La vida en la cinta

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Una cinta o banda de moebius es una superficie que solo posee una cara. No tiene exterior ni interior. Al cortarla por la mitad de su ancho, se obtiene una nueva superficie: igual, pero más larga. Ahora bien, si no se corta con esa precisión se obtienen otras dos bandas entrelazadas. Una persona sabría que está parada en una cinta de moebius fácilmente: debe empezar a pintar el lado en el que se encuentra, de tal forma que al terminar de hacerlo tendría que iniciar de nuevo, en el mismo lugar.

Julio Martínez no lo sabe, pero buena parte del año, él trabaja sobre una superficie así. Labora hace 29 años en la Universidad de Topos Koinos. Es parte del equipo de servicios generales, los encargados de brindar mantenimiento a las instalaciones de la institución. Es por eso que se le puede ver pintando las paredes de todos los pasillos de la universidad, muchas veces, en lo que pasan los meses. Un interminable ribete.

A sus 55 años se siente tranquilo. Una calma que viene del conocimiento. La existencia es un círculo, repite en uno o en otros. Sus hijos son la siguiente era, por eso agradece el vínculo que tiene con la universidad: “me permitió sacar adelante la familia”, lo dice erguido, como si el orgullo le estirara la espalda. Alicia, de 23 años, lleva el nombre de su madre. Ella se acaba de graduar de Ingeniería Civil. Juan Carlos, de 18, quiere ser chef. “Mis hijos me garantizan ahí el techo y la comida”, apunta entre risas.

Julio es consciente de la importancia del orden en la vida. Tal vez lo aprendió en sus primeros trabajos, cuando era responsable de arreglar pedidos, preparar inventarios y coordinar envíos. Nació en Manizales; sin embargo, su primer trabajo lo consiguió en Pereira.

– Yo me sentía rebelde y quería irme lejos de la casa (risas); pero, solo llegué a Pereira… me sentía en la China o al otro lado del universo.

Por lo menos cambió de clima. En la hacienda El Lunar, organizaba los pedidos que salían hacia Armenia y Manizales. Madrugaba a revisar los inventarios: cuántos huevos, cuánta leche, cuántas vacas, cuántas gallinas. Como las gallinas, también se dormía apenas entraba la noche.

Seis años pasaron para Julio en la “China”. A mediados de 1986 puso todo su corazón en la final del mundial de México. Alemania vencía a Argentina, tres goles por dos. El fútbol es el mayor causante del mal de amores. Pero el corazón tenía que remendarse pronto para lo que venía: su madre estaba enferma y necesitaba de él. Argentina tendría otra oportunidad cuatro años después, pero para Estela era probable que fuese la última.

Así que regresó. Manizales estaba dispuesta tanto como Julio. Aunque no sabía nada de pies, el negocio, ahora, era ese. Solo tardó un mes en conseguir trabajo en Bata. Ya no trataba con vacas vivas, sino con sus cueros. Ya no despachaba leche, sino zapatos.

–  Yo venía a pasar el tiempo que pudiera con mamá. Todos los días creía que se iba a morir… y mire, fueron dos años. Así es el Señor.

Así lo es para todo, según Julio que carga con una imagen del Señor de los Milagros de Buga en la billetera, junto con las fotos de su mamá, su señora (esposa) y sus hijos -cuando apenas estaban mudando los dientes de leche-. En otro de los bolsillos, guarda el primer carné que la Universidad de Topos Koinos le dio. Aunque el tiempo le quita brillo cada año, se puede leer: Jardinero.

Con 26 años llegó a trabajar allí. Ya no quería más bodegas. No deseaba ver más cajas. Con la que enterró a su mamá tuvo. Se había cansado de los camiones, las telarañas, las noches frías, las oficinas blancas, los cordones amarillos, las secretarias afanosas, los vendedores socarrones y la neblina de mañana y tarde.

Cuando fue contratado, no se le dijo que una de sus obligaciones sería de pintar una cinta de moebius … y aún no lo sabe. Siempre empieza y termina de colorear la misma superficie. Siempre habita el mismo lugar. Los pasillos de la universidad se conectan entre ellos. Escaleras anchas y angostas permiten recorrerlos de arriba abajo y de abajo arriba, como si fuese un hormiguero gigante, de un blanco impecable.

Julio lo hace sin dificultad. Con agrado. Sin pausa. Sin afán. Lo hace como habla. Sereno. Se detiene a mirar, con sus ojos pequeños y sonrientes. Sabe que si uno es responsable del infinito, es mejor no correr. 

 

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