El ritmo y la memoria de Totó la Momposina

Cultura
“Espíritu del agua, espíritu burlón
Tengo que abrirte mi corazón
Espíritu del agua,
Espíritu burlón
Envuélvela con la atarraya, púyale los ojos dónde ella vaya
pa’que nunca más se olvide de mi pa’que yo no tenga más que sufrir”
Mohana – Totó la Momposina

 

Fotos: Ronald Álvarez Gómez

 

 

 

Da tres pasitos cortos. Luego, otros tres. Así llega al centro del escenario: paso a paso. La luz le cae a gotas sobre el rostro. Sus arrugas se intuyen bajo la tela decorada con puntos. Abre su boca y de ella, vuelan gaviotas, se deshojan higuerones…se deja venir una marea de canciones.

El público calla. Los cuerpos alrededor están rígidos, algunos apoyan sus rosto sobre las manos; expectantes, impacientes. Totó lanza otro alarido de vieja sabia y en ese momento caen gritos de africanos y aullidos de selva virgen sobre las cabecitas ingenuas de todos.

No ha iniciado el show y Totó la Momposina, cantaora, ya tiene a todos con la cadera medio esgonzada y los ojos como platos de sopa llenos de nada, llenos de ganas de ver a esa mujer darnos un recorrido por la música ancestral.

 

 

La mujer que vemos allí, rodeada de música y luces,  se ha dedicado toda la vida a la representación de la música de la costa caribeña de Colombia. Como cantante, bailarina y maestra.

En ella se encarna ese lugar fértil donde las culturas africanas de Colombia, las culturas indígenas y españolas se mezclan para crear una tradición musical única. Totó no sólo es su mayor intérprete, sino también una innovadora inquieta.

En ese cuerpecito donde más de 70 años han pasado sin dejar muestras, se alberga toda una tradición “tenemos que conocer la música ancestral, tenemos que recordar de dónde venimos” dice Totó, con una sonrisa que le contagia a todos en el teatro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así como El Pescador de la canción de José Barros, Totó regresó a Manizales. 10 años habían pasado desde su última presentación en “esta región que tanto queremos”, como ella afirma. Regresó con el canto de las estrellas metido en su garganta y el ritmo de la luna impregnado en sus pasos. 

Volvió a este “puerto de sus amores” para celebrar los 70 años de la Universidad Nacional en su sede de Manizales. A su regreso envolvió con sus cantos ancestrales al  El Centro Cultural Teatro Los Fundadores. Allí reunión  a más de dos mil “cachacos” como llaman en la costa a todos quien venimos del centro del país.

 

 

Trajo su atarraya, los tambores y las gaitas. Llenó el aire infestado con aire acondicionado típico de los tetaros, con ese aroma “de rumor de negros” y con el sudor de indios. Negros e indios que nadan en los torrentes de sangre mestiza de todos los que en el teatro solemne nos pusimos a bailar: a desgajar el piso con danzas que no teníamos aprendidas sino que salieron a flote: libres, expuestos y entregados como la mujer que cantaba sobre el escenario.

 

 

Dos horas habían pasado, pero frente a nosotros habían desfilados siglos de tradición. Una tradición que, como cantaba Totó entre mugidos de la piel de los tambores, “hemos olvidado, los jóvenes ya no escuchan y la radio da la espalda”. Totó transformó su fiesta en una denuncia que no buscaba adoctrinar sino simplemente exponer un realidad.

“Ay, quizás se muera”, dice la cumbia de Julián Moreno, y es exactamente lo que Totó durante sus años de recorrido ha evitado a toda costa: evitar la muerte de la música, de los bailes ancestrales y de los cantos que traen impresos el color de  “indios caribes”.

 

 

Los aplausos retumban sobre las paredes del teatro. Totó mira bajo su melena negra y crespa a todos. La música se calla. Totó sale del escenario después de un costeño “mercí bocú” (gracias, en francés). Pero, así el silencio quede, el ritmo y la memoria siguen destartalando los huesos de todos estos cachacos que le hemos volteado la cara  a nuestros antepasados.

 

 

 

 

 

 

 

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