Manual para convertirse en Dios

Elecciones 2018 Unidiario

Acá confundimos política con fanatismo. Las pasadas elecciones del 11 de marzo confirmaron que aún hay un amplio número de colombianos que asisten a las urnas como yendo a una procesión de viernes santo en el siglo XVIII. La política en nuestro país funciona como la religión de los años 1700 en Europa: por una fe desmedida e irracional.

Funciona igual si ponemos en paralelo la imagen de Dios con la del reconocido político, el llamado “Gran colombiano”. A lo mejor, Uribe antes de su llegada al poder en el 2002 hizo el siguiente check list para saber si su estrategia estaba correcta. Dejar de ser dios y transformarse en Dios.

Primero: Para convertirse en un Dios hay que ingeniarse la manera de volverse intocable, lejano y poderoso. Uribe lo intentó con su propuesta de convocar a un referendo y lograr ser reelegido después de dos periodos de mandato. Pero tiró el chorro muy largo. ¡Es como si Dios cambiara la Biblia!

Segundo: Como hay espacios a los que Dios no puede entrar, hay que crear un personaje que vaya y haga el trabajo. ¡Ojo! El personaje debe estar en la capacidad de recitar todo al pie de la letra. A Jesús le fue muy bien con la labor que le dejó su padre. Habrá que esperar hasta el 27 de mayo para ver cómo le va Iván Duque, el elegido de Uribe.

Tercero: Los creyentes -o seguidores- deben estar tan bien adiestrados, que no les va a importar cuando su dios se contradiga o equivoque. Así, como también pasa en la biblia.  Con los uribistas es lo mismo: se hacen los de la oreja mocha cuando se les hablan de las investigaciones del senador en la Corte Suprema. Igual con las acusaciones de parapolítica y falsos positivos.

Cuarto: Infundir miedo funciona siempre a la perfección. Si no creemos en Dios y no nos arrepentimos de los pecados, nos vamos para el infierno. A Uribe solo le tocó cambiar unas cuantas palabras, como si estuviera copiando en un examen de colegio. Si no votan por mí -o por mi Jesús- nos vamos a convertir en Venezuela o peor aún, le vamos a entregar el país a la guerrilla. ¡Y con miedo quién no obedece!

Lo difícil es imaginarse a Uribe físicamente parecido a Dios. Prefiero quedarme con la imagen de un senador vestido con una casulla larga, en el que se le alcancen a notar los famosos crocs, insignia del caricaturista Matador para presentarnos a nuestro dios colombiano y claro, con una aureola encima de su cabeza. Ojalá, en medio de tantas caídas de la cúspide en la que pusimos al expresidente, uno de tantos le arrebate el círculo luminoso que ya no brilla tanto.

Hasta ahí, el doctor Uribe puede chulear todos los puntos. Una estrategia bien pensada. Sin embargo, de quince años para acá sus bases empiezan a corcovear. Muchos de los millennials y centennials, creemos en un Dios porque en la casa nos lo inculcaron. Creemos en Dios porque crecimos acostumbrados a eso. Lo mismo que sucede con una gran parte de los uribistas. Creen en sus palabras porque sus familias han pertenecido a esa línea ideológica. La religión, como Uribe, ha perdido muchos seguidores jóvenes. Nos revelamos: unos declarándonos ateos, otros, antiuribistas.

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