Entrevista a Roger Malina, un “migrante intelectual”

UMCentral

Fotos: Ronald Álvarez 

 

Ya viene. Está subiendo las escaleras. ¿Solo? No, acompañado. ¿En qué idioma lo entrevisto? En inglés, pero si quieres, te puede ayudar un traductor. No, no, no me fío. Es angustiante tanta gente hablando, como un eco. ¡Ah!, mira, ya llegó.

Sí. Efectivamente, no iba solo. Entró con una sonrisa calcada en el rostro. A travesó esa puerta grande que da el ingreso al segundo piso del Centro Cultural y de Convenciones Teatro los Fundadores. Durante estos días alberga el área de prensa del Festival Internacional de la lmagen.

Hola.
Hola.

Antes de que empecemos, quiero decirte (asumo que me tuteaba) algo. No creo que en esta entrevista deba estar solo. No me gusta pensar que yo estoy más arriba. No me gusta posar de gurú. Creo en el trabajo colaborativo.

Quien dice no querer ser un gurú es Roger Malina. Un hijo de familia de inmigrantes de República Checa, donde trabajaban como carniceros. Su madre es inglesa y él nació en Francia. Malina dedicó su juventud al trabajo científico y el diseño de telescopios. Tenía el ojo puesto en el espacio. Por esa razón, trabajó en la NASA como investigador en el proyecto Extreme Ultraviolet Satellite.

“Mi papá, Frank (Frank Malina, ingeniero aeronáutico y pintor. De hecho, ese es el segundo nombre de Roger) murió cuando yo tenía 30 años, eso generó que empezara a pensar en otras cosas y tomase una de sus enseñanzas“. Así fue como inició su camino en el arte. Ya existía un antecedente: su madre fue  artista plástica.

Ahora, Roger Malina es docente en Arte y Tecnología, profesor de Física en la Universidad de Texas en Dallas. También es director asociado de Advance Turbine Engine Company (ATEC), editor ejecutivo de las publicaciones de la revista Leonardo, en la Prensa del Massachusetts Institute of Technology (MIT), miembro de las Juntas Directivas de Leonardo / International Social for Arts, Sciences and Tecnology (ISAST).

 

 

Por esa idea de unir ciencia y arte, está de nuevo en el ImagenFest2018, aunque para él, es una tontería: “estamos acostumbrados a que entre hombre y mujer no haya nada, entre el arte y la ciencia tampoco: hay que construir puentes, pues el conocimiento es uno solo”.

Junto a Malina, está Tarek El Hout, “otro inmigrante”. Él es de Líbano: “Este año estoy trabajando con el doctor Roger…”. Malina lo interrumpe: doctores son solo los médicos, los que salvan vidas. Tarek sonríe y retoma explica que ellos han estadotrabajando en un workshop que involucra la música, que es a lo que él se dedica .

El diálogo de los dos es particular, no es una conversación docente y estudiante convencional: “Te quiero decir que la Universidad es estúpida: ellos asumen que hay un docente y un estudiante; eso es falso, no tengo nada para enseñar. Puedo colaborar con gente que sabe más que yo”, afirma mientras su colega lo observa con sus grandes iris celestes abiertas como cráteres.

“Tú sabes más de lo que yo sé; yo sé más de lo que tú sabes en algunas cosas: todo funciona si trabajos juntos”; la metáfora se sintetiza cuando Malina entrelaza sus dedos y trata de separarlos, pero la fuerza de la unión no lo permiten.

 

Roger Malina

Todos somos inmigrantes

“Una de las cosas que creo es que los migrantes somos buenas personas: soy un migrante, yo fui de la astronomía a publicar sobre música y  arte. Soy un migrante intelectual”, dice con un tono de voz diferente. Es enfático cuando afirma que en Estados Unidos hay “una discusión muy negativa sobre los migrantes”.

El concepto de migración que Roger propone es amplio: permite incluir no solo la migración “física” de personas de un territorio a otro, sino también de un estudio a otro o incluso ideas de un cerebro a otro. Para él, los humanos estamos sometidos a constantes cambios y transformaciones, “como seres humanos no cabemos en cajas: migramos entre las cajas”.

Malina golpea suavemente el hombro de Tarek, quien está enfundado en una chaqueta de cuero curtido. Lo hace como un llamado a dar su opinión “sobre la migración como algo bueno”. Tarek me cuenta que su idioma nativo es árabe, pero que estudió en un colegio de habla inglesa en Líbano.

El investigador retoma la palabra. Comenta que le gustan mucho las metáforas. “Acaso tu mano sabe sobre anatomía, o el árbol sobre biología, o el clima sobre su cambio?: No es así, ¿entonces por qué nosotros lo hacemos”, sostiene. Explica que por esa razón, es necesario que los humanos pensemos en una “fluidez del conocimiento”. Se refiere a un proceso en el que las ramas de ese gran árbol de los saberes humanos se entrelacen.

“La idea de las artes y la ciencia o el cerebro izquierdo y derecho: bullshit“. Se interrumpe: “¿Cómo se dice bullshit en español?, pregunta. Mierda, le respondo. Sonríe. Retoma: “Sí, la gente quiere aprender cosas, música o ciencias, filosofía y demás; pero en realidad, a ese árbol no le importa”, dice. Esto, para explicar que en últimas, los conocimientos son nuestros y en la naturaleza están unidos.

 

Tarek El Hout

 

Roger Malina

 

Big data: lo que nos cambia

Roger Malina ya había estado en Colombia antes: como astrónomo en Medellín y Bogotá, y en el pasado Festival Internacional de la Imagen.

Durante ese año expuso su teoría sobre la Big Data, la información que está a nuestro alcance en internet. Según Malina “eso es lo que nos cambia ahora; cualquier persona con celular tiene más acceso a la información que Einstein o que DaVinci”.

Malina propone que “en esta época de la big data, nos vemos en la necesidad de juntar a las mejores mentes de nuestra generación para que el conocimiento no quede como una parte ignorada. Aquí el arte y la ciencia no existen de manera diferente”.

Con respecto a otro concepto, la transdisciplina, él se refiere a “la necesidad de que hallan expertos en algo: uno para el calzado, otro para los pantalones y otro para la camisa y así poder tener el traje completo. Así es el conocimiento, necesita de todos y todo para existir y comprenderse”.

Le pregunto si, entonces, es como una orquesta donde cada sonido es diferente pero juntos crean una sola pieza. Dice que sí, pero que una orquesta sin un director. Como el jazz, le propongo. “Sí, como el jazz pero donde la improvisación halla caminos propios para unirse”.

Esa unión se da por medio de puentes de conocimiento. “Esta fue una idea que Adriana Gómez (docente de la Universidad de Caldas y coordinadora del Foro Académico del ImagenFest) nos contagió, puentes entre el músico y el filósofo, entre el biólogo y el antropólogo”.

Tarek señala que en la música es importante tener libertad “y también un punto en común que logre hacer uno los caminos diversos para que la armonía sea real”.

Malina propone una serie de “buenas prácticas” para que la transdisciplinariedad se de:

  1. Escuchar: “tú no me estás entrevistando, nos estamos entrevistando entre los dos y con Tarek”.
  2. Ninguna disciplina es mejor que la otra.

Tarek acota que en su trabajo junto a Malina, ha sido autónomo. “Cada uno tiene una función y no hay un jefe; Roger está allí para conversar”. Sobre esto, Malina acepta que a veces sí se necesita un director o conductor: “ahora que parta, necesitaré a un conductor que me lleve al aeropuerto”.

 

Arte y tecnología: una cercanía orgánica

“El pie es una tecnología”, con esta afirmación inicia su explicación sobre la relación entre arte y tecnología. “Para mí, la tecnología es como un órgano. Puede que en 10 mil años tengamos esto bajo la piel. Para él, la relación con la tecnología y todo es orgánica: en biología hablamos de mutualismo, en este caso, la herramienta cambia cuando yo cambio y yo cambio cuando ella se modifica”, comenta.

Tarek explica esta relación como intrínseca: uno necesita del otro. “En los 70 se creó el sintetizador para la música psicodélica, pero ella evolucionó gracias a él. Ambos se requieren”. Él también sostiene que hay un movimiento que usa la tecnología como un medio para crear arte, arte digital, y que allí también hay una relación.

Interpelo a Malina sobre el término arte digital y responde que le resulta bastante estúpido, “tú no juzgas aun científico por la herramienta que usa o lo categorizas por eso, igual en las artes, no podemos decir que un artista es digital porque usa la tecnología como herramienta para crear”. Así, según él, es una expresión tonta que tenemos que dejar de usar.

 

 

 

 Vivir para hacerlo real

Les pregunto sobre cómo hacer real toda esas teorías que suenan tan utópicas y pomposas. Malina lo piensa, se lleva su mano a la cabeza y Tarek desvía sus ojos hacia el ventanal que enmarca a la Avenida Santander. El investigador rompe el momentáneo silencio: “Esta vez llegamos, escuchamos música y bebimos, no bailamos. Eso es lo que voy a recordar, lo que he vivido. Necesitamos vivir y teorizar”.

Llegan por él, le dicen que deben salir ya, pues un vuelo de 22 horas hasta Polonia lo espera. Antes de irse, me abraza: “aquí la gente está lejos, necesitamos puentes como este abrazo”. Tarek me extiende su mano: adiós.

Salen. Se van por la misma puerta. En el aire queda sonando la última frase de Malina: “en la luna dicen que hay una huella; no, es la marca de una bota. Necesitamos huellas en la luna”.

 

 

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