La ciudad los recuerda

Emergencia Invernal 2017 Especiales

Cuando se habla de la memoria de las víctimas, se hace eco de los recuerdos de la gente. ¿Por qué es importante recordar? Porque como dicen, la memoria hace permanecer vivo eso que ya no se tiene; o al menos, es como lo interpreta Julián Gómez Alzate, sociólogo de la Universidad de Caldas.

Así que cualquier persona en el mundo debería recordar al ausente, que aunque nunca conoció en carne y hueso, le termina siendo propio por esa condición común de humanidad.

Por eso, como un todo, es que recordamos a las víctimas del Holocausto en la Segunda Guerra Mundial; a las del Palacio de Justicia; a las del narcotráfico y las guerrillas; o a las de Armero, Armenia y Mocoa.

Gómez Alzate agrega que también debemos evocar la solidaridad que vivimos en esos días y, como responsabilidad social, seguir recordando para continuar generando consciencia sobre las urbanizaciones mal estructuradas en la ciudad, para no repetir lo ya vivido. “En un sentido pedagógico con la gente, es necesario rescatar la memoria de los sucesos ocurridos en nuestros barrios”.

Como parte de esta evocación que hacemos como ciudadanos, Página, de la manera más respetuosa, indagó sobre algún aspecto alegre de las personas que nos dejaron hace año en aquella noche de lluvia. Estas son las historias:

Barrio Aranjuez

Miriam y Luisa María, hermanas gozadoras

La sonriente Miriam
abril-2017
La calmada Luisa María

Lo que más recuerda José Derian de sus hermanas Miriam y Luisa María Villada Zuluaga era cuando él llegaba en las noches y les llevaba comida. Narra que los tres se sentaban en la cama a charlar y a reír, y mientras comían ellas se ensuciaban con la grasa del pollo. “Ellas gozaban mucho conmigo. Decían que yo era muy loco porque siempre me he disfrazado en los campeonatos de Reyes Magos…”.

Milton Medina Ángel, amigo de la familia, reconoce que las Villada eran reconocidas en Aranjuez por su dulzura, compasión y amor familiar; además porque participaban en todo lo que ocurría en el barrio, siempre estaban en las actividades con los ancianos del sector.

Miriam en su facebook aseguraba que era una directora “En La VaGanciA” (sic), que trabajó como gerente general en el Parque Caldas Manizales, y estudió en la Universidad de la Vida.

Miriam, de 58 años, padecía de altibajos de azúcar; y Luisa María, de 48 años, sufría de epilepsia. Su hermano se encargaba de aplicarle los medicamentos correspondientes y de atender sus crisis. Él asegura que le tocaba llevarlas al centro de ciudad y pelear en los centros de salud para que ellas tuvieran la mejor atención.

Intendente Suárez, muy serio

“Él era muy serio, en cuanto al trabajo era muy serio y muy estricto, y en lo familiar él daba la vida por sus dos hijos (de 7 y 9 años) y su esposa”, asegura el subintendente John Fredy González del intendente José Octavio Suárez Tovar, quien llevaba 20 de sus 40 años de servicio en la Policía.

Jhonier Javier Ciro, su cuñado, expresa que el intendente “era un hombre dedicado a la familia y entregado a su servicio, de una calidad humana y un don de ser muy grande”. Y eso lo demostró el mismo día de la tragedia, cuando entre las avalanchas de las 3:30 de la mañana, salió de su casa en su carro a avisarles a todos los habitantes de Aranjuez la amenaza que se venía.

Hermencia Correa, amiga y compañera de trabajo, conmemora con gracia que Suárez Tovar organizaba paseos a Termales con todos los compañeros y él no iba, recalca también que era una persona muy humana pero a la vez estricta.

Barrio Persia

Neydi Liliana, la mejor madre

Julián Vásquez dice que su exesposa Neydi Liliana Jaramillo fue la mejor madre que Dios les pudo dar a sus hijos. Además asegura que fue una esposa cariñosa, respetuosa, alegre y muy solidaria en la comunidad. “Siempre me enseñaba que nada es imposible, pues además

de ser un ama de casa única, era una mujer emprendedora y luchadora, pues ella trabajaba, estudiaba y cuidaba la casa y los hijos (Sofía y Jacobo)…, eso no lo hace cualquiera”, asevera Julián. Neydi estudiaba en el Sena y hacia la práctica final en Digitex, entidad de telecomunicaciones, además iba a la Iglesia Ministerial de Jesucristo. “A pesar de que se mantenía alcanzada de tiempo por todas sus ocupaciones, cada vez que llegaba a casa dejaba todo eso atrás y les dedicaba todo el tiempo a sus hijos, jugaba con ellos, les ayudaba en las tareas, porque primero estaban sus niños”, puntualiza Julián.

Doralís, la estilista

El vecino Luis María López Pareja recuerda a doña Doralis Díaz Hincapié como una madre, esposa y abuela ejemplar. “Ella nos colaboraba en lo que le pedíamos, pues como era la estilista del sector Persia a todos nos distinguía y trataba por igual, tanto así que los precios de la motilada iban de acuerdo al bolsillo de cada uno”. Siempre que don Luis iba para que ella lo motilara, lo recibía con un “sabroso tinto”, luego se quedaban charlando sobre el barrio, la familia, las reuniones de la Junta de Acción Comunal. “Una de las últimas veces que hablamos comentamos sobre el barranco que había frente a su casa; sólo le dije que tuviera cuidado y que pronto haría una visita a nuestro barrio el director de Corpocaldas”, comenta Pareja. Recuerda que ella le sonrió y le dijo que los esperaría.

Doralis siempre cumplía lo que prometía: “Ese mismo día me contó que viajaría a Neira donde sus padres y que me traería queso de allí, y cuando regresó me lo trajo, el queso más rico que he probado hasta ahora”, asegura don Luis.

Carlos Arturo, todo un señor

Que fue “todo un señor”, que perteneció a la Junta de Acción Comunal de Persia por espacio de unos 25 años, que se alejó de la misma por problemas de salud, es lo que manifiestan los miembros de la Junta de don Carlos Arturo Vásquez Gálvez, pensionado de 63 años. Era cuñado de Neydi Liliana y familiar de Doralís.

“Un buen amigo, un buen hermano, buen tío, asistía a las reuniones que hacíamos a nivel de barrio hasta cuando su enfermedad se apoderó de su cuerpo, cuando ya tenía muy poca movilidad dejó de asistir a las reuniones. Para nosotros como líderes que lo conocíamos, no solo a él sino también a su cuñada Doralís y a la señora Neydi Liliana, nos dio muy duro. Los seguimos llevando en nuestros corazones”, expresa su sobrino Julián Vásquez, quien lo recuerda como una persona que irradiaba ternura, felicidad y humildad.

Doña Carmen y Jesús Antonio, serviciales

Se caracterizaba por su humildad y amabilidad. Aunque su hija Beatriz Helena la recuerda cariñosamente como “una madre alegona, como cualquier otra”. A sus 60 años, doña Carmen Rosa Tangarife de Góngora estaba pensionada gracias a su trabajo en un hotel. En casa se dedicaba a los oficios domésticos y a su jardín, por el que se desvivía.

Era de contextura gruesa y cabello ondulado, se lo teñía para cubrir sus canas. Beatriz sostiene que lo que jamás olvidará de ella es que nunca la abandonó, siempre la acompañó en los momentos más complicados. Sus vecinos destacan su espíritu de servicio, era la tesorera de la Junta de Acción Comunal.

En las mañanas permanecía en casa, en las tardes cosía en la tienda de Patricia, su mejor amiga. Con ella chismoseaba hasta el anochecer. Sus amistades la recuerdan batiendo la natilla y haciendo los buñuelos en diciembre. Vendía morcilla y el caldo se lo regalaba a los más pequeños.

A él por cariño le decían Pitufín. Don Jesús Antonio Castaño Marulanda tenía 62 años, era alto, blanco, de ojos negros. Estaba pensionado. Beatriz Helena lo describe como un ser “excepcional”, y asegura que aún le guarda mucho cariño: “A pesar de que fue padrastro nunca se llegó a pasar con nosotros”.

Don Jesús organizó en su casa un jardín, también le gustaba hacer arreglos caseros. De vez en cuando se le veía con su guadaña rumbo a trabajar, siempre sonriendo y saludando en cada esquina con vitalidad: “¡Qué Dios lo bendiga!”, decía.

Sus implementos de jardinería y construcción eran utilizados por quien los necesitara, y si alguien no los sabía manejar él los asesoraba. Adrián Hernández Correa, vecino, asegura que a don Antonio nunca se le vio malgeniado. Era tan despreocupado que una vez le hizo un tinte en el cabello a una vecina, y le cortó las puntas quemadas a una sobrina de Adrián.

Siempre se le veía feliz con su Carmen. Adrián expresa: “Describirlos es muy difícil, eran una belleza, eran lo más bello que había en este sector”.

Juan Pablo, el de la sonrisa

La sonrisa identificaba a Juan Pablo Góngora Tangarife. Tenía 28 años, era alto y delgado, moreno de ojos negros. Estaba soltero, su único hijo era un pitbull americano. Este electricista afrontaba sus problemas con una sonrisa, y aunque tuviera problemas siempre saludaba a sus vecinos y amigos, era muy amigable. Beatriz Helena, su hermana, sostiene que era un apasionado por el Once Caldas, no faltaba a un solo partido “hasta borracho iba al estadio”, asegura ella, quien en varias ocasiones sacó dinero de su bolsillo para que su hermanito se fuera de gira con la barra Holocausto Norte a varios estadios del país para ver jugar a su blanco blanco.

“Más que mi hermano era mi hijo… yo perdí a mi hijo”, añoraba Beatriz. Cuando Juan Pablo nació ella tenía 15 años y a ella le tocó criarlo porque la mamá Carmen Rosa trabajaba.

Sebastián Rengifo, su amigo de toda la vida, recuerda las borracheras que se metía con Juan Pablo en el barrio Persia. Allí vivía con su madre Carmen y su padrastro Jesús Antonio Castaño.

Rosemberg, la ñaña de mamá

“Hace muchos años atrás tuvimos un problema con los tres hermanos y lo casqué. Mi mamá se puso brava porque le pegué al niño. Yo era el mayor, y claro, el que chupé fui yo… y no fue la única vez, siempre que la cagaba él, yo era el que llevaba del bulto”, esto narra John Jairo de su hermano Rosemberg Mauricio Cardona Acevedo.

La familia Cardona Acevedo estaba conformada por los padres y 7 hermanos, Rosemberg era el menor, y por eso “era la ñaña de mi mamá y papá…, era el consentido de todos”. A los muchachos les gustaba jugar trompo, bolas, parqués, dominó y fútbol; y Rosemberg jugaba mucho con William, el hermano con el que eran uña y mugre.

Jhon Jairo dice que el benjamín de la casa era muy alegre, cariñoso, dedicado al trabajo (laboraba cuidando carros en el sector de las funerarias) y muy juguetón. “Él estaba separado de su señora pero le ayudaba mucho con los dos hijos, una niña y un niño. Era muy introvertido y cariñoso con las cuñadas, hermanas, y acompañó a mi mamá hasta la muerte. Siempre fue muy buen compañero”, puntualiza.

Luis, buen hombre

Desde el barrio Persia Marino recuerdan a Luis Gonzaga Bernal. “Mi hermano era eso, mi hermano, mi amigo, mi socio y la pasábamos muy bien…, por ejemplo, semanalmente, como cuota religiosa, nos tomábamos mínimo una caja de ron. Era de muy buen humor, entonces chiste va y viene, pasábamos bien, íbamos a bailar, estábamos aprendiendo ritmos

argentinos, nosotros bailamos hace 8 años. Tomábamos clases y otras veces salíamos a bailar a Reminiscencias o a Los Faroles”, Marino se emociona al relatar esta historia.

Dice que Luis siempre fue su apoyo, “trabajábamos juntos desde que yo tenía 11 años, o sea que uff… mucho tiempo. Todo el día estábamos juntos, tan juntos que a veces cuando estábamos charlando me decía: ´guevón, nosotros deberíamos tener un hijito, es lo único que nos falta porque pasamos más tiempo juntos nosotros que con las mujeres´”.

Marino narra que les tocó una infancia dura, “él trabajaba para ayudarle a mamá y obvio a nosotros, era muy juicioso, siempre fue un niño asentadito, y si no, mi mamá a pellizcos lo enderezaba. Estudiaba, trabajaba y siempre en pro de la familia; tenía ya 2 hijos hechos y derechos, ya grandes”.

Por último, recalca que su hermano, que tenía 59 años, era muy solidario, era un buen hombre, “un espectáculo de ser humano que le ayudaba a toda la gente. Definitivamente perdí, perdí mucho. Solo queda no cuestionar a Dios, si no agradecerle el tiempo que pasamos juntos”.

Barrio González

María Judith y Leonel, pura ternura

Amanda, hija de María Judith Ramírez y Leonel Cárdenas, dice que a su madre le encantaba la jardinería, aunque poco lo podía hacer por su edad, era septuagenaria al igual que su esposo Leonel. “De lunes a viernes almorzaba en la caseta comunal con mi padre, le gustaba mucho ir allá porque compartía con la gente del barrio. Todos la querían mucho porque se caracterizaba por su humildad y nobleza. Además participaba mucho en actividades del barrio como concursos y reinados. Recuerdo que hace unos años me tocó irme para la costa, y ella se quedó cuidando a mi hija. Yo estaba desesperada por verla, entonces mi madre fue hasta allá y me llevó a la niña. El viaje estuvo muy largo y tuvieron muchas dificultades… La niña llegó tan sucia que era irreconocible”, narra Amanda.

Leonela, hija de Amanda y nieta de María Judith y Leonel, sostiene que su abuelo era el mejor del mundo, “le encantaba jugar dominó con sus amigos en la caseta donde iba almorzar toda la semana. Era una ternura poderlo ver feliz y divertirse. Le gustaba mucho contar lo que hacía en su juventud, cómo trabajaba y qué personas fueron muy importantes en su vida”. Sostiene la quinceañera que para donde fuera su abuela, “él la seguía. Fueron una pareja inseparable, una pareja de ejemplo a seguir”, puntualiza.

Ana Lucía, mujer feliz

“Era una mujer feliz, era una buena madre, se caracterizaba por ser servicial… murió sirviendo a la comunidad. También era muy católica, andaba con Dios para allá y para acá. Mi mamá me apoyaba en lo que fuera. Ella tenía muchas amigas, se iba de paseos, contaba chistes, hacía reír a cualquier persona, le gustaban mucho los relojes y las matas”, así describe Milton Steven Correa a su mamá Ana Lucía Giraldo Martínez.

Narra que un día salieron juntos al centro de Manizales “y ella vio un reloj y se quedó mirándolo. Yo le pregunté que si lo quería, ella me dijo que le parecía muy hermoso, y ya, no le dije nada más, y ella se entristeció al saber que no podía tenerlo. Al otro día yo llegué a la casa con el reloj… se puso inmensamente feliz… ese recuerdo siempre se me va a quedar grabado”.

Ernesto de Jesús Quintero, vecino de Ana Lucía, la rememora a ella con una escoba barriendo el andén, “yo le decía que me diera una vuelta en la parrilla y me cogía a escobazos”. Mientras que Edilma Galeano de Quintero sostiene que a Ana Lucía le gustaban mucho las manualidades, “por ejemplo en Navidad ella adornaba la casa muy hermosa, porque ella misma se hacía sus manualidades, organizaba el árbol navideño. A esa casa de ella se le echaba de ver la navidad por encimita, la mantenía lo más de bonita. Ella y yo fuimos amiguitas pero hacía tiempo no nos veíamos mucho, ella era más amiga de mi hermana Marleny, la que murió con ella. Uno se encontraba con ella y ahí mismo lo saludaba, ella era muy amable con uno”.

Gabriela, la superamiga

Cuando Ximena Henao llegó a vivir al barrio González iba mucho a una tienda, y allí se hizo amiga de “Amparito” y de su hija Gabriela Martínez Beltrán, que tenía 16 años. “Era una niña súper alegre, muy noble, dispuesta siempre a colaborar como lo hace la mamá; siempre tenía una sonrisa para todo. Tenía una perrita, Lupita, y decía que era el bebé de ella”, eso recuerda Ximena.

Estas superamigas se contaban sus locuras. “Yo tenía una pareja que era muy tremendito, entonces yo le contaba y ella me decía: ´ay, a eso no le ponga cuidado, móntele los cachos también, páguele igual´”.

Dice que a Gabriela le gustaba dormir e ir al gimnasio, “se preocupaba mucho porque era gordita. Me decía: ´ay, es que es que estoy subiendo mucho de peso, ¿por qué será?´. Yo le decía que si sufría de tiroides, que dejara de comer pan… Ella era muy buena estudiante, era la alegría y la recocha en el salón (en Leonardo da Vinci)”.

Mariana Ríos Álvarez era otra superamiga de Gabriela y esto narra: “Algo que recuerdo mucho fue que yo un día la invité a mi casa, porque iba a pintar mi pieza, cuando estábamos pintando las paredes yo le dije a Gabriela que le echara agua a un balde de

pintura, y quedó con más agua que pintura…, entonces quedó muy aguado y la pared quedó igual. Después de eso estábamos comiendo sánduches y ella me tiró un pedazo de pan en la cara, pero me cayó en el ojo, y me empezó a picar mucho porque una harinita me quedó dentro del ojo… Fue muy chistoso, nos reímos mucho”.

Marleny, caritativa

A Marleny Galeano, de 48 años, la caracterizaba su servicio a la comunidad. Su hermana María Teresa rememora: “Cuando se realizaban los comedores comunitarios era ella quien se encargaba de servir los tintos y el café con leche”. Agrega, que Marleny se desvivía por su hijo, que siempre quería ayudar a los viejitos y las personas enfermas que se acercan a la Junta de Acción Comunal del barrio González.

María Teresa recuerda que cada año le celebraba el cumpleaños. “Ella cumplía años el 16 de enero, el año pasado, como siempre, le hice la comidita en mi casa. Me acuerdo que le hice la comida y le entregué la tortica y ella la cogió y me decía: ay tan rica mi torta…”.

De la señora María Nelly García Cano no pudimos obtener información ni imágenes; de los señores Luis Gonzaga Bernal Ruiz y Rosemberg Mauricio Cardona Acevedo no pudimos obtener imágenes. 
La reportería fue de Geraldine Marín Díaz, María José Ortegón Villanueva, Ximena Barco Moreno, Andrea Mejía García y Daniela Ocampo Ocampo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *