En Neira la peluquería sin nombre

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Un cuchillo de matarife atraviesa los pocos huesos que aún quedan sin romper en el cráneo de un buey. Con golpes secos que se pierden en el fondo se camina por la galería de Neira. Entre vísceras, molinos y congeladores, que generan un olor que provocan taparse la nariz, además de restaurantes y dos tabernas, está María Dolly Bermúdez, la única peluquera de esta zona. En marzo cumplió 16 años allí.

En el sitio, de unos dos metros de largo por unos 70 centímetros de ancho, hay dos sillas vino tinto, una para el cliente y otra para el que espera; una silla Rimax azul, y dos bancos del mismo color, seguramente de la misma fábrica.

Dolly calza botines color café, que dejan ver sus uñas rosadas, el mismo color que el de las uñas de sus manos. Normalmente  va en tacones porque con sus casi metro con 50 centímetros le es difícil llegar a la cabeza de muchos de sus clientes.

Abre de viernes a domingo porque en semana la galería es “muy muerta”, y porque desde hace 2 años se mudó a Manizales con dos de sus tres hijos. “Mi exesposo vendió la casa y mis hijos me dijeron que me fuera, pero a ratos me dan ganas de volver”, dice.

Amanda, a quien cariñosamente Dolly llama Mona, lleva tres años como clienta fiel del cubículo,  le propone que se devuelva, porque en Neira todo es muy bueno.

Encima de la silla del cliente oscila un bombillo amarillo, amarrado por un cable tan delgado como un pitillo. Dolly le aplica un tinte color rubio medio a la Mona. Es la única clienta a la que le presta ese servicio ya que los médicos le prohibieron manipular esos químicos. Sufre de presión alta.

Amanda, una mujer dicharachera, campesina, de ojos verdes que no reflejan sus casi 60 años, explica la vida de Dolly. No se reserva halagos: es  la mejor peluquera de la zona,  cobra muy barato y los clientes la buscan. Le corta el cabello hasta al alcalde, Marino Murillo.

“Yo nunca voy a traicionar a doña Dolly”, confiesa Amanda.  Sus  clientes fieles van llegando “graneaditos”. Aunque desde que el precio del café cayó por debajo de los 700.000 pesos son menos. “Hoy ha sido un día de mercado duro”, dice la peluquera. Viste coquetamente con una minifalda de jean con flecos y agujeros, un chaleco negro con dos botones y líneas naranja, y una blusa negra atiborrada de corazones también rosados, color que se repite constantemente en esta peluquería sin nombre.

Su cabello rojizo, que llega hasta los hombros, contrasta con los ojos azabaches y un collar de perlas de fantasía con una medallita de la virgen que conecta con un Cristo colgante. Dos imágenes que también se repiten en una pared.

Al terminar con el tinte, entra don Efrén, el esposo de la Mona, un cafetero. “Llevamos de ahorcaditos 34 años”, indica Amanda. Le pide a Dolly que le corte el cabello a su esposo porque “se ve feo, como enfermo”, y a ella le gustan los hombres bonitos y elegantes.

Mientras Amanda se queja de lo difícil que es la vida del campesino y de cómo los ha olvidado el Estado, Dolly termina de motilar a Efrén.

La peluquería de Dolly parece una jaula. Está llena de mallas y cuenta con cinco afiches: cuatro de mujeres y uno de hombre, modelos, ninguno colombiano y ninguno parecido a sus clientes. Son calendarios del 2017.

En ese espacio, su hijo Julián Andrés, hoy de veintitantos, aprendió desde los 14 el oficio. No le gustaba, se aburría, cuenta Dolly. Crió a sus hijos sola. Ahora, gracias a lo que aprendió, Julián trabaja en otra peluquería a unas cuantas cuadras de la galería.

Hace dos años casi le cierran el negocio a Dolly. El inspector de salud le notificó que estaba infringiendo algunas normas y que debía hacer modificaciones. “Me dijo que ellos me ayudaban, que no querían cerrar el negocio después de tantos años”. Sus clientes hablaron con el alcalde, quien también frecuenta sus servicios y le ayudó. Ahora tiene más espacio, su propio lavamanos y lugar para tres plantas: una penca de sábila para llamar la suerte y dos dólares, para el dinero.

Por el servicio de Dolly, don Efrén le paga 24 mil pesos. $20 mil del tinte y $4 mil  del corte. “A la Mona le cobro barato porque es muy amiga y me hace mandados, a otro le cobró 50, aunque igual aquí todo es muy barato”, explica la peluquera.

La peluquería no tiene nombre. “Alguna vez pensamos en ponerle, pero quedó en eso”.

-La peluquería de la señora bonita, dice entre carcajadas Amanda.

Luego afirma:

-Peluquería la de nadie, porque nadie sabe cómo se llama.

Entre las risas generadas por los comentarios de la Mona, se acerca un hombre mayor, de unos 70 años. Su lengua sale de manera desordenada de la boca lo que hace difícil entenderle, tiene problemas del habla.

“Siga mi rey”, lo saluda Dolly con familiaridad. “Hágale corazón”, se sienta el hombre, quien viste una chaqueta azul, se quita la gorra, y un morral terciado. Es canoso y tiene coronilla y entradas, está cerca de quedarse calvo. Dolly prende su máquina. Y así sigue el día de la única peluquera de la galería de Neira.

*Docente Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la U. de Manizales. Director de UniDiario.

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