Ser líder comunitario en Colombia, una labor de valientes

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La bondad que caracteriza a Javier Felipe Ocampo Ramos, o Pipe, como le dicen sus seres queridos, no se apaga ni con las balas. Ha recibido amenazas pero sigue trabajando por generar espacios de paz y convivencia en el barrio donde vive hace 45 años. Su idea de ayudar viene de la niñez. Desde sus ocho años veía a su papá, Bernardo Ocampo Gallo, trabajando con la comunidad. Pero parte de su infancia y adolescencia también estuvo rodeadoa de ollas de microtráfico y sicarios sin piedad, un nivel de violencia del que muchos de sus vecinos no lograron escapar.

En esta época también faltaron los recursos económicos. “Mi hermano estudiaba en la mañana y yo en la tarde, así se nos facilitaba prestarnos el uniforme, las zapatillas, hasta las medias. Yo utilizaba su cuaderno de atrás para adelante; escribíamos pequeño para que nunca se juntaran esas mitades y partíamos un lápiz para los dos. “¡Ay, donde se nos acabara!”, cuenta entre risas.

Él es vicepresidente de la Junta de Acción Comunal del barrio 20 de Julio y hace parte de la Fundación Busto del Divino Niño, en la cual se interga a jóvenes que conviven en un medio de violencia y consumo de drogas se les vincula a una vida en sociedad y responsabilidad mediante el estudio y el trabajo. Esa no es tarea fácil y requiere de mucho cuidado, dice él, pues los niños “funcionan como una organización nómada, no les gusta que los presionen con grupos culturales o religiosos, dicen sentirse inútiles”.

La campaña Nosestanmatando se creó para exigir justicia ante la violencia sistemática

Su vida

Ocampo Ramos siempre ha vivido en el barrio 20 de julio, perteneciente a la comuna 11 de Manizales. De allí, es común leer titulares noticiosos como “A puñal mataron a un hombre en el barrio 20 de Julio” o “Capturan a 3 personas en barrio 20 de Julio por presunto homicidio”. Sin embargo, Ocampo cree que este lugar “es lo mejor del mundo”.

Sus actividades de ayudar a quien lo necesite, hacen parte de un legado familiar. “Desde que tengo uso de razón, mi padre siempre ayudaba a las personas, nunca las dejaba solas. De ahí salió esta pasión y mis ganas por favorecer a los demás. ¡Ah!, sin olvidar mi religión”, comenta este graduado de Economía de la Universidad de Manizales y más tarde especialista en Alta Gerencia, de la misma institución. Hoy es docente en la Universidad Remington y trabaja como técnico asistencial en la Agencia de Desarrollo Rural ADR. Aclara que nunca ha abandonado su don y mucho menos, a su gente.

“Él prioriza su desempeño laboral”, asegura Jaime Alexander Ramírez Sánchez, su compañero de trabajo, quien es testigo de las constantes visitas de vecinos y amigos que buscan a Ocampo para pedirle favores u orientación. “Cuando tiene el espacio, los atiende a la salida de la empresa”, dice.

Ocampo no tiene esposa ni hijos. Vive con sus padres y sus tres hermanos en la casa donde nació. Hace siete años, ese sueño de reconstruir el barrio y su tejido social, se opacó por un atentado que sufrió. “Yo no me he ido del barrio porque no tenga con qué pagar un arriendo, sino porque ellos (los vecinos) me necesitan; si uno coge plata y se va, siempre van a quedar los mismos, con el mismo riesgo, incluso, peor”, afirma.

La violencia contra los líderes viene desde los 80 con el genocidio de integrantes del grupo político Unión Patriótica (UP)

 

Para intrépidos

Ser líder social o comunitario en Colombia no es tarea fácil, los riesgos por inseguridad y hechos violentos son pan de cada día. En el 2011, Ocampo empezó a recibir amenazas; no obstante, solo las tomaba como eso, pues su deber era darle paz a la comunidad y pensaba que no lo lograría si no ayudaba a desmantelar una olla de microtráfico, ubicada a pocas cuadras de su casa. Llevaba ya varios meses denunciando un expendio de droga que
había en el barrio. “Las primeras veces, atendieron mis denuncias, visitaron la residencia donde quedaba y la erradicaron, pero a las horas, ya había otra (olla) y esta vez, era ambulante. Se convirtió en un dolor de cabeza”, cuenta.

En 2012, cansado de las amenazas y de la poca ayuda que recibía de las autoridades, convocó a una reunión en el salón comunal del barrio con funcionarios de la Secretaría de Gobierno de Manizales, del Comando de Acción Inmediata (CAI) en El Carmen, otros miembros de la Policía y el presidente de ese entonces de la Junta de Acción Comunal ( JAC). Allí acordaron unos parámetros de seguridad en el barrio.
Luego de un par de horas reunidos,

cada uno tomó su rumbo. Ocampo estaba cerca de su casa y se fue caminando. “A dos pasos de mi puerta, siento un ruido ensordecedor, provenía de un arma de fuego”, recuerda. Dos disparos salieron con dirección hacia él, pero “gracias a Dios, esa gente tenía muy mala puntería”, dice Ocampo y se da unas leves palmadas en el pecho.

Su expresión facial cambia cuando recuerda este episodio. Toma una postura rígida y cruza sus piernas, como creando una barrera. Opta por revisar los mensajes de su celular. Luego de un silencio, continúa su relato: “La Policía no me sirvió para nada y las amenazas aumentaban más, la solución que encontré fue enfrentarme cara a cara con el sicario”. Le pidió de rodillas que le respetaran su vida. Inexplicablemente, funcionó. Nunca supo quién estaba detrás de esto, aunque lo sospechaba y en vista de que las molestias pararon, prefirió dejar el tema así.

Cada 48 horas

Según la Defensoría del Pueblo de Colombia, 172 líderes sociales fueron asesinados en el 2018; de ellos, 158 eran hombres y 14 mujeres. Esto quiere decir que se produjo un crimen de este tipo cada 48 horas. Por otro lado, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) asegura que fueron 226. Este año ya van 19 muertos según el Ministerio de Defensa.

Ante tal situación adversa, este líder sabía que la solución era la educación y el trabajo. En conjunto con la Fundación Busto del Divino Niño, el Liceo León de Greiff de Manizales y el Servicio Nacional de Aprendizaje Sena, inició un proyecto para ayudar niños y jóvenes a terminar el bachillerato y profundizar con alguna técnica que les asegure una fuente de ingreso económico.

“Como nosotros trabajamos con recursos propios, muchas veces no tenemos el dinero suficiente para toda la comunidad, así que mediante trabajos como podar césped, limpiar ventanas u organizar el salón comunal, los jóvenes se ganan aproximadamente 30 mil pesos, con los que pueden financiar útiles y pasajes, eso sí, con nuestra supervisión y observación para que esa platica no eche para otro lado”, comenta Ocampo.

Según cifras de la Fundación, del 100% de jóvenes que pertenece allí, el 50% consume sustancias psicoactivas y el otro 50% tiene alta vulnerabilidad de hacerlo. “La satisfacción más grande para mí es que esos ‘pelaos’ no cojan el mal camino. Cada que tengo oportunidad, les muestro a los más jíbaros del barrio y les digo que esa es la vida que les espera si no estudian, porque, pa’ qué, yo probé esa vaina, pero gracias a Dios, nunca me ganó”.

Según la Defensoría del Pueblo, en Colombia fueron asesinados 164 líderes comunitarios. Fotos Alejandra Ramírez Pineda

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