“Sabés… lo que extraño es mi casa”

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¿Qué significa perder la casa? Es lo preguntamos quiénes no hemos pasado por la experiencia. La tragedia de abril dejó 80 viviendas destruidas y otras en situación de riesgo. La misma pregunta se la hicimos a varias personas que han vivido el drama de no tener casa, o de tenerla pero no poderla habitar.

Por Alfonso Peña Jiménez

En el libro Construir, Habitar y Pensar de 1951, el filósofo alemán Martín Heidegger definió el concepto de habitar como un construir, una relación comprometida, consiente y activa, con el medio físico que rodea al sujeto, y que viaja, siempre, en dos direcciones: habitamos, al ser parte de los objetos, y somos habitados, por los objetos mismos.

Si bien las concepciones filosóficas de Heidegger no dejan de ser complejas, se vuelven necesarias para dotar de sentido lo que significa, para este caso, perder un espacio que era propio, pasar del habitar al no habitar  que antes mío y ahora, como por derecho, es de la tierra.

Es por lo mismo que Camilo Vallejo Giraldo, abogado de la Universidad del Rosario, reconoce a “un lugar como invención”; materializado, necesariamente, en la idea de cuando alguien se apropia de un espacio, lo dota de significado. Es una relación casi mágica, en la que aparecen unos valores que se entienden en la medida que el sujeto -si se quiere uno mismo-, recorre y dispone de ese sitio que se vuelve, una vez más, propio. Por eso, cuando una persona pierde su hogar, no solo está perdiendo el lugar que ocupa, sino su forma de llenarlo: sus modos de vivir.

La cuestión, para Tatiana Ospina Álvarez, trabajadora social de la Universidad de Caldas, por compleja que parezca, se remite de manera neurálgica a los recuerdos vividos; momentos que tejieron una identidad y que jamás podrán ser recuperados: los procesos sociales que construyeron un espacio y quienes hicieron parte de él.

Historias

Será por eso que a Jose Édgar Loaiza Betancur, de 74 años y un habitante del Alto Persia, le molesta haber perdido su “casa grande”. También le indigna vivir hoy en un espacio reducido y los 350 mil pesos que tiene que pagar por el arriendo; y el olvido estatal al que ahora es sometido… Pero lo que más le duele, lo que le cala el alma, y que no sabe si pueda superar algún día, es el hecho de que la avalancha se le hubiera llevado, además, el recuerdo de su hijo Juan José; con él se endeudaron, compraron la casa y la terminaron.

El padre tuvo que perder a su Juan José, años atrás, cuando prestaba el servicio obligatorio: “Se me murió en las Fuerzas Militares”, expresa un tanto consternado. Ahora no tiene ni casa… ni hijo.

Pero no solo fue Loaiza Betancur, las cifras hablan de más de 3.500 damnificados. A Nubia Luz Salinas Rodríguez de 52 años, el derrumbe en el Alto Persia le imposibilitó el seguir habitando su casa. Y es que si bien su hogar no se derrumbó por completo, quedó “invivible”, y se tuvo que ir a pagar arriendo a los bajos de una vecina. En medio de lo triste de la situación, la conversación con ella se centra en la sala de su antiguo hogar, que aunque “era chiquitica”, era puro cariño… a ella venían sus familiares y amigos; ¡ah, le duele perderla! Y cómo no, si había tardado años, junto a su esposo, en verla como siempre se la había soñado. De su sala solo han quedado recuerdos. La casa donde vive ahora es estrecha y húmeda.

Su hija Chelsy, de 12 años, algo callada, se queja porque tiene que compartir la habitación con sus papás; alega que antes tenía un cuarto para ella solita.

“Los accidentes, las cosas de la vida, hacen que los horizontes de un querer estar mejor sean esquivos; poniendo a consideración, a fin de cuentas, el no contar con nada”, es lo que expresa Luis Felipe Valencia Tamayo, escritor y catedrático de Literatura en la Universidad de Manizales, al conocer la historia de Nubia Luz; y la justifica en la ilusión moderna que cualquier ser humano puede tener: el querer hacerse a un espacio y -encontrándose de forma casi inconsciente con Heidegger-, el habitarlo.

Edaneyi Montoya Grajales, de 37 años y otra afectada del 19 de abril, quien está atenta a la conversación del periodista con Salinas Rodríguez, mete la cucharada y habla de su cocina, de lo completa que la tenía, pues era “semi-integral, con piso enchapado y cielo raso”; de lo feliz que la hacía habitarla, y de todo lo que tardó, también junto a su esposo, en verla terminada. Tan sencillo como que esa madrugada la vida la cambió: ahora tiene “una cocina feita”.

Su esposo, Jorge Iván Quintero Arbeláez de 38 años, atento a las declaraciones de la mujer que ama, piensa en la habitación de su antigua casa; se expresa y la define como “un espacio pequeño pero cómodo”. En la que duermen ahora se le entran las goteras.

Construcción simbólica

Carlos Fernando Alvarado Duque, Ph.d en Filosofía de la Universidad de Antioquia, enfatiza en la pérdida del hábitat más íntimo, ese refugio que puede ser la habitación y que no se remite solo a la estructura física, sino, al lugar de construcción simbólica a través de las dinámicas de vida; es malograr el encuentro y el reconocimiento de quién se es.

Y de ese quién se es, Luz Estela Ospina López ya no tiene ni idea; de 53 años y también del Alto Persia, la tragedia se le llevó la vida. La casa donde vivía terminó averiada y, por supuesto, inhabitable. A la fuerza la sacaron el día de los hechos, y la llevaron al albergue en el barrio Colombia; le prohibieron el ingreso a lo que era suyo. Con el subsidio de los tres meses, que como a los demás afectados le dio la Alcaldía, se tuvo que trasladar a Bosques del Norte.

Luego del susto, y cuando volvió a visitar su casa, se encontró con intrusos que se habían apropiado del terreno y que lo usaban como centro de consumo de drogas. De sus electrodomésticos nadie dio respuesta. Luz Estela no podía entrar a su hogar, pero los demás sí. Entonces, cuando se le acabó la ayuda estatal prefirió un arriendo en frente de su casa, porque “tenía que cuidar lo que me quedaba… Me siento en la calle”, agrega Ospina López, como vocera de todas esas personas que siguen sin recibir una solución contundente. Extraña la batea en la que lavaba la ropa, que no era la más linda pero era suya.

Los profesionales entrevistados coinciden en lo mismo: no es el espacio lo que se extraña, aunque reconocen que hace falta, es la disposición, la representación simbólica y el cómo del apropiamiento del lugar. Andrés Mejía Gómez, antropólogo de la Universidad de Caldas, quiere el pensar en el momento exacto después de la pérdida material: la tristeza que se debe sentir, el desarraigo. Y es en ese orden de ideas que podemos entender porque a Amparo Martínez de Ríos de 66 años, que contó con la fortuna de ser atendida por sus hijos en una casa aún más bella que la que tenía, le sigue haciendo falta su hogar… “sabés… lo que extraño es mi casa”, puntualiza.

 

De resaltar

Ese 19 de abril de 2017, en horas de la tarde, un grupo gubernamental visitó el barrio Persia. Entre los visitantes se destacaba la presencia del presidente Juan Manuel Santos, del alcalde electo de los manizaleños Octavio Cardona León, y del ministro de Tránsito y Transporte Jorge Eduardo Rojas, exalcalde de la ciudad. Ellos conocieron de primera mano la situación de los habitantes en desgracia.

Entonces, el Jefe de Estado se pronunció: anunció la entrega de ayudas nacionales prioritarias y el apoyo total para la inversión económica de reconstrucción de los barrios y vías que aparecían dañadas. El director general de la Unidad Nacional para Gestión de Riesgos y Desastres, Carlos Iván Márquez Pérez –integrante de comitiva-, sentenció: “Los manizaleños afectados pueden tener seguridad del compromiso del Gobierno para acompañaros en este difícil y trágico evento”.

A día de hoy, todavía se trabaja en obras civiles para corregir los daños del desastre natural. El acompañamiento, del que hablaba Santos, y las promesas de Márquez Pérez, al parecer duraron solo tres meses (en ese periodo cada afectado recibió un subsidio familiar de 750 mil pesos en total). Un año después a ninguna de las fuentes consultadas, afectadas por la catástrofe invernal, y que hacen presencia en este reportaje, se le ha dado una solución definitiva. La problemática continúa.

El único apoyo psicológico a las víctimas, del que el periodista tuvo razón, fue la labor que desde entonces, el día de la tragedia, ha venido realizando Luis López Pareja, el presidente de la Junta de Acción Comunal del Persia, quien por estos días adelanta una Demanda Administrativa por Reparación Directa contra el alcalde Cardona León. En ella, se exige una verdadera reparación económica hacia las víctimas. En paralelo, Ospina Álvarez –la trabajadora social-, reconoce que siempre será importante el apoyo psicológico a las víctimas de cualquier calamidad; se debe concientizar a aquellos que lo han perdido todo, reforzando los lazos familiares, para que el afectado pueda superar, en realidad, el ahora obstáculo de su vida.

Para terminar, reconociendo al Alto Persia como solo uno de los muchos barrios afectados en el mismo abril, en Aranjuez la historia no ha sido distinta. Antonio de Jesús Gómez, de 62 años y miembro activo de la Junta de Acción Comunal, confiesa que, frente al apoyo estatal, aparecen relegados; tanto es el problema que Octavio Cardona León, en su última visita al sector, prefirió darles la espalda, porque estaba cansado de los reclamos que, de forma sistemática y como única manera de hacer presión, le había realizado la comunidad. “No sé de dónde hemos sacado fuerza para superar la tragedia”, agrega de Jesús Gómez. De apoyo psicológico, ni qué hablar.

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