La vanidad bajo Aquiles

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La tierra vibra y los pies lo sienten. El mundo ingresa al cuerpo a través de ellos. Se transforman, cambian con el andar. En la mujer los pies son carrozas, pasean la feminidad, la dureza, la grandeza y el donaire.  

También la vanidad que se abraza a ellos, cada tanto, de forma dolorosa. Quiere elevarla a cualquier costo sobre un tacón. Arremete contra la estructura detrás de la máscara de la belleza. Desde las alturas vive el glamour. Paga el precio: en la ostentación está el sacrificio. 

Un tacón para comerse al mundo: La pierna se ve alargada y torneada. Mientras camina los ojos no se apartan. Paso a paso se alimenta al ego. Tic, toc, tic, toc… se repite el cascabeleo de tacón en el suelo al avanzar.

Que desde allí se aprecia todo el reino, dicen las que caminan y sonríen. Ni una mueca de desagrado. Pasan horas allí arriba. Un paso y luego otro. Otros ojos las observan, pero los suyos miran hacia el frente. La punta del pie, ahora saeta, indica la ruta. Los dedos se funden en un pequeño triángulo.

Los tacones, los de aguja, son capullos fecundos en donde vive el dolor, en donde la vanidad y la incomodidad se toman de la mano. A todo se acostumbra el cuerpo… incluso a ello. Cuando el arco no es propio, el pie no se nivela. Cuando el tacón tiene medio palmo, se hace difícil andar. El tobillo, la pantorrilla, la rodilla y la columna pagan el precio de la belleza.

Llega la noche y el descanso. Ya pueden tirarse a un lado. El cuerpo vuelve al piso. Siente el mundo, lo reconoce. Vibra con él. Descansa hasta el siguiente ascenso.

El talón de Aquiles: Montado sobre el filo del tacón va el talón. Puede apoyarse poco, no hay mucho espacio para hacerlo. Ni adelante ni atrás. Ni a la derecha ni a la izquierda. Justo ahí, en el centro, sin moverse. Tal vez espera que no se clave y que no sangre. Podría bajarse, sin embargo, el riesgo de perder el paso es mucho.
La medida del dolor: Elegante es empinado. ¿Quince, veinte centímetros? La pantorrilla debe formar una bola cerca de la altura de la rodilla, pero atrás de la pierna. El dedo gordo recibirá la mayor parte del peso y el pequeño cuñará a los otros cinco en la punta. Todos apiñados como hermanitos mirando el suelo.

 

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