Hollywood, el niño asustado que extraña su monopolio

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En el Festival de Cannes 2018 participaron dos películas en las que Netflix había sido máximo colaborador en temas de producción. Entre reparos y polémica, varios de los directores nominados, jueces y críticos, opinaron que estas no debían ser seleccionadas porque nunca se habían estrenado en una sala de cine.

El argumento caló y la organización del Festival decidió vetar, indiscutiblemente, cualquier producto audiovisual que no haya sido presentado en un teatro. Pero con el futuro fílmico en sus manos, la respuesta de Netflix fueron 13 nominaciones de dos películas en el que es, quizás, una de las premiaciones cinematográficas más conocidas en el mundo: Los Oscar (The Academy Awards).

Hasta enero del 2019, la mencionada plataforma de video consiguió poco menos de 140 millones de suscripciones pagas, lo que, tras 22 años de su creación, lo posicionó en el nivel de las mejores productoras mundiales y le garantizó una inversión de 8 mil millones de dólares (en el 2018) para contenido original.

No es para menos, la distribución y producción de películas de alta calidad, el poco valor de su servicio, en comparación con el tradicional, y la facilidad en la que ofrece esto, ha puesto tras las cuerdas a Hollywood o, mejor, al sector de productores que su nombre representa.

Los críticos vetaron la producción de Netflix en países europeos -caso Francia-, a través de leyes; los excluyeron de significativos eventos en la industria -caso Cannes- y celebraron cuando algún director reconocido prefirió quedarse con un sistema tradicional -favorecido por la producción mediocre- en el que el dinero se cuenta por encima de la gama artística y en el que la concepción de audiencia se toma como carne útil de mercado.

Se comportan, en conclusión, como un niño al que se le quitó su dulce, como la empresa a la que han arrebatado el monopolio fílmico y que alcanza solo a reaccionar con pataletas de pequeño asustado.

Pero, ¿qué esperaban? En los pocos casos en los que Netflix ha podido trabajar con grandes autores, tales como Alfonso Cuarón -con su guión original Roma-, la productora ha tenido los recursos suficientes para crear maravillas audiovisuales, les ha dado la libertad con la que todavía sueñan los directores de Hollywood y ha creído en las historias más arriesgadas. ¿El resultado? las ya nombradas 13 nominaciones al Premio Óscar con La Balada de Buster Scruggs -en dos categorías- y Roma -en 11 de ellas. Esta última terminó llevándose a casa tres estatuillas por mejor película extranjera, mejor director y mejor fotografía.

La industria fílmica tradicional, sin una legitimidad comparable a la de Netflix, atrasada en caprichos capitalistas y cada día menos conectada con su audiencia, tiene entonces dos opciones: resistirse y esperar a que la revolución digital acabe definitivamente con sus caprichos, o retractarse de sus ideas anacrónicas, aprovechar el cambio de plataformas para revitalizar su estilo y competir con calidad y arte a las plataformas que, como Netflix, vienen en camino.

 

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