¿En dónde me metí?

UMCentral

María Isabel Moreno Muñoz 

maria.moreno1@udea.edu.co

Periódico de la Uribe – U. de Antioquia 

“¡Vamos! Vamos que hoy hay que meterle pata…pata, güevas y corazón”, dijo Antonio Reyes, líder del equipo de derechos humanos de los Caminantes de la Montaña. Me miró, soltó una bocanada de humo y sonrió. Ese día, 27 de noviembre de 2018, llegamos a Bogotá después de un recorrido de once días. Antonio sabía muy bien lo que nos esperaba. Yo estaba nerviosa, ansiosa y enferma. Habíamos pasado de soportar el calor del Magdalena Medio a
padecer el frío de la sabana de Bogotá. Esa mañana había vomitado todo lo que entraba a mi cuerpo, tenía ampollas en los pies y cansancio acumulado. A las cinco de la madrugada no sabía con qué fuerzas iba a caminar; dos horas después ya estaba lista para iniciar el último tramo de esta travesía.

Una asamblea permanente declarada el 23 de agosto de 2018 por los profesores de la Universidad de Antioquia, debido al impacto en sus ingresos a causa de la reforma tributaria de 2016, desembocó en
el paro nacional indefinido declarado el 11 de octubre por profesores y estudiantes. El tema central: el desfinanciamiento de las instituciones públicas de educación superior. Solo en la UdeA, el déficit acumulado asciende a los 181.528 millones de pesos; a nivel nacional, la deuda del Gobierno con las treinta y dos universidades del Sistema Universitario Cómplices Estatal (SUE) es de 18.2 billones de pesos.
Por esta razón, un grupo de estudiantes impulsó una caminata que partió desde Medellín el 17 de noviembre de 2018 y que llegaría el 28 de noviembre a Bogotá, donde caminantes de todo el país harían
presencia y el movimiento estudiantil saldría a las calles en defensa de la educación superior pública.
Antonio nos preparó para el peor escenario: “Apenas ustedes crucen ese puente del río Bogotá están en manos del Esmad”. Nos podrían lanzar gases lacrimógenos o bombas aturdidoras, intentarían dividirnos, dispersarnos y, lo peor, tendríamos que correr. No muchos estaban en las condiciones para hacerlo después de dos semanas en carretera. Antonio no soltaba su cigarrillo, luego de una larga expulsión de humo lanzó otra frase con su voz gruesa: “Dejen la ingenuidad, esto es serio, muchachos”.
Cada caminante de la montaña llevaba un distintivo. Era un retazo triangular de tela blanca amarrado al brazo izquierdo que rezaba “Caminantes de la Montaña Medellín-Bogotá 2018”. También dos tiras
amarradas a la muñeca izquierda, una azul y otra verde. Para mayor seguridad, el grupo se dividía en tríadas, pues sería más fácil darnos cuenta si faltaba un compañero en la tríada que si faltaba en un grupo de casi setenta integrantes. Cada tríada iba equipada con vinagre, leche, trapos y los números de
celular del personal de derechos humanos. Al grupo lo podrían dispersar, dividir, separar, pero a las tríadas… jamás. Así iniciamos nuestro último tramo desde Funza hasta la Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá.

Nunca antes había estado inmersa en el movimiento estudiantil. Asistía a las asambleas, votaba, estaba actualizada sobre el debate, hacía presencia en las marchas, pero no participaba de algún comité, vocería o delegación. Las noticias de los últimos días me hicieron preguntarme por aquello que ocurre dentro del movimiento social, es decir, cómo se organizan, planean y ejecutan sus actividades. Estaba cansada de ver y escuchar que el debate en los medios de comunicación se redujera a los encapuchados y a la violencia. Entonces lo decidí. “¿Qué se va a ir usted por allá a desgastar el cuerpo? Eso ni los atletas”,
decía mi papá mientras me llevaba en su taxi a encontrarme con los otros caminantes. Yo no sabía qué responderle porque sentía miedo, pero recordé las palabras de mi mamá: “Hija, te voy a adelantar el regalo de cumpleaños, te regalo la libertad”.

Libertad, sí. Después de conversar con varios compañeros concluimos que esto ha sido lo más libre y rebelde que hemos hecho en nuestras vidas. ¿Cómo llegamos hasta acá? Por el link de un grupo de WhatsApp publicado en Facebook. Cristian Ortega, Fanny Uribe y Dalp León, miembros organizadores de la caminata, programaron reuniones una semana antes en la que se concretaron asuntos logísticos como la fecha de salida y llegada, la ruta, los recursos económicos y materiales. Debimos enviar una lluvia de cartas para informar a las alcaldías de dieciocho municipios sobre nuestro paso o estadía por su territorio, además de solicitar acompañamiento de la policía en esas regiones.

Cada caminante comenzó el trayecto con $50.000 en el bolsillo, durante el recorrido esperábamos conseguir el apoyo necesario para llegar a Bogotá. Los organizadores confiaban en la generosidad de los profesores y en los aportes que recolectáramos a partir del cubrimiento de nuestro recorrido por redes sociales. A medida que el grupo avanzaba por Guarne, Marinilla o El Santuario, los videos y las fotografías en carretera de los caminantes se compartían por Facebook. La caminata también ocurría en las redes sociales y no dimensionábamos lo mediáticos que éramos. Esta vez el movimiento estudiantil aprovechó las plataformas digitales para comunicar de forma más creativa la protesta. A partir de este despliegue, el debate sobre el desfinanciamiento de las universidades públicas se instauró en la agenda mediática y el país empezó a hablar sobre educación. Íbamos en fila india, en parejas o en tríadas. Paso a paso. Con un ritmo que variaba entre cuatro y seis kilómetros por hora según el momento del día, el clima o la topografía. ¿Qué nos animaba a levantarnos a las tres de la madrugada a caminar? ¿Era pasar
por los pueblos y escuchar los pitos de los carros? ¿Era hacer pedagogía sobre el problema de las universidades públicas? ¿Era una meta individual? ¿Era una meta colectiva?

Un movimiento social, el estudiantil en este caso, es diverso y existen múltiples disensos entre sus integrantes. Los caminantes no éramos la excepción. Dialogábamos en asambleas y, aunque muchas veces llegábamos a consensos, la incertidumbre y la duda siempre estaban presentes, como si fuera una característica propia del accionar colectivo. Si bien la caminata nos convertía en noticia, ¿en dónde
quedaba la pedagogía? Estos planteamientos motivaron una asamblea de cuatro horas en un corredor de un colegio en Villeta, Cundinamarca. Era la política del conflicto, mientras algunos villetanos nos interrumpían para regalarnos comida y palabras de aliento. Pero también era la política del consenso, ese estar juntos y trabajar unidos por una misma causa incluso en medio de nuestra diversidad.

La caminata y la pedagogía debían ser un complemento. La primera como acto de resistencia, libertad, dignidad y rebeldía; la otra como herramienta para sensibilizar a la población y ganar más simpatizantes para el movimiento estudiantil. Eso lo decidimos en la asamblea. Fuimos puerta a puerta para informar
a la gente en los pueblos y en las carreteras, entramos a las plazas de mercado y conversamos con los campesinos, hicimos plantones en los parques de los municipios, pintamos trapos con los niños, bailamos el Taki Taki por la educación, inventamos arengas navideñas… hasta participamos de una santa misa por la universidad pública.
Así como era mi primera incursión en serio en el movimiento estudiantil también lo era para muchos caminantes. “Estar en eso es de marihuaneros izquierdosos”, se escucha una y otra vez dentro y fuera de la Universidad. Yo no podría reafirmarlo. Reducir la complejidad de la lucha estudiantil a esas dos palabras cae en la estigmatización.

Durante el camino, cuando estábamos entre el asfalto y los árboles, entre las montañas y los caminos, un compañero escuchaba el Réquiem de Mozart o Las cuatro estaciones de Vivaldi. Uno más inventaba arengas. Otros dos conversaban sobre el gobierno a partir de la teoría política de Schmitt o Rousseau. Y otros cuantos compartían la experiencia de lucha que habían tenido en sus resguardos indígenas.
Caminábamos de ocho a doce horas diarias distancias entre treinta y cuarenta kilómetros. Al llegar a los pueblos solo queríamos descansar, pero el ánimo de los profesores y estudiantes nos mantenía de pie para continuar con la marcha, cantar arengas y despertar con estas a los habitantes de cada lugar por donde pasamos.

Un letrero en medio de la carretera nos avisó que ya estábamos en Bogotá. A mi alrededor solo se veían sonrisas de satisfacción. Después de una caminata que atravesó cuatro departamentos logramos llegar a la Universidad Nacional de Colombia. No nos recibió el Esmad, sino un grupo de aproximadamente treinta policías que iban atrás y a los costados de la marcha. Para lo que llamábamos “La gran toma a Bogotá”, el 28 de noviembre, ya habíamos recibido recomendaciones de los estudiantes. Por su experiencia, sabían que era suficiente cantar una arenga referente al Esmad o a la Policía para que ellos
nos atacaran. Sabían que los policías que iban en moto eran de cuidado, porque intentarían dividir o cambiar la ruta de la marcha. Advirtieron que el helicóptero, con sus luces y su ruido, era un fuerte distractor que daba paso al ataque de la fuerza pública. Advirtieron que el Esmad nos provocaría golpeando sus escudos o botas con el bolillo. Protestar en la capital del país era otra historia.

El 28 de noviembre no había iniciado la movilización y la policía ya había detenido a un estudiante. A pesar del miedo y de la expectativa, el ambiente en la salida de la Universidad Nacional era el de un carnaval. La hilera de policías a ambos costados de la vía parecía sin inicio ni final y en algunos lugares estratégicos nos esperaba el Esmad o nos vigilaba el helicóptero.
“Pata, güevas y corazón”. A pesar de lo machista de la idea, esa frase me hizo sentir como si me prepararan para la guerra y como si yo, de acuerdo con dicha metáfora, no tuviera los ovarios para estar en ella. Me hizo asimilar que la represión en Colombia es tan real que nos puede dejar sin ojos o sin vida. Y que a pesar de que en municipios como Guaduas o Villeta, la Policía, la Defensa Civil, la Cruz Roja o los bomberos nos recibieron con los brazos abiertos, en Bogotá no sería igual.

¿En dónde me metí? Me pregunté cuando un grupo de personas que apenas conocía hace unos días dejó de cantar arengas para cantarme el cumpleaños; cuando sonaba La internacional y al mismo tiempo algunos aceptaban su neoliberalismo; o cuando miraba los zapatos desgastados y vendajes por montón. Así fue hacer parte del movimiento estudiantil que logró, a mediados de diciembre, un acuerdo por 5.85 billones de pesos, que no resuelven los problemas de fondo pero le dan un respiro a la educación superior pública en Colombia.

 

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