Explotación laboral en mujeres de Caldas

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Hace 108 años, el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist, en Nueva York, cobró la vida 123 mujeres y 23 hombres. La tragedia significó un llamado de atención y alerta por la desigualdad en condiciones laborales de la época, y aunque el panorama cambió, hoy todavía se viven situaciones de explotación. Así lo reflejan tres casos de mujeres en su labor de alimentar a recolectores de café y campesinos en fincas cercanas a Manizales, Caldas.

La salud de doña Miriam se deterioró notablemente; por eso, después de dos décadas de trabajo en el mismo lugar, prefirió buscar su sustento con una venta de empanadas y arepas al borde de la carretera, en la vía Manizales-Medellín, sector de Tres Puertas. Doña María*, en cambio, sigue con su labor. Está cansada; sus obligaciones acumulan unas 14 horas diarias y no recibe sueldo, solo su esposo, pero teme que él pierda su puesto, por eso prefiere reservarse el nombre. Y doña Ligia, quien laboró durante toda su vida en fincas ganaderas y cafeteras, pasó sus últimos años en una silla de ruedas. Murió de cáncer de pulmón.

 

Miriam

A una hora de la capital caldense, en el sector de Tres Puertas, entre árboles frondosos y un ambiente armonizado con el canto de los pájaros, vive y trabaja Miriam Holguín Méndez, de 58 años. Hasta hace dos años, su deber diario fue preparar la comida de 45 recolectores de café, una rutina que comenzaba a las tres de la mañana y terminaba casi 16 horas después. No recibía sueldo ni descansaba los fines de semana. “Yo hacía las arepas temprano. Me levantaba a las tres de la mañana a empezar a hacer la comida para el día, mis peores épocas eran de cosecha. Trabajaba muchísimo y el dinero nunca se veía”, recuerda. Ante los constantes dolores musculares, la falta de apetito y niveles de estres tan altos, la recomendación médica fue dejar de trabajar cuanto antes.  

En este caso, según la Secretaría de la Mujer y Equidad de Género, liderada por Gladys Galeano Martínez, el problema es que la empresa contrata solo al patrón de corte (es quien coordina la recolección con los demás caficultores y supervisa la labor diaria) y dentro del acuerdo que establece con dicha persona, queda implícito que alguien se encargará del alimento de los trabajadores. “El alcance nuestro, ahí, es mínimo”, dice Galeano, porque si una mujer trabaja 17 horas al día, es difícil encontrar un horario en el que puedan brindarles un acompañamiento o asesoría legal. “Como Secretaría, hemos ido a lugares para generar conciencia de la importancia que tiene la mujer y el impacto que tiene en la sociedad; por eso se implementó la línea 123 de Equidad de Género y talleres de Mujeres al rescate en el sector rural”, complementa la funcionaria.

Carlos Buriticá Clavijo, sociólogo y director de la corporación El Faro, es hijo de doña Miriam. La historia de su mamá lo motivó a trabajar con alimentadoras. En los últimos dos años, Buriticá se ha dedicado a informar y capacitar a las mujeres que ejercen este oficio para que reclamen sus derechos. “La actividad de hacer la comida para los trabajadores de la finca debe ser reconocido como un trabajo porque se cumplen muchas características para que se considere así; por ejemplo, el tiempo y las obligaciones que ellas tienen. Además, hacen parte de una actividad productiva”, señala Buriticá.

María

Cerca de la vereda La Cabaña, a media hora de Manizales, vive María* junto con su esposo y sus dos hijos. Su casa es pequeña, de dos pisos. En el primero vive con su familia y en los bajos está “el cuartel”, como les dicen a las habitaciones donde duermen los recolectores, a quienes les cocina todos los días. A pocos metros queda la construcción principal de la finca: una casa grande de diseño típico cafetero, con dos pisos, ventanas de colores y una piscina.

Durante sus 13 años de trabajo, ella no ha recibido una remuneración fija. De hecho, en los últimos tres años, sus ingresos sumaron 600 mil pesos, derivados de los 200 mil anuales que le dieron en diciembre como regalo. Y si necesita ayuda, su esposo debe pagar una ayudante con su sueldo. Los patrones no aportan más dinero para esto.

¿Por qué las mujeres no aparecen en la nómina? Esta fue la inquietud que le surgió a Pablo Andrés Arango Giraldo, Administrador de Empresas Agropecuarias, cuando trabajó en una hacienda cafetera hace 10 años apoyando las finanzas del lugar. La  respuesta lo impactó más. La empresa proporciona el campamento y está equipada con todo lo necesario para que los campesinos y ayudantes vivan allá. “Eso es suficiente”, le dijeron. El esposo de la alimentadora, como les dicen a quienes cocinan, es quien recibe el sueldo.

“Me pareció muy injusto porque ellas están haciendo una contribución”, comenta Arango, y agrega que a raíz de dicha visita decidió hacer una Maestría en Sociedades Rurales. Hoy trabaja en su tesis de grado: Cocinas invisibles.

Ligia

Con su acento paisa, Esteban Esteban Arboleda Arroyave cuenta cómo era la vida de su mamá, doña Ligia: “Tenía que cocinar para más de 15 personas, más nosotros, que éramos 12 hermanos”. Ella se levantaba a las cuatro de la mañana a preparar desayunos. El agua era escasa; cuando no había, se dirigía a una quebrada para lavar la ropa de sus hijos y los trabajadores. Luego, debía llevar ese peso mojado hasta la casa.

En otras ocasiones, recuerda Arroyave, ella tenía que ir sola a cortar la leña y llevarla hasta la casa para ponerle al fogón. A sus 42 años, y a pesar de que se cuidaba mucho “y ni siquiera fumaba”, doña Ligia desarrolló un cáncer de garganta que se le extendió hasta el resto del cuerpo. Seis años después, falleció.

En el tercer piso del Edificio Cumanday, en el centro de Manizales, está la sede del Ministerio de Trabajo en Caldas. El director territorial, Álvaro Jiménez Caicedo, asegura que dicho Ministerio no tiene indicadores del trabajo rural. “Nosotros tenemos espacios de conciliación y de inspección para las empresas”, explica Jiménez y añade que las sanciones por infringir los derechos laborales de las personas pueden alcanzar los 500 salarios mínimos legales mensuales vigentes. “Desafortunadamente, por los recursos, estos funcionarios no se pueden trasladar a veredas; por lo tanto, todo se dirige a la parte urbana. En la parte rural estamos fallando”, concluye.

*Nombre cambiado

 

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En el puesto 10

De acuerdo con el reporte del 2018 de The Global Slavery Index, que proporciona una clasificación país por país del número de personas en esclavitud moderna, Colombia ocupa el puesto 10 con una cifra de 2.73 por cada 1.000 personas, para un estimado total de 131.000 en esclavitud. Los primeros puestos los lideran Venezuela, Haití, República Dominicana y Cuba. Les siguen Honduras, Trinidad y Tobago, Guatemala, Nicaragua y Barbados.

Texto: Alejandro Hilarión Moncada

Foto portada: Tomada de Caracol Televisión

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