La luz entre los rincones de las calles

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Leydi Ospina Salazar

Cada miércoles, es común ver este tipo de filas, personas que esperan el almuerzo de la Fundación Fuerza del Espíritu. Foto por Leidy Ospina

Son las 7:00 a.m. y Lucy Giraldo, como cada miércoles, se prepara para ir a misa. Le gusta agradecer por las bendiciones recibidas y pide para que su labor del día se cumpla. Al terminar la ceremonia, se reúne con su grupo de trabajo en la puerta de la parroquia San José y empiezan a planear el “corre corre” para poder alimentar a un grupo de habitantes de calle.

Alimentar a unas 100 personas no es fácil. El trayecto inicia con las frutas y verduras, van por donaciones, reciben granos y el menú varía dependiendo de lo que tengan a la mano. Luego de un par de horas recogiendo lo que almacenes, tiendas y personas les regalan regresan a la parroquia.

Lucy cuenta que hace esto por su madre, por su legado.  “Cuando uno practica una religión, se entrega todo el corazón, teniendo una vida acorde con el evangelio, dando de comer al hambriento, de beber al sediento y protegiendo al que tiene frío”. Cuando ella era tan solo una adolescente su mamá repartía alimentos a los habitantes de calle en la ventana de su casa. Sin embargo, Lucy les tenía pánico. Cuando ella intentaba hacerlo recibía insultos o lo que les daba terminaba en el suelo.

Pero un almuerzo lo cambió todo. Un día llegó a su casa y vio que habían más puestos de lo habitual, al revisar con cuidado se dio cuenta que había un invitado, uno de los habitantes de calle que su mamá ayudaba. Su primera reacción fue de rabia: “¿Cómo era posible que se sentara a comer con ella un tipo que come basura?”, le recriminó a su madre, pero la respuesta que le dio le cambió la vida: “Más basura somos nosotros, ahí donde está él, está más limpio que usted, a él le falta algo que usted tiene por cantidades y es amor, ¿o acaso usted tiene sangre azul?”.

Cuando llega Lucy con sus 9 compañeros de la Fundación Fuerza del Espíritu Santo a la parroquia empiezan a lavar, pelar y limpiar los alimentos. Se dividen las tareas. Algunos cocinan y otros preparan el salón para los comensales que a eso de las 11:00 a.m. empezarán a llegar.

Antes de encontrar en la parroquia del parque Liborio el lugar para sus actividades, deambularon al igual que los habitantes de calle. Inicialmente repartían los almuerzos en la Galería, luego en algunos sitios públicos hacían pequeñas misiones pero la comunidad los corría, no soportaban el olor. Finalmente decidieron hacerlo en el garaje de la casa de su mamá. Y desde el 2011 legalizaron la Fundación que reparte almuerzos cada miércoles pero que también realiza brigadas de ayuda, cortes de cabello, regalan ropa, entre otros.

Ya son las 11:00 am. y un grupo de personas hacen fila afuera del salón parroquial. Entran de a 40, oran juntos, agradecen y empieza el festín. Hombres, mujeres, jóvenes y viejos, todos con el rostro de alguien que ha sufrido la vida pero que, por unos minutos, cambia de lugar y encuentra un sitio en donde se siente cómodo, a gusto y querido disfrutando de cada bocado.

Cuando terminan los primeros 40 recogen los platos, los lavan y le dan vía libre al siguiente grupo. Cada miércoles se reparten entre 80 a 120 almuerzos sin discriminación alguna: habitantes de calle, repartidores, ancianos, venezolanos, e incluso una que otra mascota encuentra en este sitio algo de paz y comida.

 

 

Óscar Hernando Carmona tiene 44 años, pertenece a la fundación desde sus inicios. Él dice que lleva una vida dura en las calles, que muchas veces la gente no los respeta y los discrimina. También cuenta que agradece cada día, que siempre tiene la fe intacta, pero que a veces se descontrola con los vicios. “Para mí esperar los miércoles, la ayuda del almuerzo o la ropa es una bendición. El bocadito no nos puede faltar y si no venimos acá, nos toca mirar por otro lado”.

Juan Flórez Bedoya tiene 35 años, fue monje dominico por ocho y seminarista por seis. Estudió filosofía, parte de psicología y pedagogía, se defiende en el latín y hebreo. “Yo ando con la cobija en la mano, no soy ladrón, respeto la gente, me alegra que existan fundaciones como estas porque con esto no hay momentos malos, ni buenos, simplemente ellos hacen de los momentos algo distinto para ver la vida mejor y positivamente”. Su problema radica en el alcoholismo. Tiene un lema: “Si el amor fuera pecado, amaría de tal manera que quedaría condenado a mil cadenas perpetuas en la prisión de la felicidad”.

José Eliécer Palacio tiene 70 años y hace un año visita la Fundación. Dice que esta es una gran esperanza para él porque es muy difícil vivir sin trabajo, estar enfermo y no contar con apoyo, pero que cuando llegan los miércoles y le dan su “almuercito” o le regalan ropa, siente que esa ayuda será importante para superar todas sus dificultades.

Óscar Hernando Carmona tiene 44 años, pertenece a la fundación desde sus inicios. Él dice que lleva una vida dura en las calles, que muchas veces la gente no los respeta y los discrimina. También cuenta que agradece cada día, que siempre tiene la fe intacta, pero que a veces se descontrola con los vicios. “Para mí esperar los miércoles, la ayuda del almuerzo o la ropa es una bendición. El bocadito no nos puede faltar y si no venimos acá, nos toca mirar por otro lado”.

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