Alfredo Molano Bravo

Murió Alfredo Molano: el viajero cronista de la violencia rural colombiana

En portada UMCentral
Alfredo Molano Bravo
Alfredo Molano Bravo. Collage de Las 2 Orillas

El país despertó hoy con la noticia de la muerte del sociólogo y periodista Alfredo Molano Bravo, comisionado de la Verdad. A eso de la 1:00 a.m., le dio un paro cardíaco. Molano padecía de un cáncer. Su muerte es otro duro golpe al periodismo colombiano, pues el pasado 6 de octubre murió otro maestro del periodismo: Javier Darío Restrepo.

Fue un estudioso del conflicto armado colombiano, sus crónicas y textos de opinión eran publicados en el diario El Espectador. Desde hace más de un año era uno de los 11 miembros de la Comisión de la Verdad, Comisión que tiene como objetivo realizar un informe que esclarezca lo que ocurrió en la Orinoquia (departamentos de Meta, Caquetá, Guaviare, Casanare, Vichada, Vaupés y Guainía). Es informe debe ser entregado en tres años y busca establecer la verdad, la convivencia y la no repetición de lo sucedido.

Algo de su vida

Molano nació en 1944 en Bogotá. Hijo de Alfonso y Elvira. En 1971 se graduó como sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Fue alumno de la École Pratique des Hautes Études de París entre 1975 y 1977. Entre 2001 y 2002 vivió en Barcelona y en Stanford, allí fue profesor visitante.​

Molano dejó cerca de 30 libros sobre los orígenes del conflicto armado en Colombia y cientos de columnas de opinión y de crónicas cortas. Su primera obra fue Economía y educación en 1850: algunas hipótesis sobre su relación (1974).

En sus obras abordaban los orígenes del conflicto armado en diferentes puntos de la geografía nacional. Sus crónicas, reportajes, textos de análisis intentaron descifrar lo que ocurría en la selva del Guaviare, en las llanuras de la Orinoquía, en el Tapón de El Darién, en las cárceles de las grandes ciudades en donde están las mulas y los narcotraficantes; navegó por los ríos Cauca, Magdalena, Atrato, Orinoco y  sus afluentes; atravesó numerosas veces las tres cordilleras, recorrió carretas y trochas. Indagó sobre las guerrillas y los grupos paramilitares, sobre el narcotráfico y el Ejército, pero más que nada sobre las víctimas de estos grupos armados.

En el 2007 fue demandado por injuria por la familia Araújo, un clan de poderosos comerciantes de Valledupar, por su columna Araújos et al (ver recuadro al final). En este texto criticaba el legado de corrupción que dejó esta familia en la economía y la política. En 2009 un juez lo absolvió y lo declarado inocente.

Escribió para las revistas Cromos, Alternativa, Semana y Economía Colombiana y para el diario El Espectador. Fue director de varias series de televisión. Obtuvo el Premio Nacional del Libro de Colcultura y el Premio a la Excelencia Nacional en Ciencias Humanas, de la Academia de Ciencias Geográficas, por una vida dedicada a la investigación y a la difusión de aspectos esenciales de la realidad colombiana.

En el 2014 recibió el Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Nacional de Colombia; y en el 2016 se le entregó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la modalidad gran premio a la Vida y obra de un periodista.

Una de las pasiones de Molano era la fiesta taurina. UniDiario lo entrevistó hace dos años cuando visitó la ciudad. He aquí la entrevista: http://umcentral.umanizales.edu.co/index.php/2017/10/27/la-bandera-politica-de-muchos-es-la-lucha-contra-los-toros-dice-alfredo-molado/

Algunas obras

Alfredo Molano Bravo
Alfredo Molano Barco. Foto Pablo Salgado. Revista Bocas

Los años del tropel: relatos de la violencia (1985)

Selva Adentro: una historia oral de la colonización del Guaviare (1987)

Siguiendo el corte: relatos de guerras y de tierras (1989)

Trochas y fusiles (1994)

Del Llano llano: relatos y testimonios (1995)

Rebusque mayor. Relatos de mulas, traquetos y embarques (1997)

Desterrados: crónicas del desarraigo (2001)

Espaldas Mojadas, historias de maquilas, coyotes y aduanas (2006)

A lomo de mula (2016)

De río en río (2017)

Araújos et al

Por Alfredo Molano Bravo
El Espectador, 25 de febrero de 2007

Seguro es que los Araújo vallenatos no tienen sangre próxima común con los de Cartagena, aunque a un senador de Texas o a un representante sueco al Parlamento Europeo, la coincidencia les aflojará una sonrisita de lado. El asunto no es de consanguinidad, sino de identidad en el modo de hacer negocios, aunque no sean socios. Ambas familias son de esa rancia cúspide regional acostumbrada a manejar haciendas, predios, casas comerciales y oficinas públicas, con los mismos criterios especulativos y endogámicos. Los notables de Valledupar nacieron todos en la misma cuadra y se conocen los trapos íntimos desde niños. Han vivido del contrabando de café y ganado con Venezuela por Puerto López –el de Tite Socarrás–, después, sin duda, contrabandearon maracachafa por Bahía Portete; han escriturado, con parientes notarios, haciendas y predios urbanos a sus reconocidos nombres y les han quitado toda la tierra que pueden a los indígenas de la Sierra Nevada y sobre todo, a los Kankuamos. Las campañas electorales de estos prohombres son –hoy todavía – un espectáculo deprimente: suben sus delegados en camión a la Sierra, digamos a Atanques, y llevan a los indígenas enchirrinchados a donde necesitan inclinar a su favor la votación. Una vez que, abrazo de por medio, los indígenas votan, los empujan en cualquier esquina para que amanezcan botados, vomitados y sin saber cómo devolverse a su tierra. El espectáculo se repite con la regularidad del Festival Vallenato. Con el mismo procedimiento los llevan a firmar escrituras. Lo que hace Jorge 40 no es más que repetir la historia.

Pasa lo mismo con los nobles de la Heroica. Son un puñado. Conocidos de todos porque de alguna Miss Bolívar son parientes o, por lo menos, a una han coronado en el Hotel Caribe siendo gobernadores, alcaldes, secretarios de gobierno, almirantes de la Armada. Tienen una larga y noble historia como que fueron los más ardientes enemigos de los piratas ingleses y franceses que venían a quitarles los chancucos comerciales con la Madre España. Siempre han sido comerciantes y, además, hacendados. Han comerciado con todo, aceite en botija, esclavos, géneros, azúcar, y, claro, tierras. Indígenas no tienen a mano, si se exceptúan los que su parentela, los Guerra de la Espriella –otros también embollados con la Ley – engañan y emborrachan en Sucre: Joselito, convicto del 8.000 y especializado en atropellar –digo lo menos – a los indígenas de San Andrés de Sotavento; su hermano Víctor, hoy delegado personal del presidente Uribe en la Corporación Autónoma de Sucre, organizó con paramilitares las CONVIVIR regionales bautizadas con el significativo nombre de Orden y Desarrollo; Miguelito, el de Ralito; su hermana, Ministra de Comunicaciones, y su padre, Julio César Guerra Tulena. Mejor dicho…

El nuevo Canciller estuvo untado en el negociado de Chambacú. Y salió bien librado. Explicable, siendo Fiscal Luís Camilo Osorio, al que tarde o temprano veremos en los estrados. Pero el problema no es legal. Es social. Chambacú era un pueblo de negros tan auténtico como puede ser San Basilio. Vestigios ambos de lo que fue la cultura africana en América. Pero a los casatenientes cartageneros no les gustaba el barrio hecho entre manglares con cartones y tejas de zinc. Le daba mal aspecto al Corralito. Y decidieron sacar a la gente a la fuerza y botarla a vivir donde pudiera. Chambacú se volvió uno de los más costosos predios. El negocio fue redondo. Hasta construyeron un edificio inteligente. Los desalojados tuvieron que treparse a La Popa y las Loma de Peyé, terrenos hermosísimos con vista al mar. Hay un nuevo plan para sacarlos de ahí también: la Avenida Perimetral. Limpias esas lomas, vendrá triunfal don Donald Trump, rey inmobiliario de Nueva York y dueño del Concurso Miss Universo, a inaugurar –quizás asociado con, los Noguera, los Guerra de la Espriella, y, por supuesto, con Jean Claude Bessudo, “El Aprendiz” – un gran vividero residencial para pensionados gringos. De ahí las medidas adoptadas para la ciudad por el Vicepresidente y el Ministro de Defensa.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *