La muerte de un ministro que despertó al país

UMCentral

Autoras:

Juana Valentina Bustos

 Maria Fernanda Agudelo

 

 

Treinta y seis años antes de que el país se consternara con la muerte del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán, los colombianos ya habían sentido los golpes de un conflicto que se había armado con mafias y crímenes humanizados. En todo el centro de la confusión queda el impune y para muchos, misterioso asesinato de un personaje político que auguraba un cambio para el futuro de Colombia. Y dicha oportunidad, que quizás fue una de las primeras que sintieron los ciudadanos antes del inesperado Bogotazo, se la arrebata a conservadores y liberales el asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, un miércoles 20 de abril a las 7:20 de la noche.

 

Colombia entera se paralizó y envió una respuesta de repudio frente a los sucesos ocurridos. Los diferentes sectores políticos, económicos y la ciudadanía en general se unieron al sentimiento de luto nacional. El asesinato de Lara Bonilla quedó en la memoria del país como el signo de una lucha contra el narcotráfico. Lucha que perdió un hombre, pero que logró afianzar al resto del gabinete ministerial. Desde ahora, con una razón de peso adicional: responsabilidad y venganza.

 

Foto: Cortesía La Patria

Al Ministro lo alcanzó la muerte en moto. Dos sicarios tenían la orden de seguir al Mercedes-Benz en el que se transportaba Lara. Después de varios intentos teniendo al destino como enemigo, la encrucijada se dio. Una ametralladora y dos granadas estaban listas para ver desvanecer la vida de un ser humano por el retrovisor del carro. La tarea la tenía el sicario que demostró tener la mano más firme y la irreal intención de echarse para atrás frente a la vulnerabilidad del otro.

 

Desafiar de manera directa y autónoma al crimen, la corrupción y el narcotráfico que permeó la sociedad, ya se convertía en una muerte anunciada. Bien lo dijo Otto Morales cuando escribió en una de las columnas del periódico La Patria que a Lara Bonilla todos lo ayudamos a sacrificar. Y es que el Gobierno estaba de espaldas mientras el Ministro adelantaba una de las guerras más largas que tuvo Colombia y que solo pudo ser enterrada cuando “El Patrón” se desangraba en un techo de Medellín, luego de que el Comando de Operaciones Especiales de la Policía lo diera de baja.

 

Nueve meses duró su gestión en el gabinete de Justicia, tiempo en el que logró trazar un desafío que inició con su muerte y terminó en desenmascarar el cartel más famoso de Medellín. Cuestionó jugadas claves de Pablo Escobar como el vínculo con el negocio de las drogas y la infiltración de dineros ilegales en el deporte. Lara Bonilla ya estaba preparando su próxima jugada, pero Escobar le hizo jaque mate.

 

 

De su boca salía la expresión “dineros calientes”, para referirse a la corrupción que manchaba las listas de candidatos a concejos y asambleas departamentales de ese entonces. Denunciar fue su objetivo y principal función en la cartera ministerial, aunque con ello, se estuviera jugando más de lo que esperaba y él estaba consciente de las consecuencias: “Yo sé lo que me espera pero eso no me amedrenta y si he de pagar con mi vida por ello, no importa”, afirmó días antes de su muerte.

 

Las falta de leyes o el incumpliento de las mismas fue uno de los puntos que más le criticó a la justicia colombiana. Las medidas que se tenían estaban obsoletas y sin ninguna pretensión de ser actualizadas, lo que para él facilitaría la impunidad. Como el refrán que dice “tarde pero llega”, fue el actuar del Gobierno del presidente Belisario Betancur con la aprobación de la Ley de Extradición para anunciar la guerra al narcotráfico.

 

Al callar a uno de los hombres menos temerarios de esta realidad, el Estado sintió cierto aire de albedrío que le permitiría, a la larga, comenzar a tomar decisiones apresuradas y concretas sobre estos actores de retraso social. Tristeza y agradecimientos fueron las palabras más pronunciadas en época de desespero y miedo desde el momento de su muerte. No moría un simple ministro o ciudadano, moría un héroe de la patria que con sus actos marcó una nación.

 

Sus exequias se celebraron en un acto solemne el tres de mayo de 1984, día en que se realizó una marcha de silencio en su memoria, un silencio perpetuo y decidido de una población marcada que buscaría seguir con su legado. De ahí en adelante, conmemoración por conmemoración, recordaron los colombianos el papel de Lara Bonilla.

 

El siete de ese mismo mes, se realizó una exaltación de sus labores por parte del Gobierno de Belisario Betancur, quien en otro acto litúrgico realizado en Manizales el 12 de mayo, afirmó que la aprobación de la Ley de Extradición ya estaba en curso. Monseñor Sarmiento Peralta, exclamó palabras de aliento para los familiares: “Lara Bonilla murió para hacer el bien, lo hizo en pasos de Jesús. Ahora las juventudes cuando miren la imagen del Ministro van a sentirlo como el antídoto contra el crimen y el narcotráfico”.

 

 

 

Pero la tristeza opacó el principal hecho: “A los empleados de la rama jurisdiccional se les olvidó secarse las lágrimas por la muerte del Ministro y recordar que en la calle los criminales están sueltos y los expedientes llenos de polvo”, palabras citadas de Ignacio Restrepo Abondano, de la Corporación Cívica de Caldas.

Cada año hay actos para recordarlo y hacer honores a sus ideales, un ejemplo de ello es la Orden Rodrigo Lara Bonilla, que fue creada en 1984 por la Asamblea Departamental para honrar su memoria y es concebida a personas que actúen frente a “la correcta aplicación de la justicia, especialmente en la lucha contra el narcotráfico, la rehabilitación de los narco-dependientes o que hayan contribuido positivamente a la búsqueda y consolidación de la paz pública”. Rodrigo Lara Bonilla sigue vigente en el ideal de paz que se construye en el país por el que dio la vida.

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