Del Everest al Kilimanjaro

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Ana María Giraldo Gómez es una manizaleña de 39 años, ingeniera industrial de profesión y deportista de vocación. Asegura que su dedicación como montañista mezcla su amor por el deporte y la naturaleza”. Ella conversó con el periódico Página sobre las cimas a las que ha llegado y las hazañas para lograrlo.
Desde pequeña, sus papás incentivaron las que serían grandes pasiones. La naturaleza, porque vivió largas horas de caminatas junto a sus hermanos por las montañas cerca de Villamaría (Caldas), donde vivió, y el deporte, porque en ese tiempo sus padres querían que disfrutara su tiempo libre, entonces estuvo en patinaje y natación.

Comenzó a hacer montañismo en 1999 con la Liga Caldense de Montañismo y Escalada, e inició a subir con las personas que para esa época desarrollaban esta actividad en Manizales como aficionados. El tener un hermano líder de montañas la animó a subir los tres picos del Parque Natural Nacional de los Nevados: el Nevado del Tolima, el Nevado de Santa Isabel y el Nevado del Ruíz varias veces.
Así empezaron las carreras de aventura. “Para el 2001 conocía varios de los participantes de la expedición Everest de ese año. Los primeros colombianos que habían llegado, me los presentaron en el parque los Nevados, y en el 2002 me llamaron para acompañarlos en la expedición 7 cumbres, para escalar el Monte Aconcagua en el 2003”, dice.

Cima del Kala Patthar 5.643 en 2018 despues de llegar al Campo base del Everest.

Cada cima, otra vivencia

Para Giraldo, todas las cimas son importantes, cada una con sus paisajes, ecosistemas y desafíos. “Implicaron esfuerzos en diferentes áreas. Para mí, todas las montañas son diferentes, unas son muy técnicas, otras más frías; entonces, si yo tuviera que escoger una, realmente no podría”. Pero si de recuerdos se trata, el bosque previo antes de llegar al Kilimanjaro es, quizá, uno de los más hermosos que ha visto en su vida; le siguen el amanecer en el Everest y los particulares campamentos que construyeron en Alaska, con muros de hielo.
El Everest, en especial, lo recuerda como una situación muy dura. Cuando alcanzó los 7.920 metros de altura, faltaban horas para el siguiente campamento. “Fue una parte de la ruta en la que estaba sola -comenta Giraldo-. El cansancio hace que uno piense que la situación ya está muy complicada”. En ese momento, el recuerdo de sus papás le ayudó, “ellos habían prometido enviarme todas sus fuerzas”. Lograr dicha cima representa una experiencia
de la que solo tiene gratitud. “Es increíble que mis pies me hayan llevado hasta allá”, dice.

Premios de patrocinadores locales y nacionales y reconocimientos presidenciales hacen parte de la lista de Ana María Giraldo. Y aunque nadie lo supo, no hubo medalla ni fotos, la distinción más significativa la que recibió en un taxi. Un día estaba en Villamaría (Caldas), se subió al vehículo y el taxista le preguntó que si era una de las colombianas que llegó al Everest.
“Me pareció muy bonito porque el señor estaba muy contento de tenerme en su carrera. Me contó que la esposa, cuando vio la noticia, lloró de la emoción”.

Para quienes deseen seguir este camino, la deportista recomienda empezar escalando montañas cercanas, entrenar la mente y el cuerpo, ser disciplinados y buscar aliados. Lo más importante, subraya, es disfrutar. “No dejarse vislumbrar por la llegada a la cima. Hoy todo el mundo piensa en retos y marcas y pierde el propósito principal de la montaña: es un espacio con uno mismo y con las personas que uno se encuentra”.

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