La Merienda, una casa de paso para personas sin hogar

Página Villamaría

La salida empezaba en la puerta del teatro Fundadores a las 8 p.m. con una oración. Iban a la Renault donde unas 10 personas recibían la merienda. Seguían por la avenida del centro para entrar a la Galería, uno de los puntos más críticos de Manizales y en el que más gente llegaba a recibir los alimentos. Continuaban al terminal viejo y no se retiraban hasta que le daban el pan y el chocolate a un niño de Buenaventura. Él estaba en la calle, y su papá, pagando cárcel por haber matado a su esposa. La prioridad siempre fueron los niños y la gente más adulta.

Salían de ahí y partían hasta la Pichinga o Parque del Agua como se conoce hoy. Se regresaban por la Carrera 23 haciendo paradas estratégicas en la Catedral, Palacio Nacional y Colseñora. Ahí se encontraban personas que ya habían comido y se cambiaban de ropa para repetir, pero nunca lo consiguieron porque los que repartían se fijaban era en las caras y no en la vestimenta que llevaban puesta. Volvían hasta el Parque Caldas, cogían la avenida paralela y terminaban el recorrido en el arco de la Universidad Nacional en Palogrande con los termos vacíos y las bolsas de pan solo llenas de migajas, casi a las 11: 30 p.m.

“Todo inició muy extraño. A finales de 1988 mi amiga Liliana Correa se vio una película que sucedía en Nueva York, en la que una mujer compraba sánduches y café para salir en su carro a repartirles a las personas que estaban en la calle, entonces ella me dijo un día que hiciéramos eso nosotras”. Así salió la idea de la Fundación La Merienda. El recuerdo de esta iniciativa muestra nostalgia en la cara de su fundadora, María Elena Londoño Ramírez.

Esta mujer que tiene el servicio como propósito en la vida, cuenta como si hubiera pasado hace pocos días, la primera salida que hizo para dar comida a los habitantes de la calle. Fue el 1 de junio de 1989, luego de una reunión familiar de los Londoño. Se consiguieron unos termos, prepararon unos sánduches y se fueron 22 personas para la calle a repartir la merienda, a las 7 p.m. y ese día todo se les quedó armado porque no conocían bien la dinámica.

Al tiempo se dieron cuenta que la hora propicia para salir, era las 8 p.m. porque ya todos los habitantes de la calle estaban en un su sitio habitual, y los que no habitaban en ella, ya se encontraban en sus casas.

El costo diario de la repartición de los alimentos lo cubrían las diferentes familias que querían ayudar con la causa y el precio era de $30.000. La fundación coordinaba la entrega de los alimentos y lo único que se les pedía a los aportantes, era que dieran algo sólido y una bebida caliente. Y a los que recibían el alimento, una oración por la familia que había donado.

Gustavo Betancur Jurado, director de La Merienda.

Actividades

El director de la fundación es Gustavo Betancur Jurado, quien lleva más de 25 años siendo parte de los distintos quehaceres y cuenta cómo llegó a este servicio: “Yo me vinculé gracias a una invitación que me hicieron, de dar dinero para la comida de los habitantes de la calle”.

Desde 1990 son una fundación constituida legalmente ante la Gobernación y la Cámara de Comercio. El proyecto que arrancó con el compartir  de alimentos en las noches de Manizales a los habitantes de la calle, ha variado en el transcurrir del tiempo. Han hecho actividades en las zonas más marginales con niños y personas de la tercera edad, y actualmente tienen un hogar de paso en el barrio Turín de Villamaría, Caldas, en el que albergan a familias que necesitan ayuda.

A la gente de la tercera edad que vivía en la calle, se le hizo la invitación para que viviera en la casa de la fundación, pero estas dijeron que no, porque preferían vivir en la comodidad de los andenes y las aceras. “Todos sabemos que la limosna en Manizales sostiene a muchos habitantes, entonces ellos prefirieron eso, que venirse con nosotros”, explica Gustavo Betancur con un poco de decepción.

Los grupos religiosos y algunas personas con obras sociales, empezaron a salir a las calles a dar también alimentos. Por esa razón, luego de 21 años la fundación La Merienda dejó de salir a repartir comida, para empezar un proyecto de un hogar.

Hogar Charlene

Al ver la Fundación desde afuera, se observa lo grande que es. Son tres edificaciones de ladrillo y cemento. Dos de esas tienen tres pisos y una cuatro. Cuando se entra, se siente un ambiente especial, la morada huele rico, al límpido que lo hace sentir como en casa. Se percibe muy organizada y aseada a pesar de la baja luminosidad que hay. La puerta principal es de madera, y al pasarla se encuentra de frente con el comedor y la sala. A la derecha está la cocina y a la izquierda algunos baños y cuartos.

El hogar no tiene escaleras y el paso a los diferentes niveles es por rampas para mayor facilidad en el acceso. Son 28 habitaciones en total, todas con puertas de diferente material. La de mayor capacidad es para ocho personas y la de menor, es individual. Hay 18 baños en toda la edificación separados por género y unos sin terminar. Solo el cuarto más grande cuenta con uno propio, el resto son para compartir. Igualmente esta vivienda cuenta con un salón, bodega, oficina, y esperan tener consultorio de enfermería y odontología.

El hogar está en la última fase, no se ha podido terminar por incumplimientos y problemas que se han tenido con los trabajadores. La obra fue una donación que se hizo desde una parroquia de Louisiana, Estados Unidos. Dieron un monto de 165.000 dólares, equivalente en ese momento a $364 millones, aunque a la casa se le han invertido más de $900 millones. Muchas personas e instituciones se unieron dando materiales para la construcción.

En este hogar creen en Charlene, el espíritu de una niña de Louisiana que los acompaña y por el cual la casa lleva su nombre desde el 1 de junio del 2018.  De hecho, a ella le deben milagros como curar a algunas personas de cáncer y conseguir los recursos para una parroquia nueva en este Estado americano.

Al recibir el no por parte de los habitantes de la calle, la junta directiva decidió que también iban a recibir ciudadanos provenientes de Venezuela que necesitaran ayuda por la crisis de su país. Este hogar de paso cobra $5.000 la noche por familia; incluye la habitación con camas y cobijas, el desayuno, almuerzo y la comida.

El sostenimiento mensual es de 9 millones de pesos, de los cuales tienen fijos 5 millones porque los mandan desde Estados Unidos. Los amigos y conocidos son los que hacen que los 4 millones que hacen falta se puedan conseguir. Aunque la casa está diseñada para más de 70 personas, en el momento viven 16 venezolanos y tres colombianos. La Fundación tiene un déficit de $15 millones 500 mil.

El costo diario por la estadía en Cherlene es de $5.000 por familia.

Huéspedes

Solo hasta el primero de septiembre se recibieron las primeras nueve personas. Mary Cruz Carter llegó con sus cuatro hijos el 18 de diciembre del 2018 de Isla Margarita, Venezuela. Tenía solo $50 mil. Ella es la encargada de cocinar en el hogar y hacer parte del aseo.

Ricardo Zabala solo lleva 15 días en el hogar, es de Trujillo, Venezuela. Llegó a Manizales en 2017 por recomendación de una amiga con la que trabajó en su país. Él vive con su esposa, madre y hermana en esta morada. Sin embargo, como tiene puesto de mesero en un restaurante, su idea es devolverse para el país bolivariano después de semana santa.

Por su parte, el 7 de febrero del 2019, Jaime Angulo llegó con su hermana al hogar, desde Maracaibo, Venezuela. En su país manejaba camión grande y eso la daba para vivir con lo básico. Se vino para Colombia porque su madre está muy enferma y necesita  plata para los medicamentos. Aquí trabaja en construcción y su idea es devolverse en diciembre con la plata que recoja, para la capital del estado de Zulia a reunirse con sus hijos y sus papás.

Los únicos colombianos son Mónica Miller y sus dos hijos preadolescentes. Ella es de Arauca, Arauca y llegó al departamento de Caldas el 11 de noviembre del 2018, buscando la familia de su madre fallecida. No tiene la idea de volver a Arauca, porque la crisis de Venezuela también los tiene afectados. Por ahora quiere hacer un  técnico en salud ocupacional.

Todos ellos tienen metas a corto y largo plazo, la principal es poder buscar una estabilidad económica y poderse independizar. Aunque por ahora ven la fundación como su casa.

El almuerzo es preparado por los habitantes del hogar y se da de 12:30 m. a 1:30 p.m.

Día a día La Merienda busca cómo sostenerse, los encargados de encontrar esas fuentes de ingreso son Gustavo Betancur, quien también vive en el hogar y debe responder por su hija Mariana de 15 años, y el representante legal, José Fredy Loaiza. Por otro lado, María Elena Londoño se dedicó a manejar su almacén Juguetes y Regalos por problemas familiares y económicos, sin embargo hoy hace parte de la junta directiva de la fundación aunque acepta que está muy alejada desde el año 2000.

Texto y fotos por: Miguel Alejandro Orozco Naranjo

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