Fue tomada por Marisol Aranzazu Góez.

Relatos de la guerra: el rostro femenino dos victimarias de las Farc

Página UMCentral

 

Universidad Católica Luis Amigó
Periódico Sextante

 

Susana Martínez y Claudia Díaz, excombatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Farc -, relatan historias opuestas. Dos polos y experiencias de vida diferentes, pero con un factor común: de la guerra desde sus 12 y 16 años.

Con la ilusión de ver dónde estaba sepultado su padre, asesinado tiempo atrás, Susana Martínez narra que con solo 12 años de edad fue engañada y reclutada por las Farc en la vereda Monos, de Frontino, Occidente de Antioquia. Como ella, existen niños y niñas que con mentiras son reclutados y llevados a la selva; deben olvidar a su familia y aprender a empuñar un arma. “La edad más apetecida para reclutar menores eran los 14 años”, afirma Susana, aunque había niños que hacían parte de la guerrilla desde los 10 años.

Rodrigo Martínez, campesino de 89 años y abuelo de Susana, recuerda claramente aquel día en que su nieta salió, sin saberlo, al encuentro con el horror de la guerra: “Ella se fue como siempre a las cinco de la mañana para el colegio, con su almuercito, pero en la tarde-noche no llegó, y nos pusimos a buscarla. Como a los cuatro días algo olía muy fétido y encontré al lado de una puerta el bolso de mi muchacha con más moho que comida. Nunca supimos quién lo dejó ahí”.

Claudia Arias, compañera de campamento de Susana, entró a las Farc por voluntad propia: “Me fui a los 16 años porque me gustaba el tipo de mujer que había allá y quería ser como ellas; estaban cerca de mi casa, les dije que me quería ir con ellos y me subí a su camioneta”.

 

La vida en el campamento

Claudia afirma que el campamento tenía un reglamento: “Es como usted en su casa, lo que digan sus papás y ya; se cumple con un turno de guardia, se aprende a cocinar y le enseñan a vestirse, le leen a uno lo que debe y no debe hacer y se sanciona hasta una palabra soez”. Allí tuvo la oportunidad de estudiar enfermería y ayudar a muchos compañeros: “Nunca se me murió ni uno y me siento orgullosa porque salvé a un compañero que pisó una mina, quedó sin piernas, pero está vivo por mí, a veces me llama y me dice que soy su segunda mamá”.

Claudia considera que quienes llegan a la guerrilla es por voluntad, que no se ve a nadie forzando o maltratando a otro: “Allá le dan a uno tres meses para adaptarse al régimen que tienen, si uno no está de acuerdo se puede ir,pero si se pasa de ese tiempo se tiene que quedar, porque para ellos uno ya sabe mucho y el riesgo de delatarlos es alto; estar en la guerrilla es como pertenecer a cualquier organización con la diferencia de que esta sí puede atentar contra la vida de una persona”.

Por su parte, el testimonio de Susana es contrastante. Ella es enfática en asegurar que muchas de las mujeres fueron engañadas o forzadas a estar allí y que además fueron violadas, golpeadas y maltratadas psicológicamente. “Yo creo que a mí no me fue tan mal, porque desde los 15 años fui la mujer de uno de los comandantes, y la mayoría del tiempo la pasaba en la guardia; de todas maneras es inevitable recordar que me obligaron a abortar a mi primer hijo; hoy tendría 14 años”, revela con la voz entrecortada.

Las mujeres en la guerra

Las historias de Susana y de Claudia responden a situaciones de vida sumamente distintas; su único factor común fue haber engrosado las filas de una guerrilla que hoy dejó las armas para reinsertarse a la vida civil. Jenny Marcela Acevedo, docente de la Universidad Católica Luis Amigó e investigadora del proyecto “Trayectorias de construcción de ciudadanía en el proceso de reincorporación de mujeres excombatientes de las Farc”, asegura: “en la guerra no hay binarios, no hay buenos ni malos, blancos o negros, hay unas zonas grises, porque tanto gobierno como instituciones opinan mucho, pero, ¿qué pasa con los testimonios e historias de las mujeres excombatientes? Importa aclarar que se trata de un asunto complejo, que tiene unas raíces y situaciones diferentes que llevaron a estas mujeres a participar en la guerra”.

Las mujeres durante la guerra asumen un rol muy fuerte en cuanto a sus capacidades físicas; como no existe equidad de género, todos debían trabajar por igual y estas mujeres asumían en todo momento esa exigencia. Por eso, el prototipo de la excombatiente es de una mujer robusta, físicamente fuerte, poco expresiva y bastante ruda, dice Acevedo.

Reinserción civil

Para Susana, las ganas de tener una vida normal y el añorar en todo momento a su familia, la llevaron a tomar la decisión de fugarse de la guerrilla a sus 22 años junto a dos compañeros más: uno se devolvió por miedo, mientras que el otro siguió con ella hasta llegar a un pueblo cercano a la ciudad. Susana continuó su camino hacia Medellín sin saber muy bien adónde llegaría; tenía grabado en la mente el número telefónico de su padrastro; cuando pudo se comunicó con él: ese fue el primer contacto con su familia. “Cuando yo era pequeña, mi mamá llamaba mucho al papá de mi hermanita; me aprendí ese número y nunca lo olvidé; cuando llegué a Medellín rezaba porque ese señor no hubiese cambiado el número”.

Mientras tanto, Claudia se encontraba en combate y en un momento se quedó sola; por eso, el ejército la capturó y después la justicia se encargó de hacer el procedimiento de reinserción a la vida civil. “A mí porque me capturaron y no tenía más opción que acompañar a los soldados, pero si tuviera la oportunidad de volver a las Farc lo haría; porque no es una organización mala como la pintan los canales de televisión, lo que pasaba era que como allá no había medios de comunicación, el gobierno nos hacía ver como los malos y no era así”.

El fiscal John Jairo Hernández afirma que “cuando una persona de las Farc se entregaba voluntariamente, la llevaban a una guarnición militar para interrogarla y así establecer el frente del cual procedía; luego era acogida por un grupo de ayuda humanitaria para vincularla al proceso de reinserción civil. Posteriormente se procedía con la investigación, comenta el fiscal al explicar cómo se desarrolló el procedimiento legal de Susana.

Con respecto al caso de Claudia, el fiscal Hernández dice que, al ser capturada en flagrancia, ella “debió ser presentada ante un juez de control de garantías para legalizar el procedimiento como capturada; por último, la fiscalía se encargó de imputarle cargos de acuerdo con la información que esta presentó ante ellos”. Claudia confirma que de esta manera logró reincorporarse a la vida civil una vez recibió ayuda psicológica y humanitaria por parte del Estado.

Tanto Susana como Claudia surtieron sus respectivos procesos legales de reinserción civil; cada una hizo su vida. Susana en la actualidad tiene un hijo de siete años, vive con él y su marido en el norte de Medellín; terminó su bachillerato y ahora trabaja en una fábrica de arepas. Entre tanto, Claudia terminó sus estudios secundarios, procura darles una crianza adecuada a sus dos hijas pequeñas y vive con su novia hace dos años en Medellín. Ambas mujeres, ya lejos de la guerra, miran con esperanza la construcción de sus propios proyectos de vida.

*Los nombres de las protagonistas fueron cambiados para proteger su identidad.

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