La violencia sexual también fue un arma de guerra

El Vespertino

Fotografía cortesía, conceptodefinicion.de

Según el último reporte del Registro Único de Víctimas, en Colombia existen más de 22.000 colombianos afectados por la violencia sexual durante el conflicto armado. En su informe “La violencia inscrita en el cuerpo”, la investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica, Magda Rocío Martínez Montoya, recoge el testimonio de diferentes fuentes sobre la manera en la que los distintos actores armados han utilizado la violencia sexual sobre el cuerpo, particularmente el de las mujeres.

“La violencia sexual es una violencia que se inscribe de manera silenciosa en el cuerpo”, afirma la investigadora a el Vespertino de UM Radio, quien comenzó este informe desde 2014 y publicó los resultados el año pasado. Para ella, socialmente se tiene la tendencia a culpar a la víctima y disculpar al victimario, lo que hace que el efecto de este tipo de violencia tenga una connotación mucho más fuerte.

Cuando un actor armado recurre a la violencia sexual como un arma, está emitiendo múltiples mensajes. Generalmente, explica Martínez, el victimario lo que busca es castigar a las mujeres líderes o que ocupan un cargo de poder en un territorio, silenciar comunidades, quebrar el tejido social, e incluso castigar o corregir lo que considera incorrecto, como ocurre en el caso de las mujeres lesbianas.

El uso de la violencia sexual “es más un ejercicio de poder que de placer”, sostiene Magda Rocío Martínez, debido a que el victimario dispone a su antojo del cuerpo de sus víctimas porque se convierte en su dueño. Esto corresponde a la deshumanización de las mujeres, porque en la sociedad se tiene la mirada de la mujer como protectora de la sexualidad y del hombre como un sujeto de instinto sexual irrefrenable, lo cual “permite la posibilidad de establecer un dominio sobre las mujeres”, agrega.

La mayor concentración de actos violentos sexuales en el conflicto corresponde a mujeres entre los 10 y 20 años de edad, lo que hace que el efecto social sea mucho mayor porque se está hablando de “la apropiación del cuerpo de niñas y adolescentes, es decir,  la desvirginización del cuerpo”, dice Martínez. Los casos contra mujeres adultas mayores, en condición de discapacidad e incluso, las trabajadoras sexuales, pasan como menos graves.

Pero las mujeres no han sido las únicas víctimas de violencia sexual. Durante su investigación, Martínez se acercó a varios hombres cisgénero que fueron víctimas durante su infancia, u aunque “socialmente se asume que esa violencia es mejor no mencionarla”, para ella esto “es como tener un elefante en medio de la sala”.

Finalmente, la investigadora concluye que lo que respecta  la violencia sexual contra los hombres gais en el conflicto armado  existe una doble moral, porque “pertenecer a un grupo armado implica el prototipo de masculinidad: ser el hombre guerrero, el hombre que asocia su poder con el uso de la fuerza”.

Escuche la entrevista completa de El Vespertino:

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