Una anciana de más de ciento veinte años

Año Eudoro Galarza Ossa

A 80 años de su asesinato, el periódico Página destaca algunos de los textos escritos por Eudoro Galarza Ossa, director del periódico La Voz de Caldas, así como la publicidad de la época. En esta ocasión, este medio presentó una entrevista hecha a una anciana , con todos  los errores de redacción originales.

RAFAELA LODOÑO, UNA ANCIANA DE MÁS DE CIENTO VEINTE AÑOS DE EDAD. – SUS RECUERDOS SOBRE EL GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOBA Y SOBRE SU HERMANO SALVADOR EN RIONEGRO

Tiene Manizales la fortuna de contar en su seno uno de los casos vivientes de longevidad más extraordinarios del mundo. Trátase de Rafaela Londoño, nacida en la ciudad de Sonsón, del departamento de Antioquia, y residente en Manizales desde que apenas era esto rústico caserío de vacilante fundación, cuando “rajaban leña en la plaza de Bolívar”. Vive en La Linda, en la casita del Centro Católico, llamada “La Dicha”.

El último domingo, con la señora Rafaela estuvimos conversando de cosas interesantes y que más ofrecen material para los pnemotécnicos que para los demás, pues tiene memoria restrocpectiva y carece de memoria de actualidad.

 

La señora Rafaela al conversar con una persona cree que es de su tiempo, que es su contemporánea y sobre esa base habla. Su disco memorístico está ya un poco rayado, pero tiene, sin embargo, apuntes de mucho interés, especialmente si el interlocutor le ayuda. Y la ayuda es sencilla. La señora Rafaela en el curso de su conversación frecuentemente pregúntale a uno si se acuerda de hechos y de personajes de su época; si se le contesta en sentido negativo, entonces a ella todo se le olvida, su memoria es un hemisferio de sombras, mas si se le dice que sí, y se le ayuda con algún chiste o cosa semejante, entonces ella de todo se acuerda y va hablando con una precisión admirable, su imaginación se torna límpida y los recuerdos pasan por ella con tono de la mayor fresquedad.

No disfruta la señora Rafaela de una salud perfecta.

-Tengo-nos ha dicho, un jarrete ya partido como con un machete y no me puedo tener en pie.

Y efectivamente, su nuera y su sobrina nos la han traído a nuestra presencia, en una salita toda iluminada de pobreza. Hace veinte días se murió Pascual Londoño, uno de sus hijos menores, de una edad de como ochenta años, muy conocido en Manizales. La señora Rafaela no se ha dado cuenta de este suceso.

Es de raza negra perfecta. Su piel está ya apergaminada, seca. En sus encías no queda ya huella de que alguna vez hubiera tenido dientes.

Al sentarse junto a nosotros en la tarima de la sala, lo hace rezando oraciones muy lindas y muy sencillas a la Virgen y a Nuestro Señor, con palabras claras y de manera coordinada.

-Esta vida se acabó, pero la cuenta que tenemos que dar en la otra, por Dios, es cosa grave. No somos nada.

Esto nos ha dicho después de terminar sus oraciones.

Expresiones como éstas son muy frecuentes en la señora Rafaela, en el curso de la conversación.

-Fue usted muy amiga de don Félix Salazar?- le preguntamos.

-De don Félix Salazar? Ah, sí, de Félix Antonio, así es como yo le he llamado siempre. No ve que yo lo conocí chiquito? Y a Alejandro, lo conoció usted? Nos pregunta a la vez.

-Alejandro éué-le interrogamos sorprendidos.

-Pues Alejandro Gutiérrez, que vino de Abejorral, y a Marcelino Arango y a sus hermanos.

La señora Rafaela vino a Manizales un poco después que los primeros fundadores, es decir, que Victoriano Arango y que don Manuel Grisales y mucho ayudó a tumbar montes y a dar sabrosas cosas de freír a los titanes labradores de entonces. Y no se crea que estaba muy chiquita en esa época la señora Rafaela. Tenía por lo menos treinta años, pues por los datos que el lector verá después, hoy tiene la señora Rafaela poco más o menos ciento veinte años.

-Se acuerda del Padre Cala?-nos ha preguntado.

-Claro que sí, tan virtuoso y tan santo.

-Eso es, de los mejores párrocos que tuvo Rionegro. También eran muy buenos usted debe acordarse, el Padre Vallejo y el Padre Salazar. No se acuerda del Padre Villanzón, que era médico también, blanco, alto y muy buen mozo?

-Háblenos del general José María Córdoba, señora Rafaela.

-Ah, de José María y de Salvador. Cómo nó. Usted los conoció? Yo vivía en medio de los dos. José María en la esquina, o en la casa de enseguida y Salvador después, que por ciento tenía una tienda. Me acuerdo mucho de esto. José María y Salvador eran vestidos de militares a toda hora y muy elegantes, especialmente José María.

-No se acuerda de los enamorado que era José María?

-Muy enamorado y de muy buen gusto, no le gustaban sino las muchachas muy bonitas.

El Salvador a que se refiere con tanta precisión la señora Rafaela era el coronel Salvador Córdoba, hermano del general Córdoba, fusilado por el general Mosquera en Cartago.

Según las memorias hace la señora Rafaela, se puede su edad calcular en ciento veinte años, pues en el año 1830 murió el general Córdoba y ella nos ha dicho que:

-Yo tenía cuando eso unos catorce años o qinuce años, estaba mocita.

Después de esta breve conversación sobre la gloriosa figura del general Córdoba, la señora Rafaela, como pasando a otra cosa, nos dice y nos sigue repitiendo ya como una obsesión:

-Los blancos eran muy tiranos con los esclavos en ese tiempo. Como sé que me voy a morir ahora y que le tengo que dar cuenta a Dios, pues esta vida no es la vida, yo ví que una señorona le quemó la boca con un tizón encendido a un esclavo porque le metió una mentira. Así era la manera de castigar. Qué tiranos y qué crueles. Yo lo ví y lo digo como si me fuera a tener que darle ahora cuenta a Dios.

-Con quién vivía usted?-le preguntamos.

La anciana elude la respuesta, parece que no le gusta decir y apenas nos responde:

-Con unas señoras muy ricas. Se acuerda de la señora Amelia Mejía, esposa de Juan Pérez?-nos ha preguntado.

-Sí, tan bella y tan elegante que era, y tan buena.

-Muy bien, era una de las mujeres más lindas de Rionegro. Tenía esclavos y los trataba muy mal, como todas y como a todos.

Como reflexionando consigo misma la señora Rafaela dice:

-Pero ésta no es vida, el camino de Dios nos llama a cuentas y hay que ir preparando el tiro.

Volviendo en sí, nos pregunta con viveza:

-Se acuerda de la Calderona?

-Claro, tan graciosa, le decimos al cálculo.

-Sí, vendía pandequeso en Rionegro, por las calles y cantaba, “pandequeso caliente, el que no me lo compre no me lo tiente”, y no le dejaba a uno tocarle una rosca porque se molestaba. “El que no me lo compre no me lo tiente”, repite la señora Rafaela, y ríe donosamente, a la vez que continúa con estos datos biográficos de la Calderona, mujer que existió según se ve, hace nada menos que ciento diez años: También mataba marrano y vendía tocino, pero todo se le podía tocar a la Calderona, menos su pandequeso. Pero usted no se acuerda de los Cantarranas de Rionegro?

-Pues claro-le decimos.

-Los Cantarranas, que mataban también marrano, y tan chistosos que eran.

La señora Rafaela recuerda de esto y se ríe de manera prodigiosa.

-La cuenta que tenemos que dar a Dios es lo mejor. Ya estoy cansada, llévenme para la cama.

La toman en brazos su nuera y su nieta “Chana” y se la llevan.

Nosotros dejamos a la anciana, esta reliquia de Dios en Manizales, mujer de más de ciento veinte años, una de las más longevas del mundo entero.

Nos dá la mano para la despedida y todavía aprieta.

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