Historias de quienes no leen

Feria del Libro Manizales

Foto tomada de cesardacol.blogspot.com

Leer es una pasión para unos, una obligación para otros. Buscamos en Manizales personas que no leen y encontramos a las siguientes:

A ciegas en la lectura

Juan David Quintero tiene veinte años y severos problemas de visión a causa de unas cataratas que padece desde hace unos años. Hoy cursa grado once en el Instituto Integrado La Sultana. Llegar a este grado fue todo un desafío, pues pese a su dificultad para ver, no podía ser preponderado en su salón de clase. Por eso descubrió un método para entender los temas de sus materias. Como era evidente que era en vano hacer un esfuerzo para leer de la misma manera que sus compañeros de clase, este joven empezó por experimentar la lectura en voz alta proveniente de otra persona, es decir, que uno de sus compañeros leyera un texto determinado con el tono de voz alto para así saber de qué se trataba la lectura. Así, pudo equilibrarse académicamente con el resto de sus compañeros y avanzar hasta esta etapa final del bachillerato.

Sin hábito lector

José David G. estudia noveno grado, tiene 17 años. Desde que ingresó a este colegio, los directivos sospecharon que él no tenía la misma habilidad que sus demás compañeros en  comprensión y ejecución de los procesos cognitivos, en especial en el hábito lector. José fue diagnosticado con un trastorno intelectual leve. Sus profesores empezaron a buscar estrategias para que el joven comprendiera todos los temas de clase. Llegaron a la conclusión de construir cuentos, historias y a emplear fábulas con protagonistas y antagonistas relacionados con las materias, y al final de cada sesión reunirse con él y leerle en voz alta dicha construcción, todo esto con el fin de que él entendiera el tema desarrollado en las sesiones. En la actualidad, Juan David está próximo a terminar el bachillerato.

El mal del analfabetismo

Jaime Soto, celador del barrio Prado Medio, no lee porque nunca tuvo la oportunidad de ingresar a un centro educativo, su situación socio-económica siempre fue el obstáculo para estudiar y un impulso para trabajar. Ser el hermano mayor entre tres, tener una madre ausente y un padre sin trabajo fijo lo llevó a tomar decisiones drásticas desde que tenía 7 años de edad. Comenzó a trabajar por un pago mínimo en construcciones, aseando casas y pintando, así que jamás fue a la escuela porque no le alcanzaba el tiempo, y menos la plata, que tenía que estar destinada para comer, no para comprar cuadernos. Jaime decidió no estudiar… Acompañaba a su padre en los trabajos que él conseguía, era su asistente. A los doce años elaboró en jardinería y a los 19 conoció el oficio de la celaduría. Soto pocas veces ha sentido la ausencia del estudio y de la lectura, dice tener buena memoria y esto lo ha salvado de tener que escribir o leer. Pero eso no le ha evitado reconocer el valor de la educación y a pesar de no tener estudios, luchó para que su hijo si los tuviera.

No le gusta la lectura

A Carlos Pérez Castaño, a sus 64 años, no le gusta leer (a pesar de que puede hacerlo) porque no es necesario: “Como dice el dicho: ‘preguntando se llega a Roma’, no se necesita leer para conocer o saber”, asevera. De los cinco hermanos Pérez Castaño, él fue el único que no quiso educarse, desde pequeño solo quería estar montando en bicicleta. Cuando llegó la hora de ir al colegio, se escapó de la casa y se fue para donde un tío que tenía un taller, allí él lo recibió con dos propuestas: estudiar o trabajar por la comida y el techo. Carlos decidió la segunda, el estudio no le serviría para aprender sobre motos, no le importaba el dinero, solo aprender de motos, su gran pasión. Vivió con su tío hasta los 22 años, cuando decidió mirar nuevos horizontes en otras ciudades, pero no lo logró, así que regresó a su casa con su mamá y siguió trabajando con su tío, que murió seis años más tarde de un infarto. Él se quedó el taller, del cual conoce lo suficiente por lo que nunca ha necesitado leer.

Por Ariadna Hurtado Alzate
Marlyn Juliana Nieto

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