Balandú: 20 años sin Manuel Mejía Vallejo

Feria del Libro Manizales UMCentral

Le gustaba “pueblear”. Esta actividad la fortaleció a finales de los años 70 del siglo pasado, cuando se formaron grupos de viajeros curiosos en Medellín, Cali y Manizales. “Manuel era feliz visitando aquellos pueblos que tienen gran valor tradicional. Nos llevó a Jardín, a Salamina, a los primeros pueblos de Caldas. Bebiendo, porque le gustaba sus traguitos de ron, así conocíamos sus características, paisajes, su gente y parábamos a beber y a oír tangos”, recuerda Hernando Salazar Patiño del escritor Manuel Mejía Vallejo, quien fue homenajeado en el pasado festival Nos Queda la Palabra que se realizó del 15 al 18 de agosto, organizado por la sala de teatro El Escondite y la Universidad de Manizales. El motivo de la conmemoración: los 20 años de su fallecimiento.

Vida

Manuel nació el 23 de abril de 1923 en Jericó (Antioquia). Fue el quinto de 12 hijos de Alfonso y Rosana. Sus primeros acercamientos a la literatura se conocieron en 1936 a través de unas cartas que le escribió a su madre, con un estilo muy refinado para su edad (tenía 13 años). Luego, el periódico estudiantil El Tertuliano le publicó algunos de sus poemas.

La familia se mudó a Jardín y años después, en 1940, se radicó en Medellín. Allí Manuel finalizó su bachillerato en la Universidad Pontificia Bolivariana, y comenzó a estudiar pintura y escultura en el Instituto de Bellas Artes, pero desistió para dedicarse a escribir.

Un día su madre ojeó la primera novela de su hijo titulada La tierra éramos nosotros, reconoció que tenía potencial literario y la envió a los Panidas, un movimiento literario, deseoso de renovación y combatido por la Iglesia, liderado entre otros por Ricardo Rendón, Fernando González y León de Greiff. La obra fue publicada en 1945, Manuel tenía 22 años.

El docente Andrés Calle Noreña recuerda que el escritor también ejerció el periodismo. Colaboró con los periódicos El Sol y El Mundo (Medellín), y otros de Venezuela, Guatemala, Honduras y El Salvador. Y a pesar de que el escritor caldense Adalberto Agudelo Duque considera que “el hecho de ser periodista para muchos escritores es más un método de sobrevivencia que una actitud creativa”, Mejía ganó en 1984 el Premio Simón Bolívar de Periodismo.

De 1957 hasta 1962 fue director de la Imprenta Departamental de Antioquia; luego, durante 14 años, fue profesor de literatura en la Universidad Nacional (Medellín), hasta pensionarse.

Manuel Mejía Vallejo

Buena pinta

Era reconocido como cuentista y compartía tertulias con los escritores Carlos Castro Saavedra, Edgar Poe Restrepo, Óscar Hernández y Alberto Aguirre. Era un conversador exquisito, sabía de música, aquella música que va más allá, salida de lote por su calidad, por la belleza de lo que dice, por la historia que deja”, añoró Salazar Patiño.

Otros que lo conocieron afirman que tenía “buen porte”, era elegante (tenía estilo al vestir), de estatura mediana, robusto y lucía un impecable bigote: “Era un tipo bien parado, no era cualquier bobo de pueblo y era muy enamoradizo”, confirmó Agudelo Duque. Y tras un par de amoríos conoció a Dora Luz Echeverría, a quien le leyó la novela Aire de tango cuando llevaba seis páginas escritas. Dora fue su esposa y madre de sus hijos Pablo Mateo, María José, Adelaida y Valeria.

Era muy inquieto con la literatura e influyó en los jóvenes que asistían a su Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto, que creó en 1978. Allí, cuenta Calle Noreña, Manuel leía los textos de quienes asistían al Taller y les hacía críticas (uno de ellos fue Jorge Franco, autor de Rosario Tijeras). “Había como una hermandad de escritores. Era un hombre generoso y sencillo”, recalcó Calle.

“Recuerdo que tenía unas copiecitas muy feítas que le regalaba a todo el mundo, eran del cuento Casa Tomada, de  Julio Cortázar. Lo hacía para que la gente conociera los buenos cuentos”, expresó Víctor Zuluaga, jubilado de La Piloto, quien fue compañero y admirador del escritor. Zuluaga confesó que siempre se escapaba de sus tareas en la Biblioteca para escuchar a Mejía Vallejo.

Al preguntarle al escritor Luis Felipe Valencia Tamayo si Mejía tiene un reemplazo hoy, sostuvo que hay autores que tratan los mismos temas de Antioquia, como lo hacía Mejía, “pero decir que sean su reemplazo… no. Todos los autores tienen unas fechas en su calendario de existencia, pero sus obras son su gran legado, así que no hay que reemplazar a nadie, simplemente hay que leerlos y ahí están para que todos los sigamos disfrutando”, afirmó.

Entre 1945 y 1993 Manuel Mejía dejó 11 novelas, 209 cuentos y relatos, 575 poemas, 19 ensayos y conferencias. La mayoría se han traducido al alemán, ruso, francés, inglés, italiano y noruego. Sus novelas El día señalado, Las muertes ajenas y La casa de las dos palmas fueron adaptadas a la televisión, con un éxito de audiencia.

Y así como Gabriel García Márquez creó al pueblo de Macondo, Mejía Vallejo ideó su microcosmos llamado Balandú, pueblo que representó la cultura paisa de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Balandú está presente en La tierra éramos todos, Tarde de verano y La casa de las dos palmas.

En sus últimos años de su vida Mejía Vallejo se refugió en Ziyuma, casa campestre que entre los wuayú de la Guajira significa “cerca del cielo”. En esta hacienda (entre El Retiro y Rionegro) empezó a perder el habla, narró Víctor Zuluaga con la impresión de ver que en toda la vida de Manuel su protagonista había sido la boca.

Murió el 23 de julio de 1998, tenía 75 de edad. Hoy Balandú conmemora 20 años sin Manuel Mejía Vallejo.

 

*Foto de portada: Máquina de Manuel Mejía Vallejo

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