Don Alberto: relato de un secuestro en Pácora, Caldas

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La noticias de su secuestro y liberación conmovió a su familia y al pueblo pacoreño.

Los cánticos religiosos de aleluya, hosanna y gloria, resuenan en el aire como una banda sonora que agradece al todopoderoso que don Alberto Duque Gutiérrez esté sentado en su casa, luego de 87 años, contando sus historias a su familia. Este hombre, a quien muchos en Pácora (Caldas) conocen como El Médico, recuerda con voz ronca y cansada su paso por la política, su formación empírica en la medicina y el suceso que creyó no contaría: 26 días secuestrado por las Farc, cuando era guerrilla.

Alberto está en su cuarto, sentado en una silla al lado de su cama. En sus manos sostiene recortes de periódicos que cuentan ese lapso de casi un mes que estuvo internado en las selvas colombianas, secuestrado por  el Frente 47 de las Farc al mando de Elda Neyis Mosquera García (alias Karina) y Pedro Pablo Montoya (alias Rojas). Don Alberto fue  plagiado el 26 de  noviembre de 2002, en el sector conocido como Alto de las Coles, corregimiento de Pácora.

Duque trae a su memoria y a los oídos de su nieta Mariana el recuerdo de una infancia que no fue fácil. Su padre lo sacó adelante a él y a sus 16 hermanos gracias a una tienda que tenía en Pácora. Solo estudió hasta segundo de complementaria, que en ese entonces era el bachillerato de la época, y el 2 de enero de 1942 entró a trabajar en la farmacia del doctor Juan Gregorio Isaza, quien fuera el padre de su futura esposa, Beatriz Isaza de Duque. 

“El interés por la política viene de la necesidad de tener recursos para aportarle a la gente”, afirma don Alberto mientras recuerda con nostalgia su trayectoria en la vida pública, en la que fue dos veces alcalde de Pácora, dos veces concejal y tres veces representante del Comité Nacional de Cafeteros; sin embargo, nunca ha renunciado a la farmacia en la que lleva 70 años y que tanto le ha enseñado.

La familia Duque Isaza vivió en carne propia los horrores del secuestro.

Durante su secuestro caminó junto a los combatientes a través de las cadenas montañosas de las cordilleras colombianas, hasta llegar al municipio de Nariño, sur de Antioquia. “Un día, yo escuché que le dieron a un guerrillero las dimensiones para que hiciera un hoyo para enterrarme”. Todos los días, al Abuelo, como le comenzaron a decir sus captores, lo chantajeaban y le exigían mil millones de pesos por su liberación; él le ofrecía cien millones.

“A mi hijo Tulio lo llamaron y le dijeron que si no aportaban la plata, me iban a matar y a mandar en pedacitos; pero él, con mucha frialdad, les respondió que mucho pesar y todo, pero que qué más iban a hacer”, añade don Alberto.

“Yo estaba aquí en mi casa y me dijeron que a mi marido se lo había llevado la guerrilla, fue muy horrible; fueron 20 días muy duros”, acota doña Beatriz, su esposa.

Ella es hija del doctor Juan Gregorio. Para Duque Gutiérrez llegar a ser su no era más que un sueño casi imposible de cumplir, pero la vida se encargó de convertirla en su esposa y madre de sus cinco hijos, a pesar de ser primos segundos. 

Al quinto o sexto día de haber sido plagiado por los guerrilleros, el abuelo vio una oportunidad para fugarse, pero la llegada de unas mulas con comida impidió que su planes se materializaran; incluso, una de las guerrilleras le advirtió: “Abuelo, ni piense en volarse que nosotros tenemos gente en todas partes y le va muy mal, de pronto nos toca llevarlo en partes a su familia”.

El 22 de diciembre de 2002, entre las 8 y las 9 de la noche, Tulio y su hermano Fernando llegaron a Nariño, allí iban a intercambiar 100 millones de pesos por la libertad de su padre. Ambos habían acordado con los secuestradores llegar al punto del intercambio a las 6 de la tarde, pero a causa de las pésimas condiciones de la vía, su arribo se retrasó. Los dos hermanos viajaron en compañía de un amigo, fue él quien se encargó de entregar el dinero. “Después de estar de nuevo con mi papá, lo único que hicimos fue correr porque pensamos que nos iban a perseguir y nos iban a atajar a todos”, manifiesta Tulio.

Nostalgia y melancolía… eso se lee en el rostro de don Alberto al recordar su historia. Fotos Mariana Valencia Duque

Los guerrilleros que secuestraron a Alberto nunca supieron que había sido alcalde y concejal, por lo que el secuestro fue por intereses económicos y no políticos. Alberto dice que prefiere seguir pasando sus últimos días al lado de su familia y continuar atendiendo con una sonrisa a aquellos que llegan a su farmacia. Añade que el  único sueño que no va a poder cumplir es “escribir un libro sobre un fulano cualquiera que podría ser yo mismo, pero la novedad cerebral (tumor) que tengo no me va a dejar”.

 

“A mi hijo Tulio lo llamaron y le dijeron que si no aportaban la plata, me iban a matar y a mandar en pedacitos; pero él, con mucha frialdad, les respondió que mucho pesar y todo, pero que qué más iban a hacer”.

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