Montados en El Cable de la historia

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Colombia tiene una ciudad con las puertas abiertas: Manizales, que a comienzos del siglo XX se mostró como una de las más prósperas, con impactantes obras como el Cable Aéreo entre esta ciudad y el municipio de Mariquita, en el departamento del Tolima.

Quizás las nuevas generaciones y los turistas se pregunten: ¿por qué se llama El Cable?, la respuesta es simple: El Cable, que constituye la denominada ‘zona rosa’ de la ciudad, es un recuerdo de nuestros antepasados que a lomo de mula y en una lucha constante contra la agreste topografía de una urbe que apenas iniciaba, lograron construir el Cable Aéreo más largo del mundo, con 72 kilómetros de longitud. Esto fue el 22 de febrero de 1922. Con esta obra, la ciudad tuvo un mayor desarrollo y hoy guarda historias y anécdotas en esos 50 años de operación.

De este sistema, tan solo queda la actual Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, que fue en su época la estación de llegada conocida como La Camelia. También quedan algunas torres y sus respectivas vagonetas (objetos que iban colgados del cable y en el cual se transportaba la mercancía) y un referente inconfundible: la torre.

Son tantas las historias, los mitos y las vivencias que se esconden entre la antigua ruta Manizales–Mariquita que cualquier persona desearía escucharlas sin interrupción. En una de las pocas fuentes de soda que quedan en el Centro Histórico de la ciudad, sobre la carrera 23 en sentido occidente, cuadras antes de llegar a la Catedral, en una edificación de estilo republicano está la Fuente de soda El Graduado. Alí nos atendió Vicente Arango Estrada, historiador y miembro del Centro de Historia de Caldas. Él habló “al compás de un café”, como se hacía en otras épocas.

Desde 1995 y durante ocho años, Arango vivió en el sector de El Cable, donde hoy está “ese edificio asquerosamente nuevo”, como se refiere al edificio azul que se eleva en una esquina de este reconocido lugar, que ahora tiene almacenes, consultorios médicos y oficinas.

 

La torre no estaba en Manizales sino en un punto conocido como Torre 20, en Herveo, Tolima.

Su niñez la disfrutó en el centro de la ciudad. Desde allí se escapaba con sus amigos para montar en El Cable. Arango recuerda que esa era una zona lejana, con unas cuantas casas, entre las cuales se destacaba una verde que está a un

lado de la estación y en la que vivía el administrador de este medio de transporte.

En cierta ocasión, él y un compañero debían saltar de la vagoneta en el sector del Cerro de Oro, una estación cercana, pero su amigo no alcanzó y tuvo que continuar el recorrido hasta la próxima estación, más allá de Letras (límites con el Tolima). Como era de esperarse, fue sorprendido por uno de los guardas, quien “le dio una pela” y, al no haber otro medio, lo regresó en otro vagón.

Aunque en menor medida, en esa época los delincuentes también hacían de las suyas, pero en especial un personaje que se ganó el reconocimiento de todas las personas de la región. Era conocido como El Palomo, asaltaba entre Fresno y Mariquita, Tolima. Una vez robó toda la nómina de funcionarios del Cable Aéreo.

 

Aires prósperos y tranquilos

La dinámica de la ciudad era tranquila: olía a café, a chocolate y a eucalipto, alejada de la contaminación pero a la vanguardia y con un brillo deslumbrador que le permitía el crecimiento a pasos agigantados, en lo cual influyó en la construcción del El Cable a cargo de la empresa The Ropeway Extension, compañía inglesa. Se tardaron 10 años en tenerla lista.

La obra también llegó para movilizar la economía de la ciudad. Aunque un poco alejada del centro urbano, día a día se transportaban desde allí, en carretas y hasta la plaza de mercado, todo tipo de productos, incluyendo el café, por cuya exportación se recibían pagos en dólares.

Aparte de la estación de El Cable, en este sector se encontraban otras edificaciones como un hospital que más tarde fue trasladado a lo que hoy es el Parque Alfonso López. Después la zona se pobló con viviendas sobre la avenida Santander.

Para el arquitecto Hernán Giraldo, las construcciones alejadas de la ciudad proporcionaban el crecimiento de la misma. Primero se levantaban edificios con mayor jerarquía y a partir de estos, los barrios, pues era necesario un punto de referencia para ubicar a la población. Por ejemplo, a la pregunta “¿dónde vive?”, en Manizales suele responderse: “Vivo por la Catedral, por la Alcaldía, por la Inmaculada”, etcétera.

Para el presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales, Hernán Mejía Estrada, en su época, la ciudad era tranquila, se caracterizaba por la seguridad en sus calles y la cultura de sus habitantes. Todos vestían con elegancia y eran respetuosos de las normas. A los presos los sacaban de la cárcel a pasear y a que limpiaran las calles “y no pasaba nada”. Estrada asegura que El Cable fue una construcción “muy importante para la ciudad”.

El café está por agotarse en El Graduado, mientras el reloj marca las 9:30 am y don Vicente Arango habla sobre lo relevante de este medio de transporte en la construcción de la Catedral, a través del cual se movieron muchos de los materiales con los cuales se construyó el emblemático templo.

Hoy, después de 96 años de la construcción, el sector de El Cable respira otro ambiente, el de los ‘reguetones’, las luces, el licor y el humo de los cigarrillos pero nada del ayer.

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