cada mujer y las actitudes de caballero para tratarlas como damiselas correspondidas.

El bar parece el set de una película de Pedro Almodóvar, todo está puesto con una precisión casi ficticia, detrás de la barra hay una pared llena de retratos de cantantes de tango y objetos simbólicos del pasado, teléfonos antiguos, tocadiscos mecánicos, una escultura de bronce de dos bailarines y un tacón carmesí de mujer. Las paredes son rojas y cuelgan de ellas gigantes espejos rectangulares que generan la sensación de amplitud. Hay un cuadro, solitario en una pared, de un músico tocando el acordeón frente a una pareja que baila, el fondo rojo del cuadro se camufla con la pared del bar y pareciera que los bailarines estuvieran presentes en el establecimiento.

La pulcritud del lugar se asemeja a la elegancia de sus invitados, quienes asisten con vestidos de gala al encuentro nocturno que honra a la música argentina. Sánchez Herrera no se queda atrás, tiene ocho trajes de luces que exhibe cada semana. El chaleco siempre hace juego con su pantalón y corbata; la camisa con sus zapatos, dos anillos siempre acompañan su mano izquierda. En su mesa media botella de aguardiente.

Bar Tiempo de Tango

Él realiza una operación de sondeo antes de sacar a bailar a la primera mujer, se toma a pecho su papel de anfitrión y analiza como un halcón a los asistentes. Si llegan dos señoras desconocidas al bar, se dispone inmediatamente a saludarlas y presentarse antes las recién llegadas. Si, al contrario, llegan dos señoras conocidas las saluda con beso en la mejilla, les recibe sus bolsos como signo de confianza y los guarda detrás de la barra. Procura siempre preguntarles lo que desean tomar para agilizar el servicio del mesero y hacerlas sentir “como en casa”. Una vez establecidas las visitantes, él se dirige a una de ellas, inclina su cuerpo en forma de reverencia, estira la mano hacia la elegida y le pide formalmente que bailen.

“El respeto es fundamental a la hora de generarle confianza a las mujeres”, declara Sánchez Herrera al confesar el secreto del éxito de su trabajo. Independiente del género musical, siempre ubica su mano dominante en el torso de la mujer, nunca más arriba o más abajo y la dirige con un delicado movimiento de la muñeca como un director de orquesta conduce a sus músicos.

Cuando él baila parece empeñarse en que se vea bien, la postura es recta, con el mentón siempre arriba, el movimiento de sus manos sobre la mujer lo hace únicamente con la yema de sus dedos, haciendo un acercamiento sutil al cuerpo femenino, veloz y coordinado. No se miran a los ojos porque cada uno está pendiente de su desempeño, no bailan para coquetear sino para disfrutar.

Jorge Alexánder Sánchez Herrera
Jorge Alexánder Sánchez Herrera

Hasta el fin de sus días

El baile siempre formó parte de la vida de Sánchez Herrera, su madre le enseñó a bailar a los 13 años y le inculcó los valores necesarios para realizar su trabajo, respeto, discreción y caballerosidad, cualidades “indispensables” para su labor. Su padre le mostró los cantantes que se convertirían en sus ídolos como Carlos Gardel. Y su genética le enseñó que el baile le podría salvar la vida.

Fue diagnosticado en su infancia de artrosis, lo cual lo incentivó a introducirse en el baile, descubrió que bailar era su “cura”. De no ser por el tango, asegura, habría quedado reducido a una cama toda su vida. “Por eso bailaré hasta que terminen mis días”, justificó el bailarín mientras se miraba las manos torcidas.

Pese a tener habilidades con las parejas de baile, su vida amorosa ha sido tan dramática como las canciones de tango que suenan en el bar, estuvo casado y a punto de ser papá en dos ocasiones, pero la enemistad con su suegro le generó dos abortos a su amada. Tras el último suceso el suegro se llevó a su hija a otra ciudad… nunca más volvió a saber de ella. Pausó su vida tras lo sucedido, el silencio reinó su existencia por un tiempo, pero la música distrajo su dolor y nuevamente el baile lo salvó.

Siempre supo que la música era su pasión, desde infante decidió relacionarse con la cultura del tango en Manizales. Tomó clases de baile para volverse experto, adoptó el método de bailar con dos escobas y se hizo amigo del dueño del bar, José Fernando Villada, a quien después le pidió trabajo como bailarín profesional en Tiempo de Tango.

Jorge Alexánder Sánchez Herrera

Sánchez Herrera gana 35 mil pesos por cada turno que realiza el fin de semana, pero complementa su trabajo dando clases de tango, milonga, pasodoble o salsa y en semana, es mesero en el restaurante Negro Parrilla en el centro de Manizales.

La vida de Jorge gira entorno al baile porque su espíritu es inquebrantable como El Tango de la Muerte del compositor Alberto Novión y cantado por su ídolo, Carlos Gardel.

El Tango de la Muerte

No tengo amigos, no tengo amores,

No tengo patria, ni religión.

Sólo amargura tengo en el alma

¡Ahijuna, malhaya! Mi corazón…

 

Mas no por eso yo me lamento

Pues siempre tengo en la ocasión,

Para mis quejas, una milonga,

Para mis penas, una canción.

 

Qué me importa de la vida

Si naide me va a querer.

Quien me lloraba se ha muerto

Y esa muerte me ha matao.

Desde entonces desafío

Al jilguero y al zorzal,

Quién mejor cantando ahoga

Las tristezas de su mal.

 

Milonga mía no me abandones

Tenerte siempre quiero a mi lao,

Que no me falte, cuando yo muera,

Una milonga para cantar.

 

No tengo amigos, no tengo amores,

No tengo patria, ni religión.

Sólo amargura tengo en el alma

¡Ahijuna, malhaya! Mi corazón…

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *