Cuando en los tiempos de la violencia: historias de guerra, vida y resistencia en el oriente de Caldas

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Esta historia hace parte del especial “Cuando en los tiempos de la violencia: historias de guerra, vida y resistencia en el oriente de Caldas producido por el CrossmediaLab. Es una investigación periodística que narra ocho historias sobre personajes que murieron o sobrevivieron a la violencia en esta región del país. Es un proyecto con enfoque de memoria histórica, en el que los protagonistas principales son las víctimas, sus familias o personas de la comunidad que conocieron los hechos o los personajes que contamos en este especial.

El oriente de Caldas es una amplia región que comprende los municipios de Marulanda, Manzanares, Pensilvania, Samaná, Marquetalia, Norcasia, Victoria y La Dorada. A su vez, estos municipios están clasificados como el alto oriente (Marulanda, Manzanares, Pensilvania, Marquetalia) y el bajo oriente o Magdalena caldense (Samaná, Victoria, Norcasia, La Dorada). Es una zona ubicada en el centro del país que limita al sur con el departamento del Tolima, al norte con Antioquia, al oriente con Cundinamarca y al occidente con otros municipios de Caldas, lo que la hace una región de confluencia cultural y económica, con dinámicas socioculturales propias y que no fueron ajenas a las distintas etapas de la guerra y los actores del conflicto en Colombia.

El oriente de Caldas fue un territorio en disputa, principalmente, entre los grupos paramilitares y la antigua guerrilla de las Farc, al mismo tiempo que recibía coletazos del fenómeno del narcotráfico en la zona del Magdalena Medio. Partiendo de este punto, la investigación busca tener un equilibrio de historias según los hechos perpetrados por los distintos grupos armados ilegales. Son tres relatos de víctimas de paramilitares y tres relatos de víctimas de la guerrilla, además de una historia que gira alrededor de un personaje cercano a la mafia y una masacre que se enmarca en el enfrentamiento entre liberales y conservadores en la segunda mitad del siglo XX.

HISTORIA 1

1 DE ABRIL

Octavia Ramírez. Foto: Sindicato de maestros de Caldas y/o expediente judicial

“El ritmo normal y monótono de la vida se rompió”, dicen Juan Carlos y Claudina, o “Mimina”, que caminan por el andén de la calle 9°. Uno va con un ramo de flores en la mano, encargado desde el día anterior en la floristería del pueblo. La otra, la tía, va con varias velas. Son las 6:40 a.m. Van vestidos elegantes, como de domingo, pero es lunes.

Catorce años atrás, el 1 de abril de 2005, Octavia Ramírez Vargas, profesora del entonces Colegio Integrado San Pablo de Victoria Caldas, caía herida de muerte en la puerta de la institución. Sobre las 6:45 a.m., justo cuando Octavia llegaba para empezar la jornada, un hombre se le acercó, la llamó por su nombre y le disparó varias veces. Una de las balas se incrustó en su frente.

Octavia era docente desde hacía 27 años, nacida y criada en Victoria, Caldas. Era la mayor de las mujeres de una familia numerosa: su mamá, Dilia Vargas, y su papá, Ismael Ramírez, habían sacado adelante trece hijos. La docente, aunque había impartido varios cursos, se encargaba especialmente de las cátedras de español o humanidades. Una mujer de carácter fuerte, madre de tres hijos y ya era abuela. Devoradora nocturna de libros, con mayor gusto por los del llamado “boom” de la literatura latinoamericana. El tinto y el cigarrillo eran sus compañeros, y enseñar, su pasión. Amiga de los estudiantes problema, pues decía que a esos era los que más se tenía que ayudar. Activa en las luchas del magisterio caldense y afín a las ideas que iban más hacia la izquierda.

“Mi mamá decía que ella peleaba para que no les quitaran lo que ya habían conquistado”, dice Juan Carlos Ramírez, el menor de los hijos. “Compartimos ahí en la casa, hacíamos planes para ella retirarse, para montar una tienda en la parte de atrás de la casa. De eso hablamos toda la noche y a eso de las 12:15 a.m. se quedó dormida. Alejandra estaba en la otra pieza y Berenice no estaba en la casa. Me quedé dormido viendo televisión, y al otro día, cuando se despertó, escuché que dijo que le había cogido la tarde, se alistó y cerró. A los dos minutos casi nos tumban la puerta a golpes y nos dijeron que habían herido a mi mamá”.


Juan Carlos, Claudina, Berenice y María José el 1 de abril de 2019. Encendieron velas en el sitio exacto donde fue asesinada Octavia Ramírez. Foto: Jairo Andrés Vargas

Los testigos afirman que cuando el hombre que disparó el arma llamó por su nombre a la profesora, ella alcanzó a voltear su cuerpo para responder el llamado y cuando notó que le apuntaban, puso una de sus manos sobre su cara para protegerse. Octavia cayó herida más o menos a quince metros de su casa, en donde en ese momento todavía dormían dos de sus hijos.

El Colegio San Pablo se encuentra ubicado sobre la carrera tercera, entre las calles octava y novena, en la salida sur del casco urbano que conduce a la vereda Albania del municipio de Mariquita en el Tolima. Su locación facilitó la huida de los asesinos en una motocicleta a toda velocidad por una vía destapada que se interna en el cañón del río Guarinó. De acuerdo a las versiones dadas en el marco del Proceso de Justicia y Paz, se pudo establecer que ambos hombres no se conocían con anterioridad y que fueron llamados exclusivamente para cometer el crimen, posteriormente se vuelven a separar en la localidad de Mariquita.

Luego de cometer el atentado reinó el caos, el temor y la desesperación, una escena que marcó a niños y adolescentes que a esa hora entraban al colegio para iniciar su jornada escolar. “Recuerdo que iba llegando al colegio y la gente gritaba ‘¡mataron a doña Octavia, mataron a doña Octavia!’ No lo podía creer, no escuché tiros ni nada de esas cosas, entonces corrí más y tenía ganas de llorar y no sabía si irme para la casa o irme al colegio”, cuenta Gina Díaz.

El Grupo de Memoria Histórica adscrito al Centro Nacional de Memoria Histórica dice que, de acuerdo a sus proyecciones, las víctimas de asesinatos selectivos pudieron haber alcanzado 150.000 personas en Colombia, siendo la modalidad de violencia más empleada por los actores armados del conflicto: 9 de cada 10 asesinatos a civiles se cometieron bajo esta modalidad.

A los pocos minutos de caer gravemente herida, Octavia es trasladada al Hospital San Simón. Inmediatamente, debido a la gravedad de sus heridas, es puesta en código azul, es decir, una urgencia vital, y en pocos minutos trasladada en una ambulancia con médico y enferma abordo hacia una institución de mayor nivel. La muerte de la profesora es declarada en las inmediaciones de Honda.

Para Alejandro Posada Reyes, en su libro Guerreros y Campesinos, el despojo de la tierra en Colombia, aunque los grupos paramilitares existen desde 1982, solo a partir de 1997 surgió una coordinación nacional con el propósito de expandir dominios territoriales y controlar los recursos de poder de las regiones, que se identificó como las Autodefensas Unidas de Colombia.

De acuerdo a informes del Cuerpo Élite de Hidrocaburos #7 de la Dirección Operativa de la Policía Nacional, a finales de la década de los 70, el modelo paramilitar llegó a Caldas y concretamente a La Dorada, después de haber sido gestado en Puerto Boyacá. A finales de la década de los 90 y en los inicios del nuevo milenio, estos grupos paramilitares se habían organizado bajo el nombre de Autodefensas del Magdalena Medio e iniciaron un proceso de expansión desde La Dorada hacia Norcasia, Victoria, Marquetalia, Manzanares en Caldas; y Honda, Mariquita, Fresno, Palocabildo, Falan, Herveo, Armero y Lérida en Tolima, entre otras poblaciones adyacentes. La muerte de Octavia Ramírez fue adjudicada a esta organización.

Noticia de la muerte de la maestra en la portada del periódico La Patria, abril 2 del 2005. Imagen: Hemeroteca biblioteca Luis Ángel Arango

En la primera versión que le dio Claudia, hija de Octavia, a Dilia Vargas, su madre, dijo que había muerto debido a un infarto. Temían que, por su avanzada edad y quebrantos de salud, la noticia del asesinato de su hija mayor pudiera ocasionar una impresión que complicara aún más su cuadro clínico. No obstante, en ese momento, Dilia sufrió una crisis y tuvo que ser llevada al hospital, por lo que no pudo asistir a las honras fúnebres. La versión de la muerte natural de la maestra acompañó el resto de su vida a Dilia, hasta su deceso con más de noventa y tres años en 2014.

“Yo salí de la casa, sentí un gran ruido y pensé que se había caído algo o que estaban cortando algunos árboles. Relacioné los sonidos de los disparos con una motosierra. Cuando llegué allá, pues el simple hecho de encontrar a mi tía en el suelo, fui y la recogí, en el momento no caí en cuenta, sino una hora después, que había quedado bañado en sangre. Mi tía era la persona que me cuidaba la mayoría del tiempo porque mi mamá en ese entonces tenía un horario de oficina”, relata Juan Felipe Ocampo Ramírez, sobrino de Octavia y quién vivía a aproximadamente una cuadra de los hechos.

El juzgado Penal del Circuito Especializado de Manizales condenó en persona ausente a 45 años de cárcel en febrero de 2019 a Luis Fernando Tabares, alias “Cabo”, como autor material del hecho. Mientras tanto, Óscar Iván Ramírez Salazar, alias “Cacerolo”, fue el encargado de conducir la motocicleta. Informes del portal Verdad Abierta dan cuenta del modus operandi de las autodefensas del Magdalena Medio, que usaban la muerte como algo cotidiano.

Octavia se había convertido en una persona incómoda para el paramilitarismo y algunos dirigentes de Victoria: desde la desaparición de su hermano José Elías Ramírez en 1998, a quien algunas versiones extraoficiales vinculaban con la organización del Magdalena Medio; ella había liderado las denuncias ante las autoridades y había emprendido una lucha sin descanso para encontrarlo. Alzó su voz contra este accionar que poco a poco fue coaptando todos los estamentos de la sociedad con el beneplácito de la Fuerza Pública y autoridades municipales, incluso señaló las relaciones que existían entre personalidades de la política de la época, con los comandantes de las autodefensas.

Conocida por ser una mujer de carácter fuerte, se enfrentó a Luis Fernando Herrera Gil, alias “Memo Chiquito”, quien era el encargado del grupo que delinquía en esa zona, durante ese encuentro reclamó por la desaparición de su hermano Elías y anotó que las autoridades le harían pagar por esto. Para Carlos Alberto Ramírez, otro hermano de Octavia, su asesinato se debió a que ella se había enterado de asuntos delicados para los líderes de las AUC en la región.

Juan Carlos y Claudina, camino hacia la Institución Educativa San Pablo, el 1 de abril de 2019. Foto: Jairo Andrés Vargas

“Para nadie es un secreto que la Fuerza Pública colaboró con los grupos al margen de la ley. De modo que entonces uno ni en la autoridad creía y se llenaba de miedo por evidente causa. El atentado de mi mamá fue antes de las 7 a.m. Cuando regresamos de Honda para hacer la inspección del cadáver en Victoria y la policía nunca fue detrás de los sicarios”, cuenta Alejandra María Martínez, hija de Octavia. Para la fecha, el comando de policía de Victoria se encontraba en el marco de la plaza principal, aproximadamente a dos cuadras y media en línea recta del lugar del crimen.

Un reporte del periódico La Patria de Manizales anota que, en el mismo proceso contra los autores materiales del hecho, se compulsaron copias para que se investigue a John Dairo Yepes Betancur, quien para la época se desempeñaba como Inspector de Higiene del Hospital San Simón de Victoria, por ser el encargado de los señalamientos contra la profesora. Un comunicado de prensa de la Fiscalía General de la Nación fechado el 29 de mayo del año 2012, reza que, contra Yepes Betancur, un fiscal de la Unidad Nacional Contra el Terrorismo, profirió resolución de acusación por vínculos con el bloque Magdalena Medio de las Autodefensas y supuestamente incurrió en delitos como concierto para delinquir, homicidio agravado y peculado por apropiación, pues estuvo involucrado en otros crímenes.

El asesinato de la profesora Octavia Ramírez sumió a Victoria en días de profundo terror y miedo, durante ese primer semestre del año 2005, paralelo a que las autodefensas realizaban las conversaciones con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, la violencia se disparó en forma de asesinatos selectivos. Al entierro de Octavia fue gran cantidad de personas desde todas partes del departamento, acudieron profesores y directivos del magisterio para despedirla. Las lágrimas y la tristeza eran el común denominador de sus estudiantes, incluso algunos comentan, en especial quienes fueron testigos presenciales del hecho, que temieron mucho volver a clases o dejaron de hacerlo por una semana o dos.

“A ella la cegaron las balas de una guerra absurda, vil, cobarde y traicionera”, responde Juan Carlos Ramírez, su hijo, a la pregunta de por qué asesinaron a su mamá. Él mismo se imagina que si Octavia estuviera viva estaría desde hace años pensionada y disfrutando plenamente de sus nietos, a los que se ha encargado de contarle que la abuela murió precisamente en el marco de un conflicto que ha desangrado a Colombia.

“Cuando se quejan de los procesos de paz, miro a las personas y digo, es muy fácil querer la guerra detrás de una pantalla, pero para la familia del muerto, del desaparecido, del secuestrado, del soldado que muere, del desertor, cada uno le ha tocado una parte. Hubiera preferido que nunca nos hubiera tocado la violencia, pero con la desmovilización de los grupos armados y el actual proceso de paz me parece que tenemos mucho más para ganar que para perder. Prefiero mil veces que se firme y que se negocie, y como en toda negociación, las partes tienen que sacrificar algo, pero solo una persona que se salve, que no pise una mina, que no se tenga que ir de su finca, que no tenga que custodiar un cultivo ilícito, me parece que vale la pena”, dice Alejandra María Martínez.

Altar en la entrada del colegio. Foto: Jairo Andrés Vargas


Textos y fotografías: Jairo Andrés Vargas

Edición: Íngrid Ramírez y Óscar Durán

Producción: CrossmediaLab de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

 

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