Una fiesta de muy pocos

Feria del Libro Manizales

Por Luis Felipe Valencia Tamayo

El encuentro con las bibliotecas es uno de los momentos más bellos para todo ser que, en algún instante, se siente curioso por descubrir el universo que habita al interior de los libros. Obviamente, no se trata solamente de las polillas. Sin embargo, incluyéndolas a ellas, lo que allí se invoca es un festín, un festival, una fiesta, una feria: la celebración misma de la vida que se hace celulosa y que transporta a los más inesperados lugares.

Cada vez que se hace una feria del libro, no importa dónde, no importa cada cuánto, se exaltan las virtudes de un encuentro íntimo y muy particular –como el que cada uno tiene con un texto– en un ambiente comunitario en el que nos hacemos mucho más humanos. Celebramos la palabra como tierra del pensamiento.

¿Una celebración incluyente? Hasta donde lo alcanzo a advertir, los únicos niños que no han leído por obligación han sido aquellos que crecen en hogares en los que las bibliotecas resultan ser una nítida tentación para ellos. Es una norma que todo gran lector recuerde con beneplácito el encuentro cercano con una biblioteca. Y parece que con el hecho de que solo algunos sean buenos lectores los demás deben contentarse; y que, por ende, se asuma que los demás deben leer solo “lo que caiga”, como un débil alfabetismo. A los que no les ha tocado en suerte una biblioteca, a los que nunca se les ha coqueteado la imagen de un lector, hay que imponerles un oficio lector.

La retórica de que solo se ha de leer porque hay un gusto natural para ello ha traído una distorsión de la calidad en ánimo de la comodidad de la lectura. Muchos reniegan de forzar a leer los clásicos, por ejemplo, y que es mejor dejar que los niños se enamoren de la lectura por su propia cuenta. Suena bien, es cierto, pero en el cumplimiento de esta idea, relegamos la inclusión del conocimiento y de la imaginación a una fiesta de muy pocos.

 

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