Documental sonoro: Patillas

Emergencia Invernal 2017 Podcast

Por:

Kevin Jaramillo González 

Juan Diego Ceballos

 

José Derian Villegas Zuluaga es un hombre de 56 años, vive en Aranjuez desde que tiene memoria. Su vida se basa en comida, bebida, camellito y carcajadas. Su furor, liiteralmente arde. Es el alma de la fiesta y tiene contacto con la gran mayoría de la comunidad del barrio, Conoce a la mayoría de sus vecinos y con todos maneja una interacción amable e irrisoria.

El 18 de abril del 2017, a las diez de la noche, noche de lluvia agitada, nadie se esperaba la tragedia que se avecinaba. Hacia ya una semana que el clima estaba bastante húmedo y el cielo bramaba de una forma casi siniestra. No hubo presentimiento alguno, las personas se habían acostumbrado a vivir felices y pacientes. Después de casi una década que no ocurría algún derrumbe proveniente del morro Sancancio, esa noche sería en grande. Patillas, como de costumbre, se acostaba tipo 11PM. Consumía la mayor parte de la noche en sus quehaceres, sabía que terminaría y lo esperaba su tétrica pero cómoda cama, tal vez leería un poco y después vería la T.V. Sabía que se quedaría dormido y que al día siguiente, posiblemente, se levantaría temprano a continuar con su sencilla vida. Pero a las 3:00AM tras un crepúsculo oscuro, lluvia incesante, una tormenta eléctrica caótica; Patillas se levanta con el estruendoso sonido de la avalancha que provenía directamente del Morro Sancancio. Un primer derrumbe que azotó a un par de casas aledañas en la parte trasera, el patio, les dio tiempo de reaccionar antes de que el lodazal derrumbara las paredes traseras.

Patillas, pensó en la posibilidad de salvar la vida de sus dos hermanas. Discapacitadas, ambas. Tuvo tiempo de recorrer las habitaciones para cargar y acompañar a sus hermanas, una a una, hacia un posible lugar seguro. Entró una tercera vez en la casa, a la que aún no lograba vencer la borrasca, quién sabe a qué. Pasó un minuto. Pasaron dos, tres minutos. De pronto, un bramido intenso y una sacudida en el área, una sacudida en Aranjuez entero. Un segundo derrumbe a quienes todos escuchaban, en todos resonaba y vibraba, pero que nadie lograba ver por la oscuridad absoluta. Los generadores de energía habían colapsado, las personas solo escuchaban a la muerte que  pasó por entre las casas, se las llevó. Todo. Menos la casa de patillas y una vecina. Patillas, quién seguía adentro haciendo quién sabe qué, solo salió, unos segundos después, para enterarse de que la avalancha se había llevado a sus dos hermanas, de ese lugar seguro, el lugar que él ideó y supuso era el mejor, para salvar a sus hermanas.

Después de unos estruendos más, partes del Sancancio se desprendían y caían. Por suerte de los participantes a tal espectáculo, estas otras cuatro avalanchas siguieron un camino desolado y cayeron a los rincones olvidados de lo que anteriormente era la playita. Dieron las 6:45 de la mañana, Manizales saboreaba el desastre, saboreaba la furia natural, el dolor. Creo que especialmente me centro en Patillas, no por su historia, sino por su decisión, su valentía, su esfuerzo en vano.

Hoy, un año después, nos encontramos con un Patillas solitario la mayoría del tiempo, aún no ha perdido su capacidad de relacionarse. En su rostro unos gestos abandonados, una sonrisa más bien fingida, unos ojos reflexivos, perdidos entre los recuerdos que lo abruman, de esa noche que por ordenamiento de la naturaleza, le arrebató a sus dos hermanas.

 

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