El salón en donde se habla con las manos

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En el marco de la celebración del día del idioma, Página publicó un texto en el que se habla de lenguaje y una de sus distintas formas de expresarlo y comunicarlo.


El siguiente texto es tomado del Archivo de Página de la edición 198 / Abril 16 al 30 de 2013


Por Juan Martín Alzate

¿Cómo entiende un sordo a otro sordo? El mundo de las personas que no pueden escuchar es totalmente distinto. El hecho de aprender a leer por medio de palabras enteras, y no por medio de letras, como es habitual, les dimensiona un planeta diferente. Habitan en la esfera de las señas.

¿Cómo sabe Juan Camilo Pinilla, un niño con sordera profunda, que Juan Manuel, su compañero de clase, y quien padece el mismo mal, pero en menor intensidad, entiende lo que él quiere que le entienda? Y más aún ¿Cómo sabe Elcira Urrea Aguirre, una de las profesoras del Aula Multigradual de Sordosen el Inem, que sus estudiantes entienden lo que ella les enseña y como ella quiere que entiendan?

Es que hasta a la imagen de la Virgen de Fátima que pende de un nailon y una puntilla en una de las paredes del salón, se le es difícil comprender las tantas conversaciones y los infinitos gestos y señales que se presentan de lunes a viernes de 7 de la mañana a 12 del mediodía, en ausencia de las palabras moduladas, dentro del Aula Multigradual para Sordos. Por eso creo que permanece tan atenta con sus ojos brillosos bien abiertos en un cuadro a medio voltear.

-Bien pueda siéntese mientras yo busco en el diccionario cómo se dice periodista, para que ellos entiendan quién es usted- me dice la profesora en el momento que yo recuesto la espalda en la silla de madera y soy el foco visual de los diez estudiantes que atienden a la clase de artística. Elcira les explica por medio de señas.

– ¿Qué es un periodista? – pregunta un alumno con el movimiento de las manos.

-Es alguien que busca la noticia- responde la profesora con señales.

– ¿Cuál noticia? – vuelve a cuestionar el mismo alumno casi de la misma manera.

A la profesora se le sale una sonrisa aguada llena de angustia, desespero, paciencia, cariño, amor e impotencia. ”A veces me tiro muy duro, pienso que estoy en el lugar equivocado, que no sirvo para enseñarles. De verdad me siento, en algunos momentos, fracasada”, revela Urrea con ganas de explicarle y añade –“Pero es que es muy difícil de verdad. Por ejemplo, cómo explicarles a ellos qué es un átomo, si ni siquiera existe la seña específica para eso”…

Pero esas ganas de decir, esas ansias de entender, esa impotencia por hablar y escuchar, son las mismas que sienten ellos. Es como estar encerrado en un cuerpo blindado al mundo en el ámbito comunicativo. Es estar en una esfera distinta, en el de las señas. Bien lo dijo alguna vez el filósofo alemán Martin Heidegger. ”Mi mundo es el que yo hábito, el mundo de lenguaje”.

Como entienden ellos

 Estos niños sordos aprenden a leer por medio de la metodología Geempa. Este método no enseña letra por letra, como la mayoría de las personas aprendieron. Enseña palabra por palabra, de la cual, todas portan un dibujo, una presentación del concepto. Y todos los dibujos portan una seña, para que ellos aprendan.

“A ellos les da mucha dificultad escribir y leer como nosotros”, dice la profesora Urrea, mientras todos sus estudiantes recortan cuadros de papelitos de colores y los pegan en una hoja en blanco, tratando de construir el arco iris.

-Mire, le voy a poner un ejemplo en forma de frase para que me entienda- exclamó Urrea y prosiguió –‘El periodista le preguntó al cantante si volvería’, así leeríamos nosotros esa frase. Pero los niños que ya van adelantados en el proceso la leerían así: “Periodista preguntar cantar después de venir’.

En ese momento entra deprisa otro estudiante. Llega cansado, con la respiración agitada y con los ojos bien abiertos detrás de su piel oscura pendiente al regaño de la profesora. Ella, por medio de señas comienza a llamarle la atención. Andrés Camilo, de 13 años de edad, responde con una seña, como si estuviera hablando por teléfono, y acto seguido, con el movimiento de estar tocando una guitarra.

-Que estaba donde la fonoaudióloga y lo puso a esperar mucho rato- traduce Elcira, aunque parezca mentira.

El arcoíris, en alguno de los trabajos, ya iban por la mitad. Las indicaciones estaban pegadas en el tablero de enfrente con los colores que lo componen. De repente, un niño explota de rabia, emite sonidos y hace los gestos más rápido de lo normal. El compañero le había rasgado sus papeles.

-Por eso no se pelea- le grita por medio de las manos la profesora Elcira.

Juan Manuel se excusa rápidamente moviendo los dedos y rozando la mandíbula con su mano, mientras traspasaba con su mirada obediente el cristal de sus gafas y el ventanal roto del salón, que daba contra la parte de atrás del colegio San Luis Gonzaga.

“Yo soy muy exigente con ellos, pero también conmigo misma. Claro que con unos más que otros, porque no todos son sordos profundos, hay algunos que alcanzan a escuchar algo”, explica Urrea.

En esas llega José David, uno de los niños más pilosos, según la profesora, y le mostró el arcoíris terminado. Él, por ejemplo, no padece de sordera profunda. Detrás de la oreja, pegado al cráneo, porta un aparato negro en forma de dado, que se quita y se pone. Cuando se lo despega, se le ve un recuadro de calvicie en medio del pelo negro, en donde encaja perfectamente el implante.

“Si yo me lo quitó no escuchó nada, pero cuando salgo a la calle lo guardó en el bolsillo porque me lo roban, y quedo con los oídos, pero sin poder escuchar” dice en medio de palabras adormiladas el niño de piel morena.

Sólo faltaban pocos trabajos por terminar, entre estos, el de Juan Manuel, quien vive en la Enea y es hincha fiel del Once Caldas. Por eso, en vez de gastar energías construyendo el arcoíris, le da rienda suelta a su pasión e intenta diseñar el escudo del equipo.

Elcira se percata y lo llama varias veces en voz alta, pero no da resultado.

– ¡Vino sordo hoy! -exclamó la profesora.

Es que algunos que logran escuchar más o menos, aprovechan la situación y se hacen los que no escuchan, pero hay que hablarles para que no enmudezcan del todo. Por eso no me gusta dejarlos afuera en descanso porque se dispersan por todo el colegio y vaya pues llámelos”, advierte Urrea mientras se sacudía el delantal.

Los que terminan no pierden el tiempo. Abren uno a uno el paquete donde estaban los sánduches de jamón y queso. Con la otra mano sacuden el kumis en bolsa y comienzan a comer, pero no sin antes, dejar bien seguro el paquete de galletas en uno de los bolsillos. Si era en ambos; mejor.

 Uno de los que se queda sentado en la mesa entabla conversación con la profesora. Ella le dice que diga ‘perro’, pero sólo le sale, en medio de una lengua forzada contra el paladar, algo así como: peeedchtaaa… peeedchtaaa… Intenta nuevamente, pero sólo le sale la misma palabra en repetidas ocasiones.

“Ellos vienen con señas caseras, pero nosotros se las corregimos acá. Uno se sorprende porque los papás, aunque no sepan ninguna seña, buscan la forma de entenderse con ellos”, expresa Elcira en el momento que dos alumnos, luego de varias señas y señalamientos, ríen sin parar.

Escuchó barrer

El niño del implante abre una puerta y saca una escoba y el recogedor. Comienza a barrer los pedazos de papel coloridos que adornaban el salón por doquier mientras los demás revuelven, en sus bocas, sánduche con kumis. Luego de tragar, limpian con la lengua la lactosa que intenta salir entre los labios.

Mientras barre, los frágiles pelos de la escoba rosan el piso y emiten un leve sonido de rasguño. Cuando ya están los papeles reunidos en un solo montón, el niño baja un pie, arrodilla del otro y empieza a empujar con la mano el morro hacia la bolsa negra de basura.

¡Quién lo creyera! A veces, cuando ya no quedan papelitos por meter, saca una parte de la bolsa y los riega de nuevo, pega su oído casi que al piso y repite el movimiento. El sonido de cada papel con su respectiva mugre rosando el suelo lo deleita.


Imagen tomada del archivo de Página del 2013


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