Caminando por los barrios

Emergencia Invernal 2017 Especiales

Las lluvias y los deslaves del 18 y 19 abril pasado dejaron en Manizales y Villamaría 17 personas muertas, 37 barrios afectados, 2.954 familias damnificadas, 150 viviendas destruidas y 850 en riesgo, y unas 50 personas en el albergue del barrio Colombia.

En respuesta, el Gobierno Nacional se comprometió a entregar a 1.500 familias sin vivienda y evacuadas de ellas un subsidio mensual de arrendamiento de $250.000, para que paguen arriendo por tres meses. El Ministerio de Agricultura notificó que de las 750 familias que serán reubicadas, 200 lo serán en zona rural. El Ministerio de Educación se comprometió con los cinco colegios afectados, y el Ministerio del Medio Ambiente dijo que creará bosques en Manizales, Villamaría y Chinchiná para mitigar riesgos de deslizamientos.

Página visitó los barrios más afectados. Esto encontró

Aranjuez

Por: David Andrés Moncada Quintero

 

Avalancha en el barrio Aranjuez – Foto por Delphine De Gryse

El barrio Aranjuez (en honor a la ciudad española de Aranjuez) está ubicado en la comuna 9 o Comuna Universitaria, en límites con la carretera de la Panamericana y los barrios Malhabar, La Providencia y La Paz. Tiene cerca de 5.700 habitantes, 3 de ellos murieron en la calle 72A con carrera 40.

Fue fundado en 1963, es el único lugar en Manizales y posiblemente en Colombia en tener la escultura de una empanada. Aranjuez fue construido por sus propios habitantes a “punta de empanadas”, dice Carlos Henao, residente. Toda la gente en esa época se reunía y hacía los festivales de este alimento. De esta forma se creó la iglesia María Auxiliadora, las vías, la casa comunal, el Liceo Mixto Aranjuez, entre otros lugares representativos.

En el 2008 ocurrió un deslizamiento en la misma zona pero sin pérdidas de vidas humanas.

Persia

Por: Jessica Zapata

Barrio Persia luego de la tragedia

El Barrio Persia empezó a ser poblado en 1947, se llamaba Perpetuo Socorro. Fue hasta 1974 que el presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) decidió cambiarle el nombre, Persia le sonaba mítico y evangélico, el otro no era de su agrado.

Entre la carrera 30 con calles 50 a 59, se ubica la única vía de acceso al barrio. En el 2012 un grupo de 80 familias decidieron desligarse y crear uno nuevo, Bajo Versalles. Hoy en día son cerca de 2900 habitantes en Persia.

Barrio Persia antes de la emergencia – Tomada de La Patria

Una de las épocas más alegres para la comunidad es la navidad, las calles se llenan de faroles y luces de muchos colores que iluminan las casas y rostros de los habitantes, pero desde hace algunos años, según López Pareja, nuevos integrantes de la comunidad han llegado con “malas intenciones”.

En el 2009 y 2012 la comunidad presentó varios derechos de petición para revisar los barrancos cercanos a la calle 49, en donde viven en invasión algunas familias, nunca hubo respuesta.

Uno de los vecinos más cercanos son las Jabonerías Hada, dicen que les ayudan con algunos gastos y siempre están pendientes de la comunidad, aunque algunos habitantes dicen que los camiones ayudaron a aflojar el terreno que terminó sepultando a algunas personas.

Los Molinos

Por: Laura Vanessa Cardona Idárraga

Ni este desastre ni los ocurridos anteriormente han logrado que sus habitantes abandonen sus casas. De este barrio llama la atención la cercanía de sus vecinos, la mayoría llevan viviendo allí desde hace más de 50 años.

Con el pasar de los años aún no aclara si Los Molinos pertenece a la zona urbana o rural de Villamaría. Sus habitantes aseguran que es un barrio tranquilo, seguro, de familias humildes que con esfuerzo han levantado sus casas de bahareque, esterilla, tejas, latas… Dicen que los López y los Marín fueron los primeros en llegar este sitio. “Llevamos viviendo aquí 60 años, aquí viven mis abuelos, mis hijos, mi esposo y yo. La mayoría de gente que vive aquí son los propietarios de las casas, los que primero compraron los terrenos y con el paso del tiempo fueron arrendado”, dice Luz Marina Marín.

El barrio está ubicado en zona de riesgo, fue construido al borde del río Chinchiná, es atravesado por las quebradas La María y La Cartagena, y está rodeado por grandes peñas y barrancos. Esto ha ocasionado inundaciones y deslizamientos de tierra. En 2015 una avalancha arrasó el puente del río, y muchas casas se inundaron.

Por los deslaves de abril pasado 11 viviendas fueron evacuadas porque se pueden desplomar, medida que muchos rechazan. Doña María Elena Ortiz Giraldo argumenta: “Llevo 50 años viviendo acá, vivo al pie del barranco y nunca me ha pasado nada. Nos quieren hacer desalojar y darnos 250 mil pesos de arriendo durante tres meses… Con eso no pagamos ni una piecita”. Morelia García Cardona la apoya: “Después de tres meses se olvidan de nosotros, nos quedamos sin las casitas que son propias, sin lote y en la calle”.

Doña María Elena cree que nada les pasará: “Si en todos estos años no hemos tenido casos graves ni personas muertas, no creo que vaya a pasar”, asevera. Lo mismo piensa Elmer Vallejo Pineda, dueño de lotes del barrio, quien asegura que lo ocurrido “no fue tan grave como los medios de comunicación y la Cruz Roja lo hicieron ver”. Y Lina Marcela Villada Duque, una de las pocas jóvenes del barrio que estudia en el Sena, señala que el lugar es seguro, aunque su casa está al lado de una enorme ladera.

Los Molinos, de estrato 2, es vecino del exclusivo barrio de La Florida, de estrato 4. Don Elmer sostiene que algunas personas creen que “Los Molinos afean la entrada a sus casas (de La Florida) y quieren volver esto zonas boscosas, con árboles y plantas, lo que significa demoler las viviendas que han estado aquí toda la vida”.

Hoy Los Molinos tiene sus vías cerradas y vigiladas por la Policía para impedir el paso de peatones y carros.

La Providencia 

Por: Maria Camila Marín Londoño

Antes era una finca de los padres de Rosalba Antury, líder barrial, de 72 años de edad. Ella vive allí desde que tenía 6 meses de nacida. Narra que hace unos 70 años solo había ganado y mucha tierra desocupada. Por eso doña Simona, madre de Rosalba, al sentirse sola decidió vender pequeños lotes. “Me dio un lotecito de la finca para que yo hiciera mi casita, y Libardo, mi esposo, me ayudó a construir un ranchito”, dice. Otras personas compraron y construyeron unas 250 viviendas en lo que hoy se llama La Providencia; una parte del caserio se llamó La Playita, pero sus casas fueron demolidas hace 11 años por ser zona de riesgo.

En el barrio Providencia una olla municipal brindó chocolate caliente a los damnificado – Foto por Delphine De Gryse

Solo quedaron 52 viviendas, que ahora están en peligro porque tienen al lado el Morro Sancancio, desde donde “bajó pantano como mantequilla. Estábamos 8 personas paradas en la esquina sintiendo llover y mirando hacia al morro, entonces dije: ´vámonos de acá que esto está como peligroso”, expresa Nelson Giraldo López, quien lleva 30 de sus 36 años viviendo allí. Doña Rosalba dice que cuando ocurrió el primer derrumbe, las volquetas que sacan arena del río Chinchiná y que estaban parqueadas cerca a su casa, avisaron con sus pitos que algo malo pasaba. A las 4:20 de la mañana un derrumbe mayor acabó con dos casas y tapó la carretera. “Pensé que nos íbamos a ahogar ahí, salimos corriendo y ahora el mayor temor es que se vuelva a venir esa vaina”, teme José Libardo Sánchez Ospina, esposo de Rosalba.

Estos habitantes no saben qué pasará con ellos. Algunas familias se alojan en casas de sus allegados, otras siguen en sus viviendas porque no tienen recursos suficientes. Esperan que con el subsidio puedan conseguir un lugar seguro y económico. “Hay muchos infiltrados y personas que se hicieron pasar por arrendatarios o propietarios de casas para obtener ayudas”, denuncia Efraín López Cuartas, quien lleva 40 años viviendo allí. Nelson agrega: “Se ha visto mucha corrupción, la gente aprovecha, por eso hay que investigar bien las personas que habitan en cada casa y repartir equitativamente entre todos”.

En providencia, los afectados se dan la mano – Foto por Delphine De Gryse

Los habitantes de La Providencia son unidos, así lo reitera Nelson: “Si pa qué, acá somos como hermanitos… No hay problemas con los vecinos”. Muchos de ellos van a rezarla a dios en la cruz que está a la entrada del caserío, y que fue rescatada de La Playita cuando despareció. “Representa recuerdos muy bonitos, sin dios no somos nada, dios lo es todo”, expresa Nelson. “No sabemos qué pasa con las cosas de la vida, vivamos el presente porque el mañana no lo sabe nadie”, puntualiza Rosalba.

Sierra Morena 

Por: Juliana Loaiza Rincón

Es una invasión ubicada detrás del Centro Comercial Fundadores. Limita con el barrio Estrada y con la quebrada Olivares. Cuando surgió hace unos 40 años se llamó Luis Guillermo Giraldo Hurtado, nombre de un exalcalde de Manizales (1978-1979) vinculado al caso Gran Robo de Caldas (entre 1981 y 1984 se conoció que políticos cometieron actos de corrupción en la empresa de licores del Departamento), por esta razón fue cambiado por Sierra Morena, porque está en una sierra y era muy oscura.

En la tarde del martes 18 de abril los niños jugaban con balones, las mujeres charlaban desde los balcones, los hombres tomaban cerveza, y Mechas, un perro despeinado con los bigotes rojos, dormía en el portón de la casa de Luz Adiela Martínez. Esta casa tenía 14 marranos en el patio, 20 pollos y otro perro, allí se empujaban como bailando.

A eso de las tres de la mañana del 19 de abril, una parte de la montaña se derrumbó por el aguacero y la casa de Luz Adiela fue enterrada en el lodo. Luz, su mamá, sus hermanas e hijos lograron salir. En el barrio se fue la luz, los vecinos estaban alarmados. Otra casa se cayó. Otra más después. Fueron siete las que se derrumbaron, y cinco familias quedaron damnificadas, sin nada. Seis marranos murieron.

El líder Orlando Rodríguez Estrada narra que casi todos amanecieron en la iglesia, sobre la Avenida Colón; luego bajaron a mirar lo sucedido, había nueve derrumbes. “Hay unos nacimientos de agua que se están filtrando en la tierra que sostiene las casas de Sierra Morena”, explica Rodríguez mientras señala una tajadura en la pared del templo. El 70% del barrio está en peligro de derrumbarse.

Luz Adiela se queja: “A mí el Gobierno no me ha dicho nada, no he recibido ni un pan de ellos”. Asegura que sólo han recibido ayuda de personas particulares, como de Melisa Quintana Yepes, estudiante de la Universidad de Caldas. “El Alcalde es solo fachada del momento, oportunista del desastre para que lo vean”, pulla Melisa, la misma que llevó a un albergue a cinco familias que quedaron sin casa, ayudó a alimentar a las personas y les ofreció kits de aseo.

De Estrada ha llegado gente a Sierra Morena a reclamar ayudas, acusa Orlando: “Pero dónde está el líder de la Estrada, yo no puedo ser líder de ellos porque yo tengo mi gente”, dice luego de que lo amenazaron por no querer ayudarlos. En el barrio Estrada hubo un derrumbe pero sin damnificados.

Aguacate  

Por: Evelyn Vanessa Henao Aldana

Es un sector del barrio Fátima, una invasión de viviendas construidas en bahareque y esterilla, en una ladera del cerro Sancancio; sus vías están sin pavimentar, son escaleras y senderos. Sus habitantes enfrentan un problema medioambiental: un olor de aguas sucias se esparce y se concentra con el encierro y la poca fluidez de aire que hay entre casa y casa. También un problema social: por el consumo de licor y alucinógenos y, en ocasiones, hay balaceras. En el 2016 unos sujetos ingresaron a una vivienda y le dispararon a un hombre y una mujer, ella murió en el centro hospitalario. Ahora se le suma este problema.

La familia de Héctor Franco Rincón vive allí desde hace 24 años, y trabaja en la entrada de la casa haciendo cruces religiosas. Dice que siempre les informan que tiene que evacuar y que si no lo hacen las autoridades procederán a desalojarlos, pero desde hace 15 años les dicen que les van a ayudar y después afirman no tener presupuesto. Así que nadie hace nada y ellos no encuentran soluciones para sus casas y familias.

Sobre el subsidio sostiene que muchos de los damnificados no tienen un trabajo estable, y además esa solución solo los dejaría sin un hogar pues los arriendos son muy costosos, y no se les permite tener cierta cantidad de personas en una vivienda. Por eso muchos prefieren seguir en sus casas. Casas que fueron construidas por ellos y con mucho esfuerzo, por eso reflejan su tristeza al verlas deteriorarse poco a poco.

Esa tristeza habita en María Aleida Hernández, de 65 años de edad, al recordar entre lágrimas cómo una pared colapsó contra un cuarto y la cocina de su vivienda, por eso tuvo que desalojar. Se desespera al saber que su familia de 10 personas está en una zona de alto riesgo y no tienen a dónde dirigirse.

Víctor Alejandro Vázquez Patiño del Grupo Especializado de Rescate (GER) comenta que luego de la tragedia se realizó una sectorización de las zonas de riesgo. Estas se dividieron en 3 colores rojo, amarillo y blanco. Rojo significa riesgo latente, con viviendas que no se pueden habitar, las familias tienen que ser reubicadas y se les da el subsidio. Amarillo representa algo de riesgo, las familias son evacuadas hasta que se solucionen los problemas de sus viviendas, también se les brinda el subsidio. Blanco significa que no se encuentran en peligro las personas.

Los habitantes del Aguacate tienen que salir de sus viviendas lo más pronto posible, sus casas serán demolidas y se convertirán en una ladera de la cual solo queda el recuerdo de quienes vivieron allí.

González

Por: Ana Natalia García Cardona

Se llama así en honor al apellido del hombre que donó la mayor parte de los materiales para su construcción, hace 60 años. “Esto era un rancho, acá dormían vacas y caballos, esto lo compramos por 300 pesos”, asegura José Iván Marín Llano, uno de sus primeros habitantes.

Todas las casas eran en bahareque, pero sus moradores comenzaron a transformarlas. Gestionaron los materiales por medio de empresas solidarias que donaron cemento, guadua, pintura, arena… Cuando faltaba algo, la junta comunal realizaba comitivas, bailes, venta de chorizos y empanadas para obtener fondos. Ellos mismos nivelaron las calles para que solo fuera echarle el cemento.

Dicen que es barrio sano, humilde. En diciembre cerraban las calles y festejaban como una gran familia, “todo era alegría, nos cuidamos todos, una elegancia”, dice Luz Adriana Gómez. El González tiene 3 lugares representativos. Uno es el altar a la Virgen del Carmen, en el centro de tres calles. Se construyó en el 2015 gracias a la alcancía comunitaria instalada en la tienda de Luz Adriana Gómez. El altar fue ubicado ahí porque han ocurrido accidentes, así sus habitantes confían en su protección.

El otro es la caseta comunal. Se reconstruyó gracias a las Hermanas Vicentinas, quienes donaron los materiales, y la comunidad aportó su mano de obra. Allí se discuten temas del barrio, se festejan fechas especiales, y es el restaurante para adultos mayores.

El tercer lugar son los filos de la montaña. “Para los jóvenes es lo más representativo, donde se parchaba uno con los socios, nos hacíamos en las canaletas que se vinieron”, recuerda Edison Villa Loaiza, quien vive allí hace unos 20 años.

Pero llegó la lluvia. María Luisa Mulla dice que fue como “un diluvio universal, como que la naturaleza estaba brava con la tierra… El fin del mundo, como lo dice la Biblia”. Leonardo Fabio Arias asegura que vio el primer deslave en el barrio Persia, y que necesita “mucho tiempo para quitárselo de la memoria”. Luego presenció lo mismo en el González. “A las dos de la mañana me llamaron para ver si podían abrir la caseta, necesitaban meter gente del Persia porque se estaba destruyendo”, revela Diana Marcela Marín León, presidenta de la Junta de Acción Comunal. Cinco habitantes del barrio murieron.

El futuro del González es incierto, sus viviendas no se reconstruirán. Sus habitantes desean que se construyan muros de contención para asegurar al barrio. José Iván Marín Llano se queja: “Nosotros hace cuánto le pedimos a Corpocaldas que pusiera drenaje y no fueron capaces, no quisieron parar bolas y ahora que pasó, sí vinieron a mirar todo”.

En reunión con el presidente Juan Manuel Santos, Marín León le manifestó la preocupación por el barrio. Él se comprometió a resolver los problemas lo más pronto posible. “Si uno no pelea, quién va a pelear”, se pregunta la líder.

 Eucaliptus

Por: Ángela María Lasso Mora

Son las 5 de la tarde y Lina Marcela Quintero está sentada sobre un banco, protegiéndose de la lluvia, cuidando las pocas cosas que pudo sacar de su casa. A su lado está su tía, limpiándose sus zapatos blancos, los deja relucientes. Hace unos días vivía con su mamá, su hermano y, aunque lo niegue, con su padrastro, en el barrio Eucaliptus. Hoy está en la calle, buscando un hogar para llevar lo poco que le quedó y empezar de nuevo.

Lina y su familia son damnificados de la emergencia invernal. Desde las 2 de la mañana del 19 de abril ella y su hermano estaban sacando el agua de la casa de su abuelita, al lado de la quebrada San Luis. Entraron pero el lodo ya había inundado la sala. Una hora después todo estaba lleno de agua. “Como eso era de bahareque, el agua estaba subiendo muy rápido, entonces salimos a correr hacia el parque y cuando volteamos, el río se subió hasta la carretera y la casa se cayó”, narra Lina.

Amanecieron en la cancha del barrio. Llegó un solo bombero, les dijo que sus compañeros estaban atendiendo otros lugares, en donde la emergencia era mayor. La familia de Lina fue albergada en el colegio Leonardo Da Vinci durante unos días. Hoy ella está preocupada, su casa no puede ser habitada y el subsidio no es suficiente. “Es que ni para un aparta-estudio”, expresa con indignación. Ella trabaja en un restaurante del Cable Plaza, su hermano está en el colegio y su mamá es empleada doméstica, ese trabajo no es estable.

“A nosotros ya nos habían dicho que estábamos en zona de riesgo, pero no nos habían sacado. Cuando fue lo del alcantarillado nos dijeron ´en estos días los sacamos´. Pero nada”, dice. Solo pudo sacar de su vivienda un microondas, un armario y algo de ropa. Ahora deberá conseguir en dónde vivir y los implementos caseros necesarios: camas, colchones, enseres de cocina, de aseo… Pero está agradecida con dios porque su familia y vecinos están a salvo.

En otro punto, varias personas limpian la empalizada. “Estamos lavando el lodo para que el agua vuelva y circule por donde es. Estas casas están desalojadas, pero por ahora sólo vamos a demoler la que está más cerca de la quebrada”, afirma Juan Carlos Zuluaga, funcionario de la Alcaldía.

Mientras ellos trabajan, Diego Fernando Gaviria, padrastro de Lina, mira con tristeza la que era su casa. Vivía allí hace cinco años con la familia de su compañera sentimental. “Yo me voy a ir para donde una hermana”, afirma Diego o El Rolo de la Parranda, como se hace llamar, pues además de maestro de obra es cantante de música popular.

Lina, quien vivía en Eucaliptus desde su nacimiento, dice que era un buen sitio. “No éramos los más unidos, así como de hacer cosas, pero no teníamos problemas”.

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