70 años gritando ¡gol!

UMCentral

Rosa Arango tiene 82 años. Es morena, ojos color café, cabello corto pero con pocas canas. Nunca tuvo hijos. A los 12 vio su primer partido de fútbol profesional, ahí nació su pasión, su papá la llevaba a ver al Deportes Caldas, celebró el primer título del equipo aunque con los años esos recuerdos se han diluido lentamente. Esperó 53 años para ver al Once Caldas campeón. Lleva 7 años esperando una nueva final, luego de que, desde el punto penal, el Junior le quitó al ‘Blanco Blanco’ la posibilidad de celebrar otro campeonato.

Ahora se prepara para ver al amor de sus amores enfrentarse con el Rey de copas, el Atlético Nacional por la Copa Águila, una final inesperada porque un año antes el Once estaba cerca del descenso.

La mañana comenzó fría y sin mucho color. En un día como hoy Rosa recuerda cuando Once Caldas obtuvo la Copa Libertadores en el 2004, su más grande alegría. Puede ser buen agüero.

Pocillos con elementos del equipo y pequeños detalles que delatan su pasión acompañan la casa de esta manizaleña. A las 10:30 de la mañana nos encontramos, viste una sudadera y la camiseta del equipo, madrugó para poder salir a las 3:30 a ver a su equipo. “Desde temprano le estoy pidiendo a Dios que todos los jugadores salgan bien, tanto los del Once como los de Nacional”, dijo Rosita. Y señaló que siempre ha pedido ganar, y aunque a veces eso no pase, ella continúa tranquila, pues ya ha visto al equipo en sus mejores momentos.  

A la hora de la salida se puso en el cuello la bufanda que siempre la acompaña. Lleva más de 50 años asistiendo al estadio, llueve, truene o así el equipo esté en sequía. Generalmente va sola.

Le pregunté por el almuerzo y dijo: “Casi ni me pasó. Hace mucho no estaba tan nerviosa”. Por muchos años asistió a norte pero su familia le pidió que, por seguridad, cambiará de tribuna. Llegamos a las 3:30 de la tarde, hicimos fila, pasamos la puerta y nos entregaron una bandera. Hoy decidió ir a oriental para llegar más rápido al sector del Cable, ya que su artritis y la osteoporosis le dificultan la movilidad.

La tarde se pasó muy lento. Llovió muy fuerte, nos cambiamos de puesto. La emoción y la ansiedad eran latentes. Los hinchas del Nacional poco a poco fueron llenando su tribuna, empezaron a corear. Rosa confesó que estaba asustada, pues sabía que era riesgoso estar ahí, cerca de la tribuna del contrincante pero no se iba a perder esta final. No sabía cuántas más iba a alcanzar a disfrutar.

Llegó el bus del equipo y las banderas empezaron a moverse, sus ojos brillaban, ella cantaba al unísono con los demás hinchas. Mientras llegó la hora, Rosa se tomó solo un tinto, hacía frío y los nervios no la dejaron comer.

6:55 de la noche. Salieron los equipos y un par de lágrimas se le escaparon. No pudo contener la emoción. Cantó los himnos con mucho orgullo, pero el conteo del uno al once lo gritó. Pitazo inicial, audífonos al oído para escuchar a Carlos Eduardo Ríos en los Dueños del Balón de Caracol radio y no dijo nada más. Su mundo era Once Caldas – Nacional.

El primer gol de la visita llegó y la frustración se sintió en el ambiente pero Rosita no dijo nada, solo tomó con fuerza su rosario. El primer tanto del Once lo gritó como si no hubiera un mañana, se emocionó y saltó. “Si esto sigue así, me voy a morir, pero me muero feliz”, expresó.

Llegó el medio tiempo, analizó el partido. No estaba fácil, sabía que el equipo estaba mal, pero que creía que si Juan Pablo Nieto, Juan David Rodríguez y Diego Arias se unían, era del Once.

Nuevo gol, segundo de Ricardo Steer, el ambiente mejoró. Ella aplaudía y cantaba al son del Holocausto. Nacional tomó las riendas del partido, Rosa se puso inquieta y me dijo: “Nos van a empatar y si nos descuidamos, perdemos”, ahora la nerviosa era yo. Me calmó al decir que los 50 años yendo a fútbol la habían vuelto fuerte para eso.

“Si jugamos como hemos jugado todo el semestre, esto es nuestro. No se desanime, que Dios sabe que esto se lo merece el Once”, aseguró con la esperanza que muchos perdimos.  

Lentamente salimos del estadio, en ese momento de introspección en el que se pide al universo que se haga el milagrito y el equipo gane de nuevo, ahora en Medellín. “El sábado y el jueves eso es nuestro. No se preocupe y cambie esa cara. Nuestro equipo merece ser campeón”, me dijo al despedirse, antes de montarse a un taxi.

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